15 #2
—Eres una profesional excelente en lo tuyo, de las mejores fisioterapeutas que ha tenido este club en una década. Y te aseguro que no me gustaría nada en absoluto que una distracción totalmente innecesaria pusiera en serio riesgo tu puesto de trabajo y tu impecable carrera aquí.
Bum. Ahí está la amenaza, la advertencia de despido camuflada de palmadita en la espalda y consideración profesional. Asiento despacio, tragando saliva a duras penas.
—Lo entiendo a la perfección, Julián. Descuida.
—Me alegra oír eso. —Se levanta de la silla de golpe, abotonándose la chaqueta del traje y dando por zanjada la reunión—.
A veces, Clara, saber exactamente cuándo hay que frenar algo a tiempo también forma parte de la inteligencia y de la estrategia profesional de una mujer.
Y yo sé de sobra que tú eres una persona madura que sabe perfectamente cuál es su lugar, qué uniforme viste y la labor tan crucial que realizas para esta entidad.
—Sin duda alguna.
—Bueno, pues todo está dicho. Espero que tengas un buen día.
—Yo también.
Salgo de esa maldita sala de reuniones con un nudo en el estómago provocado por el pánico puro.
Porque el pasado tiene una forma retorcida e insoportable de repetirse en mi vida cuando menos me lo espero y porque, por primera vez desde que Alicia entró como un torbellino en mi vida, dudo.
Pero no dudo de lo que siento hacia ella cuando la tengo cerca, que eso lo tengo más claro que el agua; dudo seriamente de si quererla con esta intensidad es compatible con mantener mi puesto de trabajo o si nos va a terminar destruyendo la vida y la carrera a las dos.
Camino a zancadas por los pasillos del club intentando recomponer mis facciones.
Me detengo un segundo junto a un ventanal del pasillo, apoyando la frente contra el cristal y observando el césped impecable del campo principal bañado por la luz del mediodía.
Me viene a la mente su risa limpia de la noche anterior en mi cocina, el modo tan dulce en que las yemas de sus dedos trazaban líneas invisibles en mi espalda en el sofá mientras hablábamos de tonterías sin importancia.
¿Cómo narices algo tan jodidamente real y bonito puede volverse tan frágil y romperse en pedazos en cuestión de un par de horas por culpa de una norma?
Me encuentro cara a cara con Alicia una hora después, justo en la sala de rehabilitación.
Está sentada en la camilla de siempre, con la pierna lesionada flexionada y tecleando en el móvil con esa expresión suya de absoluta indiferencia.
En cuanto me oye entrar y girar el pomo, levanta la vista del teléfono y caza al vuelo el desastre emocional y la cara de funeral que arrastro por dentro.
—Vaya... —suelta despacio, dejando el móvil sobre la mesa auxiliar con una lentitud deliberada—. Ese gesto que traes no avecina nada bueno. ¿Qué pasa?
Cierro la puerta a mis espaldas con un cuidado exquisito, paso el cerrojo para que nadie nos interrumpa y me acerco a ella con los brazos cruzados.
—No he tenido precisamente el mejor comienzo de jornada, si te digo la verdad —le respondo en un hilo de voz, colocándome frente a la camilla—. Acabo de salir ahora mismo de una reunión bastante tensa con el director deportivo del club.
Ella frunce el ceño de inmediato, pierde la postura relajada y se incorpora un poco más en el tapizado, clavándome los ojos.
—¿Con Mercer? ¿Qué coño ha pasado?
Me acerco un paso más, envuelta en un silencio incómodo. No tengo ni la más remota idea de cómo empezar a hablar del tema, y eso en mí ya es una señal inequívoca de que la cosa está muy fea.
—Hay rumores corriendo por el club, Alicia.
Ella suelta una risita breve, seca y bastante amarga que me corta el cuerpo.
—Menuda novedad, por favor. Siempre hay chismes y rumores de mierda girando en torno a mi persona en todos los equipos, Clara.
¿Cuál de todas las mentiras circula esta vez por los pasillos del Ravenhill?
Porque te aseguro que tengo una colección bastante amplia en mi historial —su tono cambia en un segundo.
