Última línea de defensa 18
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Sin derecho a réplica

Alicia

La famosa concentración de pretemporada del Ravenhill FC es, básicamente, una especie de tortura china diseñada exclusivamente para poner a prueba cada una de mis defensas, de mis nervios y de mis hormonas.

Desde fuera, si le preguntas a cualquiera de los de arriba, todo parece idílico, sencillo y de lo más profesional: un hotel de cuatro estrellas apartado a las afueras de la ciudad, sesiones dobles de entrenamiento intensivo, charlas tácticas, cenas grupales y una agenda plagada de actividades estricta para mantenernos enfocadas antes de que se pite el inicio de la liga.

El míster está emocionado. Dice que el equipo ha encontrado por fin su estabilidad y que la prensa deportiva de la ciudad ha pasado de hablar de crisis interna a publicar portadas sobre una posible remontada histórica.

Nos ponen como las grandes favoritas para el título de este año y, para qué nos vamos a engañar, gran parte de ese futuro mérito está colgando en mis manos.

Pero la verdad es que yo apenas puedo prestar atención a las portadas o a los halagos de los periodistas.

Bastante tengo ya con sobrevivir a las veinticuatro horas de convivencia forzada con Clara y con hacer malabarismos mentales para controlar el impulso salvaje de comérmela a besos en cada esquina.

La jornada arranca temprano, con una sesión de gimnasio a las siete y media de la mañana que me sienta como una patada en el estómago.

El olor a caucho quemado, desinfectante y sudor rancio inunda la sala mientras la mitad de mis compañeras arrastran los pies y bostezan como leonas entre las máquinas de poleas.

Yo estoy subida a una de las bicicletas estáticas, con la rodilla izquierda oculta bajo un vendaje de compresión, fingiendo una cara de normalidad y concentración que no me creo ni yo.

El dolor, por supuesto, sigue ahí, constante, persistente y dándome la tabarra, recordándome que la he pifiado a lo grande.

Cada vez que flexiono la pierna para dar una pedalada un poco más rápida, un pinchazo agudo y eléctrico me atraviesa la maldita articulación y me sube por el muslo como un chispazo.

Pero bueno, al fin y al cabo, una ya se acostumbra a convivir con el dolor físico de la misma manera que el resto de los mortales convive con el insomnio, las facturas o la ansiedad: ignorándolo hasta que resulta físicamente imposible seguir haciéndose la loca.

Levanto la vista del manillar justo cuando la puerta de cristal se desliza y Clara entra en el gimnasio.

Y, para variar, algo provoc un cortocircuito en mis pantalones.

Mi cuerpo entero reacciona antes de que a mi cerebro le dé tiempo a poner un maldito freno de mano.

Lleva el uniforme oficial del club, pero a ella le queda de escándalo: una sudadera gris bastante ceñida que le marca unos hombros de infarto y el pelo oscuro recogido en una coleta alta y tirante que deja totalmente al descubierto la línea de su cuello.

Camina sin levantar los ojos de una tablet, repasando datos mientras le comenta algo en voz baja a uno de los preparadores físicos, con un tono bastante profesional, concentrado e inalcanzable.

Al menos, eso es lo que intenta aparentar.

Pero entonces, como si tuviera un radar para mis ojos, levanta la mirada y me caza al vuelo observándola.

Son solo dos segundos. Dos miserables segundos de reloj, pero son más que suficientes para que se me tense hasta el último músculo del cuerpo.

Clara me sostiene el pulso antes de desviar los ojos.

Sigue caminando con el mentón alto como si no hubiera pasado absolutamente nada, pero yo ya me conozco de memoria sus puntos débiles y sé detectar las pequeñas grietas que se le abren en ese autocontrol de hierro que se gasta.

—Alicia —me suelta al pasar por mi lado, clavando los ojos en la pantalla de mi máquina, pero sin mirarme a la cara—. No se te ocurra aumentar la resistencia de la bicicleta, que te conozco. Tu rodilla sigue inflamada y no quiero que fuerces el tendón.

Sonrío de medio lado sin reducir el ritmo del pedaleo, notando cómo el corazón me da un vuelco y empieza a latir a mil revoluciones por minuto.

—Buenos días para ti también, Clara. Qué alegría verte tan simpática por la mañana.

Ella ni se inmuta, ni se gira, ni me regala una mirada.

—Buenos días.

Esas son las únicas palabras que se digna a dirigirme en toda la mañana, pero a mí me entra un impulso absurdo, arrollador y peligrosísimo de bajarme de la bicicleta de un salto, sujetarla firmemente de la cintura por detrás y estamparle un beso de película allí mismo, delante de las máquinas y de toda la plantilla.

Aparto esa locura de la cabeza soltando una maldición entre dientes y sigo dándole a los pedales con rabia, aunque mis pensamientos ya se han largado muy lejos del gimnasio.

La sesión avanza entre ejercicios de movilidad articular, estiramientos y un trabajo de fuerza que me deja los brazos temblando.

