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Conflicto de intereses

Clara

Tres días. Solo han pasado tres malditos días desde aquella noche de alto voltaje en mi apartamento y, de alguna manera extraña y acojonante, todo ha cambiado radicalmente dentro de mí y a mi alrededor.

Empiezo a acostumbrarme a la presencia constante de Alicia en mi vida y, por muy peligroso e insensato que le parezca a mi parte racional, me encanta.

Me fascina la forma en que mi cuerpo se activa por inercia esperando encontrarla a la vuelta de cada pasillo de la ciudad deportiva.

O la absurda facilidad con la que una jornada laboral de perros se me vuelve soportable en cuanto ella aparece apoyada en el marco de la puerta de la sala médica, dedicándome esa sonrisa insolente que siempre parece esconder una amenaza picante y una promesa al mismo tiempo.

Juntas nos hemos fabricado una especie de burbuja de normalidad a prueba de bombas.

Una burbuja idílica en la que me siento cómoda, segura y sin el pánico atroz a fracasar que arrastro desde lo sucedido en el pasado.

De cara al resto del mundo, seguimos trabajando a destajo y fingiendo que aquí no pasa nada.

Interpretamos el papel de la fisioterapeuta principal del club, seria y estricta, y de la delantera estrella con una rodilla demasiado orgullosa para dejarse curar.

Pero entre nosotras existe una corriente eléctrica brutal, y solo nosotras dos conocemos el voltaje exacto.

Nuestro día a día se ha llenado de pequeños roces cuando nadie nos mira; dedos que se buscan tontamente, como por descuido, mientras Alicia hace las extensiones de cuádriceps en la camilla.

Miradas que se alargan un par de segundos de más en mitad del gimnasio, desafiando el peligro.

O esos besos robados a traición en los pasillos vacíos de la planta baja, de esos que te dejan con la respiración cortada y con esa frustración deliciosa de quien sabe perfectamente que no va a poder apagar el fuego interno hasta que volvamos a vernos en un lugar más seguro.

Es una auténtica locura. Y precisamente por ser tan prohibido, se está volviendo jodidamente adictivo.

Esta mañana he llegado a las instalaciones del Ravenhill FC bastante antes de lo habitual.

Necesitaba revisar a fondo unos informes médicos de la última ecografía antes de la sesión de rehabilitación de Alicia y, sobre todo, ordenar el caos mental que llevo encima.

La noche anterior apenas pegué ojo. Cenamos algo juntas en mi casa, una escena ridículamente doméstica para dos mujeres que semanas atrás eran capaces de matarse a gritos o comerse a besos en cualquier parte.

Tenerla paseándose con naturalidad por mi casa, como si siempre hubiera pertenecido a ese espacio, o disfrutar de una conversación mientras yo fregaba los platos y ella los secaba.

Fue demasiado fácil e íntimo. Y a mí, las cosas fáciles en el amor, siempre terminan asustándome el doble porque presiento la caída antes de que suceda.

Entro en el área médica apretando el termo de café todavía hirviendo entre las manos y me encuentro a Lucía, organizando los expedientes de la plantilla.

—Buenos días, jefa —me saluda, levantando una ceja con una malicia que se huele a kilómetros—. Hoy traes una cara de haber dormido exactamente cero horas.

—Tu capacidad de diagnóstico empieza a preocuparme —le respondo dibujando una sonrisa de lado mientras dejo el bolso sobre mi mesa y le doy un sorbo largo y desesperado al café.

—Qué quieres que te diga, trabajo contigo codo con codo, algo de tu ojo clínico se me tenía que pegar.

—¿Ha llegado Alicia a las instalaciones? —pregunto intentando sonar casual, aunque el pulso me traiciona.

—Todavía no ha pasado por aquí. Pero Hugo, sí que está. Y ojo, que el director deportivo también se ha presentado a primera hora.

El dato me hace alzar la vista del informe de golpe, clavando los ojos en ella.

—¿Julián Mercer? ¿Qué narices hace aquí tan temprano?

—No tengo la menor idea, pero ha llegado hace media hora y trae una cara que…

Suelto una exhalación breve y pesada por la boca. Fantástico. Justo lo que me faltaba. ¿Y si alguien nos ha visto y se ha ido de la lengua? No, es imposible, hemos sido milimétricamente discretas... aunque en este mundillo, lo imposible es siempre lo más probable.

No tardo demasiado en averiguar la razón real de su visita sorpresa. A media mañana, mientras reviso unas tablas de potenciación en mi despacho, Julián, se planta en el umbral de la puerta con el traje impecable y un gesto de sargento que no augura nada bueno.

—Clara, necesito que hablemos un momento en privado, haz el favor.

No le pregunto el motivo. En el fondo, ya lo sé.

