Última línea de defensa 17 #3
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—¡Voy enseguida, Hugo! ¡Dame cinco minutos y subo! —respondo sobre la marcha, aclarándome la garganta e intentando por todos los medios recuperar mi tono de voz normal.

Alicia se pasa una mano por el pelo alborotado para colocárselo un poco y suelta todo el aire acumulado en los pulmones en un suspiro lento.

Baja la vista un instante hacia su rodilla izquierda y noto perfectamente cómo toda esa capa de dureza, soberbia y chulería desaparece de su expresión para dar paso a una preocupación sincera.

—Clara... ¿tan mal está? —pregunta ya sin una pizca de sarcasmo, con los ojos llenos de un miedo limpio y transparente.

Me acerco a ella despacio, con ternura, y le aparto un mechón de pelo húmedo por el sudor que le cae sobre la frente.

—Está bastante peor de lo que debería estar a estas alturas de la pretemporada. Vas a necesitar reposo absoluto, sesiones de fisioterapia intensiva conmigo mañana y tarde y, sobre todo... dejar de ser tan sumamente cabezota y hacer caso a tu médica.

Ella cierra los ojos un segundo, agotada físicamente por la paliza que le ha dado al cuerpo. Mi mano permanece acunando su mejilla un instante más, disfrutando de la calidez de su piel mientras la miro detenidamente, convenciéndome a mí misma de dar el paso.

—Voy a cuidarte, Alicia —murmuro en voz baja antes de que mi parte racional pueda frenar las palabras—. Te prometo que voy a ponerte a punto para que puedas salir al césped a dar el máximo y reventar la portería.

Ella abre los ojos lentamente y, por primera vez en todo el día, me dedica una sonrisa limpia, cargada de una confianza absoluta que me desarma.

—No me dejes caer, Clara —susurra buscando mi mano.

—No lo haré —le prometo mirándola fija, aunque soy plenamente consciente de que las promesas románticas entre nosotras dos son cada vez más peligrosas e inflamables—. Pero tú debes hacer lo mismo.

· · ·

La dichosa reunión se celebra media hora más tarde en una de las salas principales del edificio de la ciudad deportiva.

Hago un esfuerzo sobrehumano por concentrar toda mi atención en la agenda organizada de la pantalla y en cualquier cosa que no sea Alicia, que se encuentra sentada justo al otro lado de la mesa ovalada, jugando con el tapón de una botella de agua mineral mientras evita mirarme a la cara para no delatarnos.

Pero resulta una tarea del todo imposible. La tensión sexual y el recuerdo de los besos del vestuario siguen pegados a mi piel, y cada vez que levanto la vista, presiento que sus ojos oscuros me repasan el cuerpo, provocando que entre en estado de ebullición interna en cero coma.

El míster termina de revisar un par de puntos del calendario y de los horarios de entrenamiento antes de soltar la bomba informativa del día.

—A ver, escuchadme todos un momento. La directiva del club ha organizado una concentración intensiva de una semana completa fuera de la ciudad antes de encarar el inicio oficial de la temporada de liga —anuncia Hugo tras repasar el dossier de cuero que nos han entregado justo al entrar por la puerta.

Al escuchar el anuncio, algunas de las jugadoras del fondo reaccionan con entusiasmo; otras lo hacen con un suspiro de resignación por tener que armar las maletas. Yo, por mi parte, noto cómo algo se me tensa a lo bestia en el estómago.

—Saldremos en el autobús oficial este mismo viernes por la tarde —continúa Hugo, clavando sus ojos en mí durante un par de segundos que se me hacen eternos—. Todo el staff, incluido el cuerpo médico se viene con nosotros Necesitamos convivencia, máxima concentración y cero distracciones externas.

La ironía de la frase de Hugo está a punto de provocarme una carcajada nerviosa allí mismo. Entonces el míster remata la faena:

—Vamos a compartir las mismas instalaciones hoteleras y deportivas durante todo el fin de semana y los días posteriores, así que os voy a pedir a todos una profesionalidad absoluta y rigurosa dentro y fuera del hotel.

No sé muy bien por qué, pero en cuanto termina de pronunciar la palabra profesionalidad , mi mente traicionera vuela libre y me imagino a Alicia colándose a oscuras y a altas horas de la noche en mi habitación; nos imagino compartiendo cada minuto del día juntas en un entorno cerrado.

Va a ser una auténtica misión imposible que mantengamos la distancia, que evitemos por todos los medios que alguien nos pille y que controlemos estas ganas locas que tenemos de vernos, besarnos o tocarnos en cuanto nos quedamos a solas.

Pero lo peor de toda la reunión, lo que me confirma que estoy metida en un lío monumental de tres pares de narices, es levantar la vista del dossier y encontrarme de frente con sus ojos clavados en mí desde el otro lado de la mesa.

Me mira con una intensidad desafiante, peligrosa y descarada.

Porque esa mirada suya no solo significa que le encanta la idea de compartir hotel conmigo las veinticuatro horas del día, sino que le importa tres pimientos el riesgo de tener que hacerlo bajo la atenta mirada de todo el equipo.

Y eso, señoras y señores, va a ser un asunto mil veces más complejo y explosivo de lo que ninguna de las dos sospecha todavía.