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El efecto de la tormenta

Clara

Se dan instantes en la vida en los que una es incapaz de distinguir dónde termina el miedo y dónde empieza el amor.

Y eso, sin duda alguna, es lo más peligroso de este juego.

Porque mientras el miedo intenta protegerte de aquello que se escapa a tu control, el amor...

el amor te vuelve imprudente. Te empuja a correr con los ojos cerrados hacia aquello que sabes de sobra que podría destruirte.

Y yo, que siempre he sido la reina de la prudencia, me encuentro metida hasta el cuello en esa última situación por culpa de Alicia.

Lo entiendo en el instante exacto en que la veo doblarse por la mitad sobre el césped del campo de entrenamiento, apretando los dientes y haciendo un esfuerzo sobrehumano por permanecer firme sobre los tacos, incluso cuando el dolor agudo ya le está atravesando la pierna como un rayo.

Lo entiendo cuando noto que el aire deja de entrarme en los pulmones, cuando el bullicio del entrenamiento se desvanece a mi alrededor y mi propio cuerpo reacciona antes que mi cabeza, mandando la ética profesional a tomar viento.

Sé que se acabó lo de ser una profesional fría con ella; he cruzado todos los límites éticos. Verla hacerse pedazos en el campo me duele a mí en el alma, y no soporto la idea de que esté cargando contra su propio cuerpo toda la rabia y la frustración que yo misma provoqué ayer con mis dudas.

Hace un par de minutos que hemos llegado al vestuario.

Alicia se mantiene erguida por puro orgullo, aunque la rigidez de sus movimientos y la forma en que arrastra el pie izquierdo resultan evidentes incluso para cualquiera que no tenga ni pajolera idea de lesiones deportivas.

Yo conozco al dedillo cada efecto secundario y cada consecuencia desastrosa de forzar una articulación inflamada como la suya, y precisamente por eso, es que me devora el pánico por dentro.

—Haz el favor de sentarte —le pido con una señal de mi mano.

Ella se deja caer sobre el banco de madera, apoya la espalda contra las taquillas y suelta una risa seca, cortante y casi burlona que no me hace ni pizca de gracia.

—Cuando romanticismo, doctora Valle, me voy a derretir aquí mismo de la emoción.

—Alicia —repito su nombre, y mi tono de voz sale muchísimo más duro y tajante de lo habitual, resonando en las cuatro paredes.

Ella lo nota al vuelo. Sus ojos oscuros y desafiantes se clavan en los míos durante un segundo eterno y, a través de su mirada, puedo leer en alta definición todo lo que se rompió en mil pedazos durante nuestra última conversación: el cabreo monumental, la decepción, el deseo acumulado, el amor que nos quema y esa necesidad absurda de tocarnos.

—Estoy perfectamente —murmura desviando la vista hacia sus pies—. No hace falta que montes este numerito ni que te preocupes tanto por mí.

« No me toques las narices » . Eso es lo primero que quiero gritar, aunque hago de tripas corazón, me muerdo la lengua y me limito a agacharme frente a ella, hincando una rodilla en el suelo del vestuario.

Le sujeto la pierna izquierda con una suavidad extrema por debajo de la corva para revisar el alcance del estropicio.

El calor brutal de la inflamación atraviesa el tejido de su media y me quema las yemas de los dedos.

Está mal, jodidamente mal. Respiro hondo por la nariz para mantener la compostura médica y evitar que me tiemble el pulso delante de ella.

—Se ha terminado —sentencio mirándole la rótula—. Se acabó lo de seguir entrenando hoy, mañana y el resto de las semanas que quedan hasta que empiece la temporada.

—Eso no lo decides tú, Clara —responde ella con los dientes apretados y la mandíbula tan tensa que le tiembla el músculo de la mejilla.

Alzo la vista lentamente, centímetro a centímetro, hasta que le clavo los ojos con firmeza.

—Vaya si lo decido yo. Para eso soy la fisioterapeuta jefe de este club.

Y sobre todo lo decido yo porque tú eres totalmente incapaz de tomar una sola decisión inteligente por ti misma.

¿O es que vas a seguir fingiendo delante del míster que puedes correr y rematar a portería sobre esa rodilla que parece un balón de playa?

Veo cómo se le contrae el rostro. La furia y la chulería siempre han sido sus mecanismos de defensa favoritos para esconder cualquier cosa que le duela de verdad en el alma.

—¿Ah, sí? ¿Ahora resulta que vuelves a preocuparte por mi salud y mi carrera? —pregunta con un tono de voz rebosante de reproche que me corta el cuerpo—. Qué oportuna eres, de verdad. Qué bien te viene el papel de médica salvadora.

La frase se me hinca directo en el corazón como un puñal. Después de haberle dicho ayer que era mejor que lo dejásemos estar, verla romperse y sufrir de esta manera está desmontando, una por una, todas las malditas barreras que había intentado levantar a mi alrededor para protegerme del escándalo.

