16 #2
Corro. Giro sobre el eje. Acelero. Con cada zancada, mi cuerpo parece gritarme en bucle: para, para, frena ya, insensata.
Pero yo sigo dándole caña porque el dolor físico, al menos, es real, es concreto y tiene sentido.
No como el otro. No como la patada en el estómago que supone descubrir que la mujer de tu vida prefiere soltarte de la mano en cuanto los de arriba le enseñan los colmillos.
Aprieto los dientes hasta que me duelen y meto una marcha más en un ejercicio de presión alta en tres cuartos de campo.
Y ahí es cuando el pinchazo me entra como una puñalada trapera.
La pierna izquierda se me bloquea al apoyar el pie después de un cambio de dirección brusco para tapar la salida de balón.
Escucho a Marta gritar mi nombre con preocupación al percibir mi gemido de dolor, pero paso olímpicamente de ella.
Otra carrera. Otro sprint al hueco. Otra punzada brutal que me hace ver las estrellas en pleno día.
El sudor frío me corre por la espalda y el aire me quema los pulmones como si tragara cristales.
«Para, Alicia. No pienso permitir que arruines tu carrera futbolística solo por un ataque de orgullo estúpido».
La voz de Clara resuena dentro de mi cabeza con una nitidez que me resulta insoportable. Llega bastante tarde porque ahora mismo el orgullo herido es lo único que me mantiene con los ojos abiertos y las botas clavadas en el césped.
Durante un partidillo en espacio reducido, recibo un balón en largo de Marta, controlo con el pecho y salgo disparada en velocidad hacia la portería.
En condiciones normales habría disfrutado como una enana de una jugada así: notar la velocidad, el instinto asesino del gol, la sensación de tener el control absoluto del juego.
Pero esta mañana mi cuerpo va por libre y mi cabeza está metida en un agujero negro.
Y la rodilla, claro, termina reventando en mitad de la carrera.
El dolor me atraviesa la articulación de una forma tan salvaje y desgarradora que tengo que morderme el labio inferior hasta hacerme sangre para no soltar un alarido, pero es inútil; el grito de dolor me sale del alma de todos modos.
Escucho el silbato del míster pitar con una urgencia ensordecedora.
—¡Alicia! ¡Basta ya! ¡Al suelo!
Me freno en seco cerca de la frontal del área y apoyo las dos manos sobre las rodillas, encorvada, mientras intento por todos los medios recuperar el aliento que he perdido.
El dolor sube como fuego líquido desde la rótula hasta el cuádriceps, haciéndome temblar las piernas.
Y aun así, lo peor de la escena es notar cómo las lágrimas de pura impotencia se me agolpan detrás de los ojos por culpa del cansancio acumulado, de la rabia contenida y de ver cómo todo se me escapa de las manos sin poder hacer nada para evitarlo.
Cierro los ojos con fuerza un segundo y escucho unos pasos de botas de fútbol corriendo a toda pastilla hacia mi posición.
«Respira, Alicia. Respira hondo y haz el favor de no derrumbarte aquí delante de todas».
—Se acabó —sentencia Hugo con firmeza, agarrándome firmemente del brazo para obligarme a erguirme—. Esto no es negociable.
—No... déjame, que puedo seguir —protesto, intentando zafarme de su agarre con un amago de empujón.
—Alicia, mírame a los ojos.
No quiero mirarlo porque sé que, si lo hago, va a ver en mi cara lo jodidamente rota que estoy por dentro.
—Que estoy bien, joder... —miento como una bellaca, pero la voz me sale tan temblorosa, quebrada y patética que no se lo tragaría ni un niño de cinco años.
El míster suelta una maldición tremenda por lo bajo.
—¡Es que eres una irracional! Me cago en la leche.
Intento soltar una de mis réplicas, pero no me sale la voz.
El dolor sigue latiendo con una violencia salvaje dentro de la articulación y me veo obligada a inclinar todo el peso de mi cuerpo sobre la pierna sana para no caerme de morros.
Varias compañeras nos observan desde la distancia con cara de circunstancias.
Me paso la manga de la camiseta por la cara con un gesto brusco para quitarme el sudor mezclado con las lágrimas y fuerzo una sonrisa desafiante.
—No necesito que nadie me lleve en volandas, sé caminar solita.
—Claro que necesitas ayuda, no seas ridícula —responde una voz a mi espalda que no es la del míster.
Mi cuerpo entero reacciona antes que mi cerebro y se tensa como la cuerda de un arco. Reconocería ese tono de voz de Clara aunque estuviera metida en mitad de un estadio de Wembley abarrotado de gente chillando, incluso entre el ruido de los balonazos y los gritos lejanos del entrenamiento.
Me giro con una lentitud dolorosa y allí la tengo frente a mí.
De pie a un par de metros, con el pelo alborotado por el viento, la chaqueta del chándal oficial medio abierta y esa maldita expresión suya tan habitual que parece debatirse entre las ganas locas de estrujarme contra su pecho o las de estrangularme directamente con sus propias manos.
Solo que esta vez, en el fondo de sus ojos, distingo algo diferente: pánico. Miedo real. Preocupación pura y dura.