Última línea de defensa 14 #2
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—Dime cómo lo quieres... —me susurra al oído, mordisqueándome el lóbulo—. ¿Quieres que vaya lento...? —me pregunta, marcando una presión suave con la yema—. ¿O lo prefieres duro y rápido?

En ese mismo instante me mete dos dedos de golpe, haciéndome ver las estrellas, y los vuelve a sacar despacio, dejándome flotando.

—Así... justo así, joder —consigo balbucear entre gemidos ahogados, clavándole las uñas sin miramientos en los hombros—. Fuerte, Clara. No te contengas conmigo.

—No tenía la más mínima intención de hacerlo, Alicia… —me asegura con una voz ronca que me pone los pelos de punta, sin apartar sus ojos de los míos, como si quisiera grabar en su mente cada mueca de placer que me cruza la cara.

Me incorporo e invierto las posiciones para quedar yo arriba.

Mis labios recorren el abdomen, bajando con lentitud hasta el vértice de sus muslos.

El aroma a deseo que desprende me emborracha el cerebro.

La pruebo primero con la punta de la lengua, saboreando cada una de sus reacciones: la forma en que las caderas se le elevan solas buscando más, los gemidos rotos que le escapan de la garganta y que intenta tapar con la mano.

—Alicia, por favor... no me hagas sufrir —me suplica, enredando sus dedos en mi pelo con desespero.

Le introduzco dos dedos mientras mi lengua danza sin freno sobre su clítoris, notando cómo sus paredes se contraen con fuerza alrededor de mi mano. Clara me guía los movimientos con urgencia, moviendo las caderas al ritmo salvaje que yo le impongo desde abajo.

—Así, joder... Justo ahí… —gime, perdiendo los papeles—. Sigue, no se te ocurra parar ahora.

El salón de su casa se llena de nuestros gemidos sin censura, del sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando, de respiraciones agónicas y palabras guarras susurradas con pura necesidad.

"Más", "así", "dame más". La timidez se ha quedado en el vestuario del club.

Nos entregamos sin límites, explorando cada curva y cada punto sensible con las manos y la boca.

En un arranque, Clara me besa con desesperación, saboreando su propio gusto en mis labios.

Nuestras manos se mueven al unísono, tocándonos la una a la otra con una sincronía tan perfecta que parece mentira.

El placer sube como una ola gigante. Siento cómo todos los músculos del cuerpo se me tensan de golpe, cómo el calor se me reconcentra en el bajo vientre. Clara acelera el ritmo de sus dedos, susurrándome al oído guarradas que solo consiguen que enloquezca mucho más.

—Córrete para mí, Alicia... —murmura con el aliento a mil.

Y exploto. Suelto un grito ahogado contra su hombro, contrayéndome con violencia alrededor de su mano mientras unas oleadas de éxtasis brutales me recorren el cuerpo una y otra vez.

Pero ella no me da tregua; me sigue estimulando para prolongar el orgasmo, dejándome temblorosa, sudada y completamente vulnerable entre sus brazos.

Justo después llega su turno. La observo cara a cara, fascinada, mientras alcanza su propio clímax con los ojos entrecerrados y los labios partidos dejando escapar mi nombre en un hilo de voz.

Se corre con una fuerza tremenda, apretándome la muñeca con ganas mientras mantiene mis dedos bien encajados dentro de ella, arqueando la espalda contra el sofá y temblando de arriba abajo con la intensidad de la liberación.

Nos quedamos tiradas en el sofá, empapadas en sudor y hechas un nudo de piernas, con las respiraciones tratando de volver a la normalidad.

Clara me acaricia la espalda con unos movimientos perezosos, posesivos, de los suyos.

Yo me dedico a trazar círculos invisibles sobre su abdomen, disfrutando de la paz profunda que sigue a la tormenta de pasión que acabamos de desatar.

El apartamento, con todas sus vitrinas, sus trofeos y sus recuerdos, ya no me parece un espacio ajeno.

Ahora es testigo de algo completamente nuevo: de nosotras, de lo nuestro.

—Oye... ¿hacía cuánto tiempo que no traías a una mujer a tu casa? —le pregunto de golpe, apoyando la cabeza en su pecho y escuchando los latidos de su corazón, que poco a poco van recuperando el ritmo normal de descanso.

—Demasiado... —responde tras un silencio largo, suspirando.

—Eso quiere decir que esto es importante para ti... ¿no? —añado, buscando sus ojos desde mi posición para asegurarme.

—Siempre lo ha sido, Alicia —me responde, plantándome un beso en la frente con una ternura que choca de frente con la fiera de hace un rato y con esa seriedad de sargento que carga consigo en el club—.

Y no quiero que sea de otra manera. Soy tu fisioterapeuta, sí, pero hace ya mucho tiempo que no solo me preocupa el estado de tu rodilla...

La mano de Clara me sigue dando pasadas por la espalda y me permito, por primera vez en meses, imaginar despierta qué sería de mi vida si la lesión de ligamentos ganara el control de mi cuerpo.

Yo, mejor que ella incluso, conozco mis limitaciones físicas, sé perfectamente cómo me duele por las noches y lo mucho que me priva de ser feliz en el césped.

Si no me cuido de verdad, si sigo haciendo el cafre y no hago caso a las tablas de recuperación de Clara, no solo me voy a quedar sin jugar en el Ravenhill FC, sino que voy a tener que abandonar lo que más amo en el mundo.

Y mi orgullo no puede permitirse semejante fracaso.

Sin embargo, en el fondo de mi cabeza, el fantasma del rechazo, el miedo a ser señalada, a que se rescinda el contrato o a que me aparten del once titular vuelve a la carga una y otra vez.

Me pregunto qué pasará si los ejercicios de Clara no surten efecto.

Qué pasará si la rodilla no mejora y no llego a jugar el primer partido de la temporada.

Por hoy, decido mandar a paseo los fantasmas.

No quiero pensar en el fútbol. Solo quiero quedarme aquí metida, muy lejos de ese mundo exterior que me empuja a ser siempre la puta ama y a exigirme cada día más de lo que mi cuerpo puede dar.