Intento por todos los medios concentrarme en lo que tengo delante, en las bromas absurdas de Alba y en los comentarios corrosivos de Irene sobre el café imbebible del desayuno del hotel, pero me resulta imposible no notar que Clara está constantemente pululando por el espacio.

Observándome de reojo. Controlando cada uno de mis apoyos.

Cuidándome a distancia. Y lo verdaderamente jodido es que empieza a gustarme demasiado, casi de una forma adictiva, esa atención tan exclusiva que me procesa.

Durante una pausa para hidratarnos, Irene se me acerca a la carrera con una botella de agua en la mano y una sonrisa pícara de las suyas que tiembla de cotilleo.

—Oye, Alicia, ¿has visto cómo te mira la doctora Valle? Parece que esté esperando que explotes en mitad del gimnasio —murmura dándome un toque con el codo.

Le lanzo una mirada rápida de advertencia y le pego un trago largo mi botella para ganar tiempo.

—Es su puto trabajo, Irene. Soy la delantera estrella y tengo la rodilla hecha un poema, tiene que vigilarme.

—Sí, ya, claro. Y yo juego de extremo en este club por amor puro al cardio y al sufrimiento matutino —responda ella con un sarcasmo que tira de espaldas—.

Venga ya, Alicia, no me jodas. Esa mujer te mira con una intensidad y un hambre que harían que a cualquiera se le olvidara cómo se camina en línea recta.

Suelto una risa breve, casi un bufido, y niego con la cabeza intentando por todos los medios aparentar indiferencia.

—No empieces a montarte tus películas de Netflix. Bastante lío tengo ya en la cabeza.

—Yo no empiezo nada. Solo digo lo que veo con estos ojos que Dios me ha dado.

Si esa mujer me mirara a mí con esa cara de posesión, yo ya habría perdido la capacidad de articular palabra y probablemente la de razonar.

¿Te has fijado en cómo frunce los labios cada vez que apoyas mal el pie izquierdo?

Parece que la punzada le da a ella directamente en el cuerpo, no a ti.

Sus palabras se me clavan directas en el pecho porque sé, con total certeza, que tiene toda la razón.

Clara no me quita el ojo de encima. Y yo, que soy masoquista, vivo pendiente de cada uno de sus movimientos, de cada gesto y de cada nota de preocupación que se le escapa a través de esa fachada de profesional estricta.

Después del gimnasio nos toca el entrenamiento táctico sobre el césped del campo exterior del complejo deportivo del hotel.

El cielo está cubierto por unas nubes grises y densas, y el viento racheado huele a tormenta y a hierba recién cortada.

Al contrario que mis compañeras, que corren de un lado a otro siguiendo las indicaciones del míster sobre la presión en bloque, yo lo hago caminando, notando en todo momento la mirada de Clara desde la línea de banda.

Esta vez ni se molesta en disimular lo más mínimo.

Cada vez que aligero un poco el ritmo o doy un pequeño salto, ella tensa la mandíbula de una forma brutal.

Cada vez que hago un trote y me desequilibro, frunce el ceño.

Y cada vez que se me ocurre golpear un balón con un mínimo de riesgo, se pone a aporrear la pantalla de la tablet con una rabia que parece que la vaya a perforar con el dedo.

Al terminar la sesión, Hugo nos reúne en el centro del campo para dar la charla de cierre y Clara se une al corrillo del staff para hablarnos a todas. Sus ojos se detienen en mi rostro un segundo más de lo reglamentario.

—Buen trabajo esta mañana, chicas —dice con esa voz suya tan clara, firme y melodiosa que me vuelve loca—.

Recordad todas la importancia vital de los tiempos de recuperación y de pasar por la sala de fisio.

Es excelente dar el cien por cien en el campo, pero cruzar el extremo del agotamiento solo trae disgustos y lesiones tontas.

Sus palabras van dirigidas a toda la plantilla en general, claro, pero la mirada fulminante que me lanza al pronunciar la última frase es de uso exclusivo para mí. Noto un calor traicionero y ardiente subirme por todo el cuello.

Más tarde, durante la comida en el buffet del hotel, Irene vuelve a la carga, se sienta a mi lado con la bandeja y baja la voz para que no la oigan las de la mesa de al lado.

—A ver, Alicia, fuera bromas. ¿Tu rodilla está mejorando? Te he visto cojear de una forma un poco fea esta mañana.

—Sí, pesada, las tablas de ejercicios de Clara me están ayudando bastante —miento descaradamente, aunque las dos sabemos de sobra que la rodilla me está pidiendo clemencia a gritos.

Clara pasa por detrás de nuestra mesa con su bandeja y se detiene en seco un segundo, mirándome desde arriba con superioridad médica.

—Alicia, en cuanto termines de comer quiero revisar esa articulación. Y ya te voy avisando de que hoy no pienso aceptarte ni una sola de tus excusas, ¿queda claro?

—Sí, doctora —le respondo con una sonrisa de lado de lo más descarada.