16 #3
Nuestras miradas se cruzan en el aire y el impacto emocional es instantáneo, como un choque de trenes. Todo el cabreo monumental de la noche anterior, toda la decepción, toda la necesidad absurda y enfermiza que tengo de sus abrazos... Sigue ahí. Intacto. Dolorosamente vivo en mitad del césped.
Hugo la mira aliviado, como el alumno que le entrega el examen más difícil del curso al profesor para que se apañe él.
—Toda tuya, Clara. A ver si tú eres capaz de obrar el milagro y hacer que entre en razón de una puta vez.
Clara ni se molesta en contestarle; ni le mira. Solo mantiene los ojos clavados en los míos mientras camina con paso firme hasta plantarse a escasos centímetros de mí.
—¿Se puede saber qué demonios has hecho?
—Entrenar —le contesto con una sequedad que raspa, desviando la mirada hacia el suelo porque soy incapaz de sostenerle los ojos sin romperme—. Algo que, por si se te ha olvidado, forma parte de mi puto trabajo en este club.
Ella niega con la cabeza, visiblemente afectada por mi tono, y se agacha doblando las rodillas para examinar la articulación visualmente, sin llegar a tocarme las piernas todavía.
El roce de su respiración apurada tan cerca de mi muslo me provoca un escalofrío brutal que no tiene absolutamente nada que ver con el viento helado de la mañana.
—No me vengas con tonterías, porque eso no era entrenar —susurra, levantando la cabeza para obligarme a mirarla—. Te estabas castigando a conciencia en el campo, y lo estás haciendo porque yo ayer...
—Porque tú ayer dudaste de nosotras y de lo importante que es esto que nos está pasando, Clara —le corto en un susurro, con la voz muy baja pero cargada de toda la mierda y el dolor que he estado acumulando sola durante la noche—.
Porque para ti esto sigue siendo un simple capricho, algo que se puede frenar con un botón de stop antes de que salpique y destruya tu precioso y perfecto equilibrio profesional.
Y no, Clara, te equivocas: esto no hay Dios que lo pare ya, porque yo te tengo metida muy dentro de la piel.
Clara se incorpora muy despacio, centímetro a centímetro, y las yemas de sus dedos rozan la piel de mi brazo con una delicadeza tan sumamente tierna que contrasta de golpe con la tensión que vibra entre nosotras.
—Es que no es tan fácil como tú lo ves, Alicia. Tengo miedo de lo que este escándalo pueda hacernos a las dos si llega a los despachos. Especialmente a ti. Eres la jugadora estrella de este equipo. Si toda tu carrera se va al traste por mi culpa...
—¿Por tu culpa? —la interrumpo, soltando una carcajada seca y sin pizca de gracia—. ¿Pero de qué vas? ¿De verdad te crees que soy de cristal y que me voy a romper por unos comentarios de pasillo?
Lucía, que ha visto el percal desde la banda, se acerca un par de pasos con cara de preocupación, pero frena en seco al notar el magnetismo y la intensidad dramática de la escena que estamos montando.
—Chicas... igual sería bastante más inteligente que habléis de vuestras cosas dentro y no aquí —sugiere con voz suave, intentando hacer de escudo.
—Estoy perfectamente, Lucía, gracias —le respondo sin apartar ni un milímetro los ojos de Clara—. Solo necesito que esta mujer sea valiente por una vez y me diga la verdad a la cara. ¿Quieres que lo dejemos? ¿De verdad es eso lo que quieres?
Clara traga saliva con dificultad y, por un instante fugaz, veo perfectamente cómo toda su fachada de profesional seria y su autocontrol de hierro se resquebrajan.
—Lo único que quiero en esta vida es no ser la causa de que te hagan daño, Alicia —admite en un hilo de voz, con los ojos empañados—.
Lo que me pide el cuerpo es despertarme cada mañana a tu lado y no tener que andar escondiéndome como una delincuente por sentir lo que siento por ti.
Pero el mundo del fútbol es muy jodido y nada comprensivo.
Y yo... yo ya me rompí en pedazos una vez en el pasado, Alicia.
Y te juro que no sé si tendré fuerzas para reconstruirme si me vuelvo a romper otra vez.
Sus palabras me dan un golpe directo al mentón, mucho más fuerte y doloroso que cualquier entrada a destiempo de una defensa rival.
En un ataque de orgullo, decido dar un paso atrás, apartarme de su lado y hacer el amago de volver al entrenamiento a pesar de que la pierna me tiembla como un flan.
Pero Clara reacciona rápido: extiende la mano y me sujeta la muñeca con una suavidad firme que me detiene en el acto.
—Nos vamos para dentro ahora mismo. Y esta vez no pienso aceptar un no por respuesta.
—Ni yo tampoco.
Mientras camino cojeando hacia los vestuarios, apoyando casi todo mi peso sobre sus hombros y dejándome guiar, noto cómo ese peso horrible que me asfixiaba el pecho empieza a aligerarse un poco.
El ridículo, la humillación, el pánico a perderla...
toda esa mierda sigue ahí, flotando en el ambiente.
Pero también está ella sujetándome, y con eso parece que tengo suficiente para seguir peleando por lo que me importa más allá del fútbol.