Ya no queda ni rastro de su ironía habitual; ahora solo noto un cansancio profundo, el de alguien que está harta de pelear contra fantasmas.
Respiro hondo, llenándome los pulmones de aire frío, y me siento justo en el borde de la camilla, muy cerca de sus piernas, pero haciendo el esfuerzo consciente de no tocarla.
—Han sacado a relucir lo de tu anterior entrenador en España, Alicia.
La expresión de su rostro se endurece al instante, transformándose en una máscara de piedra.
—Claro, cómo no, ese tema. No sé ni para qué coño pregunto —murmura con rabia.
Se baja de la camilla apoyando el pie sano de un salto y se cruza de brazos con brusquedad, levantando un muro de hormigón armado entre las dos en un segundo—.
¿Y qué van diciendo ahora? ¿Qué me lo follé en los despachos para conseguir un trato de favor, para que me lavara la imagen ante la prensa y me pusiera de titular en todos los partidos de liga?
—A mí no me han dado detalles morbosos del asunto, Alicia, solo me han dicho que...
—¡Déjame adivinarlo, que me lo sé de memoria!
—me corta ella, visiblemente alterada y con los ojos inyectados en rabia—.
Que la conflictiva y caprichosa Alicia Puertas volvió a usar sus malas artes para seducir a un pobre profesional inocente del cuerpo técnico, incapaz de resistirse a sus encantos. ¿A que ha sido eso?
Doy un paso decidido hacia ella, rompiendo mi propia norma, intentando acortar esa distancia física y emocional que de repente se siente como un abismo insalvable entre las dos.
—Alicia, para un poco, haz el favor. Lo único que quiero entender de verdad es por qué...
—¡Dilo de una puta vez, Clara! —insiste con un grito ahogado, acusándome con la mirada—. ¿A que te han dicho que tienes que mantenerte lo más alejada posible de mí si no quieres acabar en la calle? ¿Verdad que sí?
Yo me quedo completamente muda, petrificada. No me sale ni una sola palabra de la garganta porque dar la respuesta es hacer real la amenaza.
—Perfecto. —Me sostiene la mirada con esa expresión desafiante que le sale cuando se siente herida de gravedad—.
Mira, Clara, no tuve ninguna relación consentida con mi anterior entrenador, si es eso lo que tanto te preocupa —me suelta con una seriedad y una fijeza que jamás, en todo el tiempo que llevamos juntas, le he visto en la cara—.
Lo que pasó en realidad fue que ese señor decidió por su cuenta y riesgo que tenía derecho a propasarse sexualmente conmigo en su despacho.
Y cuando yo me planté, le paré los pies y le puse unos límites muy claros, la película cambió.
Porque en el fútbol siempre cambia la historia en contra de nosotras.
Porque a la directiva le resultó mil veces más sencillo y barato decir que yo era arrogante, problemática y conflictiva, que aceptar que su entrenador estrella había cruzado una línea delictiva que no debió rozar jamás.
Siento una oleada de rabia pura y un asco tremendo quemándome las entrañas al escucharla.
Lamentablemente, no es la primera vez que veo cómo en el fútbol profesional de élite la imagen institucional de un hombre con poder pesa mil veces más en la balanza que las palabras y la dignidad de una futbolista.
Siempre es el camino fácil: señalar a la jugadora con el dedo, colgarle el cartel de oveja negra y convertirla en la culpable absoluta de las babosadas de ellos.
—Y claro... —continúa Alicia, con la voz empezando a temblarle por el subidón de adrenalina y la impotencia—, como yo ya arrastraba esa fama de terca y de mujer difícil de domar, toda su versión encajó como un guante para los periodistas. Caso cerrado y Alicia al mercado de fichajes.
Baja la vista un segundo al suelo, apretando los puños con fuerza, y cuando vuelve a alzar la cabeza para mirarme fijamente, veo el dolor y la vulnerabilidad más absolutos sangrando en el fondo de sus ojos.
—Así que no, Clara. Yo no voy por la vida sembrando el caos ni metiéndome en las camas de los técnicos allí por donde ficho. Son todos los demás los que deciden colgarme el muerto y usarme como la excusa perfecta para justificar sus malas ideas o sus actuaciones de mierda.