Última línea de defensa 18 #3
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18 #3

—No, no suelo hacerlo nunca con nadie, la verdad —admite en un susurro—. Pero es que tú eres imposible, Alicia, y siempre te tengo que recordar las cosas.

Me río por lo bajo, con un sonido grave, y desvío un momento la mirada hacia los reflejos del agua.

—O sea, que al final resulta que yo soy la única culpable de que vivas pegada a esa tablet y tan rematadamente pendiente de cada uno de mis movimientos —le pregunto, notando cómo una oleada de calor de lo más agradable se abre paso a marchas forzadas en mitad de mi pecho.

—Eres la culpable absoluta, sí —responde ella con un hilo de voz mucho más apagado y denso—. Básicamente porque tanto tú como yo sabemos de sobra que eres una insensata que jamás le hace el menor caso a ningún consejo médico.

—Eso no es verdad —rechisto arrugando la nariz como una niña caprichosa, solo que completamente embelesada siguiendo el movimiento de sus labios al hablar—. Si no lo hago es únicamente porque me fascina llamar tu atención a todas horas, ¿o es que todavía no te has dado cuenta?

—¿De lo sumamente insoportable y egocéntrica que puedes llegar a ser? Sí, de eso me di cuenta el primer día.

—No, de eso no, lista —le corrijo acercando mi rostro un milímetro más al suyo—. De que me vuelve loca saber que sigues cuidándome y vigilándome como si fuera la única paciente de tu agenda cuando tienes a todo un equipo de veintidós tías que necesitan tu atención médica.

—Eso es porque eres la que más me preocupa del club con diferencia —confiesa de golpe en un susurro íntimo, casi sin atreverse a mirarme a la cara—.

Y porque... porque aunque intente por todos los medios mantener las distancias y ser una profesional, contigo soy incapaz de evitarlo, Alicia.

Cada vez que te veo forzar esa rodilla...

te juro que me duele directamente aquí —añade, llevándose de manera inconsciente una mano al centro del pecho, justo sobre el corazón.

Un silencio sepulcral, espeso e íntimo se instala entre las dos en mitad del recinto.

Solo se escucha el rumor rítmico del agua de la piscina, nuestras propias respiraciones y el zumbido suave del sistema de ventilación del hotel.

Es esa misma tensión insoportable y magnética que parece crecer de forma exponencial cada vez que nos quedamos completamente a solas.

—La rodilla te ha tenido que doler una barbaridad, ¿verdad? —dice finalmente Clara en voz baja, mirándome de reojo. No lo dice como una pregunta médica, sino con una empatía que me desarma.

La observo detenidamente de perfil, admirando la curva perfecta de su mandíbula y la suavidad de su piel bajo los focos.

—¿Qué pasa, que ahora también tienes superpoderes para diagnosticarme el dolor a distancia sin tocarme?

—Puedo hacerlo perfectamente contigo —responde girándose despacio hacia mí, y esa frase suena con una carga íntima y un doble sentido que me eriza la piel de los brazos—. He aprendido a leer cómo te mueves y cómo sufres. Deberías haberme avisado esta mañana antes de ponerte a entrenar.

—Debería haber hecho muchísimas cosas esta mañana —murmuro clavando los ojos en sus labios—, como por ejemplo no haber bajado al bar del hotel, como no mirarte de esa manera tan descarada delante del staff...

o como no haber bajado a esta piscina sabiendo perfectamente que corría el riesgo de que alguien me viera.

Clara gira del todo la cabeza hacia mí y sus ojos oscuros brillan con una intensidad felina bajo la luz tenue que nos rodea.

—¿Y se puede saber por qué has venido entonces?

—Porque era incapaz de dejar de pensar en ti ni un solo segundo, Clara —admito de golpe, sintiendo el pulso bombeándome con fuerza en los oídos—.

Porque ahora que todo el mundo nos exige mantener la distancia profesional, yo lo único que quiero es acercarme más a ti.

Y porque pensaba, ingenuamente, que el agua fría de la piscina me ayudaría de alguna forma a arrancar de mi cabeza la mala idea de meterme a hurtadillas en tu dormitorio y esperarte completamente desnuda entre tus sábanas.

Ella respira hondo por la boca, entreabriendo los labios, y sus dedos largos rozan sutilmente los míos sobre el borde húmedo de la piscina.

—Pues que sepas que me hubiese encantado entrar por la puerta y ver eso... —susurra con una voz ronca que me vuelve loca—. Hubiera sido, desde luego, un fin de jornada de trabajo de lo más interesante...

El pulso se me acelera a niveles peligrosos dentro del pecho, desbocado.

—Clara... —empiezo a decir con la voz rota, pero ella me calla levantando una mano con lentitud y posándola suavemente sobre mi rodilla vendada, para luego deslizar los dedos con una delicadeza exasperante por mi piel, subiendo descaradamente hacia la zona alta de mi muslo.

Llegadas a este punto de ebullición, ya no sé quién de las dos es la que da el maldito paso definitivo, ni quién se lanza primero a por la boca de la otra con más hambre.

Solo sé que cierro los ojos con fuerza, rezo mentalmente para que no baje ningún conserje nocturno a interrumpirnos y me pego a ella con todo, dispuesta a ahogar de una vez por todas esta frustración insoportable bajo el agua. Y con ella.