Última línea de defensa 16
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Bajo cero

Alicia

La peor parte de que alguien te destroce el corazón en mil pedazos no es el dolor punzante.

Es el ridículo. Es esa humillación invisible que te transforma en un payaso cuando te das cuenta de que has bajado todas tus defensas por alguien que todavía anda calculando riesgos, midiendo consecuencias y trazando límites.

Mientras que tú ya estás metida hasta las cejas, demasiado implicada como para fingir que esto es solo un juego sin importancia.

Odio sentirme así. Lo detesto con una intensidad casi física, como si un puño gigante aplastase mis costillas sin piedad, dejándome sin aire.

Durante años he construido un búnker blindado alrededor de una idea ridículamente simple: no necesitar a nadie.

Cero ataduras, cero dramas. Pero entonces apareció la doctora Clara Valle y yo, que siempre fui de huir antes de que las cosas se complicasen, hice todo lo contrario: me enamoré como una adolescente.

«Quizá lo mejor sería parar antes de que esto destruya todo».

La dichosa frase sigue resonando en mi cabeza desde ayer por la mañana.

Todo. Qué palabra tan curiosa, tan elástica y tan rematadamente cruel.

Para Clara, ese «todo» significa su puesto de trabajo, su reputación y el equilibrio perfecto que lleva años construyendo para no volver a perder las riendas de su vida.

Pero para mí... para mí ese «todo» había empezado a ser ella.

Y eso es exactamente lo que me retuerce las entrañas.

No consigo pegar ojo en toda la noche. Ni lo intento, la verdad.

Me paso las horas muertas tirada en el sofá de mi apartamento, con la televisión encendida de fondo sin volumen, una lata de cerveza que se ha calentado sobre la mesa y la rodilla izquierda latiéndome a un ritmo satánico.

Es como si mi propia articulación quisiera recordarme a cada segundo que mi cuerpo estuviera cansado de luchar contra mí misma.

El dolor físico es fácil de soportar; ese lo reconozco.

El otro, el que se me ha instalado en mitad del pecho y me roba el oxígeno, ese es muchísimo más jodido de manejar.

Porque Clara ha dudado de lo nuestro, y lo peor es que la entiendo. Yo también saldría corriendo a la velocidad del rayo de alguien con mi historial.

Suelto una risa amarga y me incorporo del sofá de golpe, pasándome las manos por la cara con fuerza como si pudiese borrar los pensamientos a manotazos.

No, no lo puedo permitir. Si Clara quiere distancia, va a tener que aprender algo sobre mí; en mi vocabulario nunca ha existido la palabra retirada.

Y muchísimo menos cuando todavía tengo el cuerpo impregnado de su olor y el recuerdo de sus dedos me quema la piel en lugares que nadie más ha sabido tocar de esa manera.

· · ·

A la mañana siguiente me planto en la ciudad deportiva del Ravenhill FC bastante antes de que aparezcan la mayoría de mis compañeras.

El aire matutino huele a césped recién cortado y el cielo gris anuncia que es posible que llueva en cualquier momento.

Cruzo el aparcamiento a zancadas, con la capucha de la sudadera del club calzada hasta las cejas y una tensión eléctrica recorriéndome cada músculo.

Llevo una mezcla explosiva de rabia, orgullo herido y dolor bombeando en la sangre; una corriente que me empuja hacia el campo como si fuese a jugar la final de la Champions.

En cuanto entro al vestuario, el par de compañeras que ya están allí levantan la vista de sus teléfonos con los ojos como platos, alucinando en colores.

—Vaya, vaya, pero si es la mismísima Alicia Puertas madrugando. Esto sí que es un hito histórico para el club —bromea Marta desde su banco, ajustándose las espinilleras con una sonrisa que intenta rebajar la tensión del ambiente.

—Apunta la fecha en el calendario, anda —le respondo mientras tiro la mochila oficial dentro de mi taquilla con un golpe seco que resuena en todo el vestuario, bastante más fuerte de lo necesario—. Igual mañana cae un meteorito y nos extingue a todas.

Se escuchan un par de risas suaves entre las taquillas. Yo también fuerzo una sonrisa de lado, aunque el gesto me sale tan automático, falso y acartonado que da pena verlo. Por dentro lo que tengo es una herida abierta que me supura frustración con cada latido del corazón.

Empiezo a cambiarme con lentitud, ignorando olímpicamente el pinchazo agudo que me mete la rodilla cada vez que la flexiono para pasar la pierna por el pantalón corto.

La inflamación se ha puesto peor durante la noche.

Pero me importa tres pimientos. O al menos eso me repito mientras me subo las medias hasta los muslos y me ajusto los cordones de las botas de tacos con rabia.

Está claro que me importa, lo que pasa es que estoy demasiado cabreada con el mundo como para frenar.

Y jugar con fuego estando enfadada es una combinación letal.