Terminamos encerrados en una de las salas de reuniones pequeñas del edificio principal, de esas con paredes acristaladas que parecen salas de interrogatorio.

Julián impone respeto solo con pisar el suelo y todo el mundo en el Ravenhill FC, por absurdo que parezca, le teme cuando saca el látigo.

Es el típico tiburón de los despachos que lleva toda la vida metido en el fútbol profesional y que vive mil veces más pendiente del balance de cuentas, el dinero de los patrocinadores y las clasificaciones de la liga, que de la salud real de las jugadoras en sí.

Todo en su lenguaje corporal está fríamente calculado: la postura, el tono de voz, incluso la manera tan fría en que te clava la mirada antes de soltar la bomba.

Me indica que me siente con un gesto de la mano cortés pero autoritario.

—Clara. Agradezco que me dediques un poco de tu tiempo.

—Faltaría más, Julián —le respondo, acomodándome en la silla de cuero justo frente a él y cruzando las manos para disimular el temblor.

La conversación arranca con la típica palabrería amable de cortesía.

Que si el rendimiento del equipo médico es impecable, que si los tiempos de recuperación van sobre ruedas, que si el estado general de la plantilla de cara al inicio de temporada es magnífico...

Una pantomima impecable que me mantiene con los cinco sentidos en alerta máxima.

Hasta que, como era de esperar, una cosa deriva en la otra y mete el dedo directo en la llaga.

—Verás, quería hablar contigo de un asunto bastante delicado —dice, entrelazando los dedos de las manos sobre el tablero de madera.

Cruzo una de mis piernas sobre la otra despacio y me recoloco en el asiento, haciendo un esfuerzo sobrehumano por mantener la serenidad.

—Te escucho, Julian.

—Quiero que hablemos muy seriamente sobre los límites estrictos que deben existir siempre entre el personal del cuerpo médico y las jugadoras de la primera plantilla —menciona sin apartar sus ojos grises de los míos ni un milímetro—.

A ver, no estoy acusando a nadie en particular, que quede claro.

Pero en un entorno tan cerrado, tan competitivo y tan propenso al cotilleo como es un club de fútbol, los rumores malintencionados crecen mil veces más rápido que los buenos resultados deportivos en el césped.

Y cuando esos comentarios de pasillo afectan directamente a cierto tipo de jugadoras, la situación deja de ser un asunto privado y, por lo tanto, se vuelve totalmente insostenible para la directiva.

No pestañeo. No reacciono lo más mínimo. Al menos, no por fuera, porque por dentro se me está revolviendo el desayuno.

—Entiendo perfectamente por dónde vas, Julian.

El nombre propio de la discordia no tarda en salir a la palestra. Faltaría más.

—Alicia Puertas es una jugadora, digamos...

conflictiva por naturaleza. Ha tenido problemas en absolutamente todos los clubes por los que ha fichado en su carrera.

Y según ciertos rumores, que han llegado directos a mi mesa desde su etapa anterior en España, en su último club tuvo un problema de faldas bastante grave con su entrenador de entonces.

Ese fue, de hecho, la verdadera razón por la que hubo tanto baile de contratos y rescisiones a su alrededor antes de que la trajéramos a Inglaterra.

Siento un escalofrío helado recorriéndome la columna de arriba abajo.

Y no es por los trapos sucios o los rumores de Alicia, porque de su pasado ya me conozco todas las versiones que circulan por la prensa deportiva; me quedo helada por la brutal claridad del mensaje que me está soltando.

El entrenador y un par de jugadoras del vestuario han debido de notar las chispas que saltan entre nosotras en los entrenamientos, y los jefes tampoco están ciegos.

—Y tú sabes de primera mano cómo funciona el negocio del fútbol, Clara —añade el director deportivo, inclinándose un poco hacia adelante—.

Cuando una futbolista arrastra cierta reputación de devora-entrenadores o de conflictiva, cualquier muestra de cercanía excesiva por parte del staff se interpreta en el entorno mil veces peor de lo que realmente es en la realidad.

Y en este club nos hemos gastado una millonada esta temporada y no queremos escándalos que sacudan o dividan al resto de la plantilla en el vestuario.

Queremos que Ravenhill sea el centro de atención de los periódicos por sus títulos y sus resultados, no por los chismes de sus estrellas.

—Ya, pero las cosas que se publican en la prensa rara vez cuentan la historia completa ni la verdad de las personas, Julian.

Mi voz sale con un tono muchísimo más frío y cortante de lo que yo misma espero, y Julian me sostiene la mirada con una firmeza que asusta, sin inmutarse por mi réplica.

—Precisamente por esa misma razón estoy teniendo esta charla madura contigo, y no te he citado directamente en el despacho de Recursos Humanos con un expediente sancionador sobre la mesa.

Se instala un silencio denso, pesado, medido al milímetro entre los dos. Un silencio de esos que amenazan tormenta.