—No me lo hagas más difícil de lo que ya es, por favor... —susurro, perdiendo el tono profesional y dejando ver mi vulnerabilidad.

Ella suelta otra risa amarga que me encoge el estómago y me revuelve las entrañas.

—Llegas un pelín tarde para pedir eso, Clara. Llevamos días haciéndolo todo jodidamente difícil.

Tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano y contener el impulso salvaje de abalanzarme sobre sus labios allí mismo, de estrecharla entre mis brazos, comerle la boca y confesarle que he sido una auténtica idiota.

Pero la cordura me frena: estamos en mitad del vestuario y en cualquier maldito momento podría entrar Hugo, Lucía o cualquiera de las chicas por la misma puerta por la que hemos entrado nosotras.

Así que hago lo único que mi mente todavía sabe hacer bien: controlarme y ponerme la máscara de hielo.

Afuera, en el césped, el entrenamiento del Ravenhill FC continúa a pleno rendimiento; el sonido amortiguado de los balones impactando contra las botas y los silbatos del cuerpo técnico nos llega filtrado a través de los tabiques metálicos.

Dentro del vestuario solo existimos nosotras dos, el olor a reflex y toda la rabia acumulada que amenaza con hacer saltar los plomos.

—Estoy verdaderamente cansada de tener que repetirte siempre lo mismo, Alicia.

—¡Y yo estoy hasta los mismísimos de que me hables y me mires como si fuera una puta bomba de relojería a punto de estallar en tus manos! —replica ella, girándose bruscamente hacia mí y clavándome una mirada que echa chispas.

—¡Es que lo eres, coño! —le respondo perdiendo los papeles y sin poder contenerme más—. Te estás destruyendo tú solita en el campo por puro orgullo y pretendes que los demás nos limitemos a observar el espectáculo en silencio desde la banda. Pues conmigo vas lista.

—No necesito que vengas a salvarme la vida, Clara. Sé cuidarme solita.

—¡Pues empieza a actuar de una puñetera vez como alguien que quiere seguir teniendo una carrera futbolística dentro de un año!

—le suelto elevando la voz más de la cuenta y gesticulando con las manos en el aire, completamente desquiciada—.

¿¡O es que prefieres terminar viendo los partidos fuera del banquillo antes de cumplir los treinta por cabezota! ?

La tensión en la habitación se vuelve tan densa que casi se podría cortar con un bisturí. Alicia se pone en pie de un salto, ignorando el dolor de la pierna, y se planta a escasos centímetros de mí, invadiendo mi espacio vital de una forma descarada.

—¿Y desde cuándo te importa a ti mi carrera y mi futuro profesional? —pregunta mirándome fija a los ojos. La pregunta tiene demasiadas segundas lecturas, demasiados significados ocultos, y ambas lo sabemos de sobra.

Aprieto los dientes con tanta fuerza que noto la tensión en las sienes.

—Desde el mismísimo momento en que empezaste a importarme tú mucho más de lo que dicta la lógica.

El silencio cae de golpe, brutal y aplastante, entre las dos. Su respiración cambia de ritmo al instante, volviéndose más apurada, más densa. La mía la imita por inercia. Pero el enfado y el orgullo siguen ahí, ardiendo en mitad del vestuario como una pira.

—Pues vaya una manera más rara de demostrarlo que tienes —murmura ella con los labios entreabiertos—.

Primero te cagas de miedo y me dices que quizá deberíamos parar lo nuestro por el club, y cinco minutos después apareces en el campo con cara de querer asesinar a cualquiera que me roce un pelo.

¿Se puede saber qué coño quieres de mí, Clara?

—No soporto ver cómo te haces daño por mi culpa, Alicia —confieso por fin, y la voz me sale con un tono ronco, espeso, cargado de emoción—. Te juro que no lo soporto.

—¿Y tú crees que yo sí soporto que me apartes de tu vida de la noche a la mañana como si lo nuestro hubiera sido un maldito error? —Su voz, siempre tan firme y chula, se quiebra sutilmente al pronunciar la última palabra, dejándome ver el daño que le he hecho.

Ese «lo nuestro» me atraviesa el pecho de lado a lado.

Intento articular una respuesta coherente, pero me quedo muda porque la verdad desnuda es insoportable: nuestra relación no tiene absolutamente nada de error y, precisamente por ser lo más real que he sentido en años, me aterra tanto perder el control.

Alicia suelta una exhalación pesada por la boca y niega con la cabeza, con un deje de lástima.

—¿Sabes qué es lo peor de todo esto, Clara?

Que sigues con la absurda ilusión de creer que puedes controlar lo que pasa aquí con tus protocolos médicos.

—Se acerca un paso más, eliminando la poca distancia que nos queda.

Ahora apenas hay un par de milímetros de aire entre su pecho y el mío—.

Pero despierta: ya no puedes controlar una mierda.