Cuando salgo al terreno de juego, el míster ya está recolocando los conos chinos para el rondo de calentamiento junto al resto del cuerpo técnico. Me ve avanzar por la banda y arquea las cejas al instante, deteniéndose en seco con el silbato entre los dedos.

—Alicia —me frena con ese tono paternal de advertencia que me conozco al dedillo.

Sigo caminando recta hacia él, clavando los tacos en la hierba húmeda sin bajar el ritmo ni un milímetro.

—Míster.

Me repasa de arriba abajo con la mirada, evaluando mi postura y mi lenguaje corporal con demasiada atención para mi gusto.

—¿Se puede saber qué haces vestida de corto? Que yo sepa, no tienes el alta médica ni la autorización para incorporarte hoy al trabajo con el grupo.

—Pues mira qué suerte tienes hoy. Deberías aprovechar la oferta —le contesto con chulería, sosteniéndole la mirada sin pestañear.

Hugo suelta un suspiro largo y cansado, de esos que te soplan el flequillo, y se pasa una mano por la barba de varios días como si estuviera haciendo un esfuerzo sobrehumano por no mandarme a paseo.

—A ver, Alicia, no estoy para aguantar tus numeritos esta mañana, de verdad. Haz el favor de darte la vuelta, vete a casa y descansa. Tu rodilla te lo va a agradecer infinitamente.

—Ya, bueno, resulta que yo tampoco estoy de humor para aguantar sermones. Pero sí que estoy de un humor excelente para reventar el balón contra la red, y de este campo no me saca hoy nadie.

Hugo clava toda su atención en mí, entornando los ojos como si intentara descifrar en mis facciones qué demonios está pasando en realidad.

Y sospecho que, en el fondo, una parte de él ya se lo huele.

Los entrenadores viejos como él saben a kilómetros cuándo una jugadora está dispuesta a hacerse pedazos a sí misma en el césped por culpa de un drama personal que no tiene absolutamente nada que ver con el balón.

—Clara todavía no ha bajado al campo —suelta de repente, rebajando el tono de voz para que no lo escuchen las demás—. Y dudo muchísimo que vaya a dar el visto bueno a esta locura.

Suelto una sonrisa lenta, cargada de una frialdad que me hiela hasta a mí.

—No te preocupes por eso, míster. Si me rompo del todo, ella es una profesional fantástica y obrará su magia médica en cuanto llegue con su maletín, como hace siempre.

A Hugo se le endurece la cara.

—Esto no tiene ni puta gracia, Alicia. No juegues con tu salud.

—¿Quién se está riendo? No es un chiste —le respondo con una seriedad que corta el rollo—. Solo quiero entrenar. Necesito quemar adrenalina y mover las piernas antes de que me estalle la cabeza.

El silencio se instala entre los dos durante unos segundos eternos que pesan como un muerto.

Detrás de nosotros, el resto de la plantilla sigue con los ejercicios de activación mientras el viento racheado agita las redes de las porterías del Ravenhill FC.

Hugo da un paso para pegarse a mí y su voz baja a un susurro casi inaudible.

—¿Qué coño ha pasado entre vosotras dos? Llevo semanas aguantando ver cómo os devoráis con la mirada en cada entrenamiento y hoy apareces tú con cara de querer declararle la Tercera Guerra Mundial al primer ser vivo que se te cruce.

Se me tensa la mandíbula de tal manera que me crujen las muelas.

—Eso es un asunto privado que no le incumbe en absoluto a nadie. Quédate con que las cosas están mucho mejor así y que la directiva entera del club va a dormir agradecida por ello.

—Me incumbe mucho. Sobre todo, si mi delantera estrella se quiere destrozar los ligamentos de la rodilla adrede solo porque necesita desahogar un bache sentimental.

Aparto la mirada hacia las gradas vacías porque, si sigo escuchándolo hablar con ese tono comprensivo, voy a terminar viniéndome abajo y rompiéndome a llorar en mitad del campo. Y antes muerta que mostrarme débil delante del staff.

—Voy a entrenar —insisto, colocándome en jarras.

—Alicia...

—Que. Voy. A. Entrenar —repito mascando cada sílaba con una firmeza que no admite réplica.

No me quedo a esperar su respuesta ni de coña. Me doy la vuelta y me largo corriendo a trote cochinero hacia el grupo antes de que le dé tiempo a agarrarme del brazo para sacarme del entreno. Al final, escucho cómo suelta una maldición y cede.

El entreno arranca suave: carrera continua por el perímetro, ejercicios de movilidad articular y un rondo de pases al primer toque.

Los primeros quince minutos la cosa es bastante llevadera.

La rodilla protesta y me manda señales de alarma con cada apoyo, sí, pero el cuerpo de una deportista de élite tiene una capacidad acojonante para autoengañarse y bloquear el dolor cuando estás muerta de rabia.

Y yo llevo perfeccionando ese talento autodestructivo desde que tengo uso de razón.