15 #3
No sé qué coño decirle. Básicamente porque no existe en ningún manual una frase correcta para consolar una injusticia de ese calibre. Por eso, me dejo llevar por el instinto, me muevo rápido y me acerco a ella para sujetarle los brazos con firmeza, obligándola a sentirme.
—Te creo, Alicia. De verdad que te creo.
—Sí, me crees... pero en el fondo estás dudando de mí y de lo que esto te va a acarrear —dice arrastrando las palabras muy despacio, con una decepción latente. Yo niego con la cabeza con desespero—. Además, si tanto me crees, ¿por qué narices estamos teniendo esta conversación ahora mismo?
Ahí está. La parte del guión que mi cobardía no quería tocar.
—Estoy hablando de la realidad, Alicia. De que, si esto salta por los aires, puede destruirnos la vida y las carreras a las dos.
Alicia parpadea un par de veces seguidas, asimilando el golpe de mis palabras, y acto seguido suelta una carcajada seca, carente de la más mínima gracia.
—Ah. O sea, que ese es el verdadero problema de fondo. Que no estás dispuesta a perder "tu maravillosa vida" y tu estatus profesional por culpa de estar con una mujer como yo.
—¡No lo simplifiques todo de esa manera tan rastrera, por favor! —le suplico, sintiéndome acorralada.
—No, Clara, qué va, si lo estoy entendiendo todo a las mil maravillas —dice mientras me clava una mirada donde veo cómo se le rompe la ilusión en mil pedazos—.
Te preocupa tu reputación. Te aterra que toda tu impecable trayectoria se vaya por el sumidero por el simple hecho de tener una relación sentimental conmigo, con Alicia Puertas, la oveja negra y la jugadora más conflictiva de toda Europa.
—Eso que estás diciendo no es justo conmigo. Sabes que no es así.
—¿Ah, no? ¿No es justo?
Se adelanta un paso de golpe y se planta tan sumamente cerca de mí que noto su aliento caliente golpeándome directo en los labios, desafiándome a dar la cara.
—Porque desde este lado el mensaje que me acabas de soltar me ha llegado nítido y en alta definición: Alicia Puertas es un riesgo laboral muy alto y debo calcular en mi agenda si me vale la pena poner en juego mi plaza fija por ella.
—No me hagas esto, te lo pido por favor... —susurro sintiendo que me falta el aire.
—¿El qué? ¿Decirte las verdades a la cara y sin rodeos?
El corazón me bombea con una fuerza desbocada en el pecho, amenazando con salirse.
Porque sí. Porque tengo un pánico atroz.
Porque una parte muy herida de mi pasado sigue gritándome con fuerza que enamorarse de alguien dentro del puesto de trabajo es una modalidad muy sofisticada y dolorosa de autodestrucción masiva.
Y porque admitir esa cobardía frente a ella, me hace sentir como la persona más miserable del planeta.
La miro fija a los ojos, tomando la decisión más difícil de mi vida.
—Quizá... quizá lo más sensato y lo mejor para las dos sea parar esto antes de que termine destruyendo todo a nuestro alrededor.
Alicia no reacciona al instante, se queda completamente congelada y, sinceramente, esa falta de impulso es lo que peor me sienta de todo. Porque cuando por fin reacciona, no hay gritos, ni reproches a voz en grito; solo un dolor callado que le cruza los ojos y me desgarra.
—Claro... —suelta con un hilo de voz—. Al final era exactamente esto lo que estabas buscando. Una excusa para huir.
—Alicia, escúchame... —intento alargar la mano para acariciarle el brazo.
—No. Ni se te ocurra tocarme.
Niega con la cabeza con una frialdad pasmosa y da un paso gigante hacia atrás, rompiendo cualquier contacto físico. Se da la vuelta, busca sus cosas y se vuelve de nuevo hacia mí.
—Supongo que, hasta debería darte las gracias. Siempre viene bien descubrir lo antes posible quién está dispuesto a quedarse a tu lado cuando las cosas están revueltas y quién prefiere bajarse del barco a la primera curva.
—¡Que no se trata de elegir entre tú o mi trabajo! —intento explicarme con la voz completamente quebrada por el llanto contenido.
—Pues mira, se le parece una barbaridad. Dime una cosa, Clara... ¿qué parte exacta de tu frase "esto puede destruirnos la vida" no implica una puta elección consciente por tu parte?
Se encamina a zancadas hacia la puerta y es justo en ese momento cuando entiendo por fin que el miedo, por mucho que se disfrace de prudencia o sensatez, sigue siendo el mismo miedo cobarde de siempre.
Y que, ironías de la vida, acabo de cometer lo que más miedo me causaba: repetir mi propia historia del pasado, pero esta vez interpretando yo el papel del verdugo que se larga primero por cobardía.
Alicia gira el pomo y abre la puerta de la consulta de par en par. Se da la vuelta una última vez sobre sus talones y me dedica una sonrisa finísima, helada, de esas que te congelan la sangre:
—Descuida y respira tranquila. Voy a ponértelo ridículamente fácil. No voy a manchar tu impecable expediente profesional.
La puerta de la sala de rehabilitación se cierra a sus espaldas con una suavidad brutal y yo me quedo allí plantada. Completamente sola. Rodeada de un silencio que me zumba en los oídos y con la dolorosa certeza de haberlo perdido absolutamente todo en apenas unos minutos.