Última línea de defensa 17 #2
64%

17 #2

El olor tan característico de su piel mezclado con el sudor del entrenamiento me golpea los sentidos de lleno, nublándome el juicio.

Ella tiene razón. No puedo fingir indiferencia cuando la veo sufrir en el césped.

No puedo actuar como si besarla en mi salón no hubiera cambiado algo irreversible y definitivo dentro de mí.

No puedo seguir escondiéndome como una cobarde detrás del miedo mientras mi propio cuerpo reacciona a su cercanía incluso en mitad de una bronca monumental.

Alicia baja la mirada directamente a mi boca, deteniéndose en mis labios con un hambre voraz. Después vuelve a clavar sus ojos en los míos y ese pequeño gesto, esa provocación, es más que suficiente para hacerme perder el maldito equilibrio y mandar la cordura a paseo.

—Eres absolutamente imposible, Alicia Puertas —susurro pegada a su rostro.

Ella dibuja una media sonrisa diminuta, triste y rabiosa a la vez.

—Y tú una cobarde, doctora Valle.

La frase me escuece, pero en este preciso instante me importa tres pimientos.

La sujeto firmemente de la cintura antes siquiera de que mi cerebro pueda procesar la orden y, de un empujón cargado de deseo y rabia contenida, la acorralo contra la fila de taquillas metálicas del vestuario.

El golpe de sus caderas contra el metal resuena con un eco seco en todo el espacio vacío.

Alicia abre los ojos de par en par, pillada totalmente por sorpresa por mi arrebato.

—Clara...

Pero ya es tarde. Tardísimo para frenar este tren. Demasiado tarde para controlarme, para fingir que sigo siendo solo la encargada de poner a punto su rodilla y que ella es solo una delantera con los ligamentos fastidiados.

La beso. La beso con toda la frustración salvaje y el pánico acumulado estas últimas veinticuatro horas.

Con rabia pura. Con miedo a perderla. Con esa necesidad imperiosa y animal de hacerla callar de una vez, porque escucharla soltar esas verdades es muchísimo más peligroso para mi estabilidad que cualquier rumor.

Alicia reacciona al instante, sin pensárselo dos veces, como si ella también llevara horas al borde de un precipicio emocional y encontrara en mis labios la única salvación posible antes de la caída.

Sus manos se clavan con fuerza en la tela de mi polo, arrugándolo entre sus dedos.

Todo se impregna de intensidad pura, hormonas y necesidad.

Respiraciones entrecortadas, jadeos ahogados y besos desesperados que saben a enfado, a reproche y a unas ganas locas de devorarnos.

No hay delicadeza, ni sutileza, ni romanticismo: solo somos dos mujeres adultas agotadas de luchar contra sí mismas y contra una corriente que las arrastra.

Mis manos bajan con urgencia por su espalda, apretándola contra mi cuerpo para no dejar ni un milímetro de separación, mientras ella enreda los dedos en mi pelo y tira suavemente hacia atrás, arrancándome un gemido ahogado que rebota en las taquillas.

Alicia me aparta apenas unos centímetros, lo justo para poder mirarme a la cara sin romper el contacto. Tiene los labios ligeramente hinchados por la mordida y las pupilas tan dilatadas que sus ojos parecen dos pozos oscuros completamente encendidos.

—Te odio con toda mi alma cuando te da por hacer esto —susurra con la respiración entrecortada contra mi boca.

Mis manos siguen aferradas con fuerza a sus caderas, manteniéndola pegada a mí.

—Créeme si te digo que yo me odio bastante más.

Ella suelta una risa breve, rota por la emoción, y vuelve a estampar sus labios contra los míos con una fuerza renovada.

El mundo exterior, el Ravenhill FC, Julian Mercer y las amenazas de despido dejan de existir durante unos minutos.

No hay lógica que valga, ni prudencia. Solo dos cuerpos que se conocen de memoria, que se buscan por inercia y esa sensación devastadora de necesitarse mutuamente incluso cuando todas las señales indican que esto va a terminar en un choque frontal.

Cuando finalmente nos separamos por falta de oxígeno, ambas respiramos a bocanadas, con el pulso a mil revoluciones.

Me quedo con la frente apoyada contra la suya, cerrando los ojos para saborear el momento.

Los dedos de Alicia siguen arrugando con fuerza la tela de mi camiseta, como si tuviera miedo de que si me suelta, me esfume.

—Y ahora... ¿ahora qué coño hacemos? —pregunta en un susurro bajísimo, casi temiendo la respuesta que pueda salir de mi boca.

Abro los ojos despacio y le acaricio la mejilla.

—Esto va a complicar y a empeorar bastante las cosas... No nos va a hacer la vida más fácil.

Alicia suelta una pequeña risa irónica, desprovista de humor.

—Sí. Bastante. Pero que te quede claro que no pienso pedirte que pares.

Ninguna de las dos hace el más mínimo amago de apartarse; ninguna parece físicamente capaz de romper el contacto.

Hasta que, de repente, unos golpes secos e institucionales retumban en la puerta de madera del vestuario y nos separamos en el acto, como si nos hubiera dado una descarga eléctrica.

El corazón me golpea el pecho con tanta violencia que me da la sensación de que se puede escuchar desde el pasillo.

—¿Clara? ¿Estás ahí dentro? —la voz potente de Hugo atraviesa la madera—. Reunión del staff técnico en diez minutos en la sala de juntas. No faltes.