18 #2
Ella levanta una ceja con escepticismo, aguanta el tipo sin decir nada más para no levantar sospechas y continúa su camino hacia la mesa del staff. Irene me mete un codazo limpio en las costillas que casi me hace escupir la pasta.
—Tía, en serio, entre vosotras dos hay una tensión sexual que se podría cortar con un cuchillo de sierra. Yo no sé cómo coño eres capaz de vivir y respirar con eso encima.
—Pues viviendo, Irene, como hacemos todas en esta vida.
· · ·
La tarde cae sobre el hotel envuelta en un manto de agotamiento físico absoluto.
Después de cenar con todo el grupo, varias de las chicas insisten pesadamente en bajar al bar del hotel, donde el complejo ha improvisado una pequeña fiesta privada con música para el equipo.
Yo, sinceramente, no tengo el cuerpo para ruidos ni fiestas.
La rodilla me late y me duele bastante más de la cuenta, y tengo la cabeza hecha un auténtico caos.
Pero al final termino bajando y dejándome arrastrar por la corriente, porque quedarme metida entre las cuatro paredes de mi habitación significa pasarme las horas muertas pensando en Clara, y eso solo me va a traer más problemas y más ganas de volverme loca con ella.
El bar está hasta arriba, envuelto en una música comercial suave, luces cálidas de neón y un barullo de conversaciones cruzadas y risas altas.
El ambiente es bastante distendido. Varias de las jugadoras se ponen a bailar cerca de la barra de los combinados mientras Hugo, que está en una esquina, finge mirar para otro lado para no ver cómo Irene se atiborra a mojitos.
Yo me limito a apalancarme en uno de los sofás de cuero más apartados de la entrada, con un botellín de agua mineral en la mano, e intento con todas mis fuerzas no buscar la figura de Clara con la mirada. Un fracaso absoluto por mi parte.
La localizo casi de inmediato en la otra punta de la sala, charlando animadamente con el resto del cuerpo técnico.
Se está riendo a carcajadas por algo que acaba de soltar Lucía y esa puta imagen me resulta extrañamente irritante.
Clara rara vez se relaja de esa manera tan libre delante de la gente, y descubrir de golpe estas facetas suyas tan divertidas y terrenales me hace desear con más fuerza conocer todas y cada una de sus versiones.
Irene aparece de la nada y se deja caer a mi lado en el sofá, sosteniendo dos copas de cóctel de un color sospechoso.
—Anda, toma esto, que aunque sea un combinado sin alcohol te va a venir de perlas. Pareces necesitarlo con urgencia.
—Gracias —murmuro sujetando la copa y pegándole un trago largo a lo que resulta ser un sirope de cereza empalagoso que tiene más azúcar que una pastelería industrial—. ¿Se puede saber qué haces aquí sentada? ¿No deberías estar en la pista dándolo todo?
—Qué va, prefiero quedarme en primera línea para verte devorar con la mirada a la doctora Valle.
—Cállate la boca, anda —le susurro dándole un empujón con el hombro, aunque soy totalmente incapaz de contener una sonrisa tonta.
Cerca de la medianoche decido que ya he tenido suficiente y regreso a mi habitación completamente agotada.
El pasillo de la tercera planta del hotel está sumido en un silencio sepulcral y el sonido amortiguado de mis pasos sobre la moqueta me permite escuchar el latido cansado de mi propia respiración.
Paso la tarjeta por la cerradura, abro la puerta y me quedo de piedra en el umbral.
Sobre la colcha blanca de la cama hay una pequeña bolsa de papel blanca que no estaba ahí cuando me fui.
Frunzo el ceño intrigada, me acerco despacio cerrando la puerta detrás de mí y miro en su interior.
Dentro encuentro un blíster de antiinflamatorios potentes, una venda elástica nueva para la rodilla y una nota de papel doblada.
Reconozco esa caligrafía firme, limpia y elegante de Clara antes incluso de ponerme a leer la primera línea:
“Irte de fiesta hasta las tantas tampoco es que le haga un favor a tu rodilla. Haz el favor de tomarte esto ahora mismo y descansa de una puta vez. Nos vemos mañana”.
Me siento despacio en el borde del colchón, sosteniendo el trozo de papel entre los dedos y se me escapa una sonrisa enorme que no puedo evitar.
Es una gilipollez y resulta de lo más absurdo, pero el simple y mero hecho de saber que ha estado pensando en mí y cuidándome mientras yo estaba abajo intentando buscar una forma humana de quitármela de la cabeza...
me vuelve completamente loca. Porque Clara, a pesar de sus miedos y de sus barreras, sigue pendiente de cada uno de mis pasos y sigue cuidándome en la sombra, aunque tenga que mantenerse alejada de mí.
Y el verdadero drama aquí es que yo ya no sé distinguir qué es lo que más deseo de ella, si su cuerpo desnudo sobre el mío, todo lo demás o ambas cosas.
Suelto una exhalación lenta por la boca y me paso las dos manos por el rostro con fuerza.
No puedo seguir en este plan ni una sola noche más.
No puedo pasarme las horas en vela mirando al techo imaginando cómo sería besarla en cualquier rincón de este hotel, ni recreando en mi mente sus labios paseándose despacio por la línea de mi cuello, ni deseando con locura cruzar el pasillo, plantarme en su dormitorio y perder la cabeza y el sentido entre sus piernas.
Me levanto de golpe del colchón, poseída por un arranque de adrenalina, y diez minutos exactos después estoy bajando en el ascensor hacia la zona de la piscina cubierta del hotel, con una sudadera gigante del Ravenhill FC echada encima del pantalón corto del pijama.
El recinto está prácticamente desierto a estas horas.
Solo se escucha el eco suave y rítmico del agua moviéndose bajo la iluminación tenue y azulada de los focos del techo.
El ambiente cerrado huele intensamente a cloro y a limpio, y el contraste térmico con el frío del exterior empaña ligeramente los enormes ventanales de cristal.
Me acerco al borde del agua y es justo en ese instante cuando me percato de que no soy la única persona despierta en el hotel.
Clara se encuentra sentada al otro lado de la piscina, descalza, con las piernas colgando y las yemas de los dedos rozando la superficie del agua.
Lleva puesta exactamente la misma ropa que lucía esta noche y me pregunto, en un pensamiento bastante tonto, si por un casual me habrá leído el pensamiento a distancia.
Levanta la cabeza de golpe al escuchar el eco de mis pasos y su expresión facial cambia en un segundo.
Veo pasar por sus ojos la sorpresa inicial, la tensión y, finalmente, ese destello inconfundible de deseo puro que no puede ocultar.
—Vaya, no tenía ni idea de que hubiera más insomnes dando vueltas por este hotel a estas horas —murmuro recortando la distancia entre las dos a pasos lentos.
Clara saca despacio los pies del agua, dejando que goteen sobre el borde, y se abraza las rodillas con los brazos por un momento, mirándome avanzar.
—Podría decir exactamente lo mismo —me lanza con ese tono suyo tan característico—. ¿Se puede saber qué haces despierta? ¿Es que la rodilla no te deja pegar ojo o es que hay otra cosa que te quita el sueño?
Me dejo caer a su lado sobre el suelo de gres de la piscina, reduciendo el espacio vital entre nosotras a apenas un par de centímetros de distancia.
—Pues mira, para serte sincera, es un poco de las dos cosas —admito bajando el tono de voz para que el eco no resuene demasiado—. Aunque la dichosa notita que has dejado sobre mi cama tampoco es que haya ayudado mucho a conciliar el sueño, doctora.
Ella suelta una exhalación profunda por la nariz que casi parece el amago de una risa contenida.
—Solo son unos remedios básicos —se defiende mirando al frente—. Me preocupaba que pasaras la noche en vela por culpa del dolor, nada más.
Me giro hacia ella, apoyando el peso en una mano, y clavo toda mi atención en el brillo de sus ojos.
—¿Ah, sí? ¿Y se puede saber si es un gesto habitual en ti el ir dejando notas personalizadas en las habitaciones de las jugadoras del Ravenhill FC?
Clara niega suavemente con la cabeza, pero sus ojos se detienen fijos en los míos durante lo que a mí me parece una auténtica eternidad.