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La hora del debut
Alicia
Después de la proposición que me acaba de hacer Clara, algo dentro de mi pecho se rompe en mil pedazos y se vuelve a recomponer a toda mecha.
Sus palabras se quedan flotando en el aire de la sala de rehabilitación del Ravenhill FC, densas, cargadas de una ternura tan inusual en ella que me destrozan por dentro.
Es imposible decirle que no cuando me mira con esa intensidad de gata herida.
No le digo que sí; no me hace falta. Me limito a sujetarla de la mano y asentir con la cabeza, sosteniéndole la mirada. En ese preciso instante, soy plenamente consciente de que estamos cruzando una línea roja de un tamaño colosal, esa que separa el terreno puramente profesional de lo personal.
Tardo apenas unos minutos en recoger mis cosas y unirme a ella en el pasillo. Salimos de la ciudad deportiva por la puerta trasera, como dos adolescentes cometiendo una gamberrada, en silencio pero con una tensión sexual anclada en las costillas que casi nos impide respirar.
El trayecto en su coche por las calles de la ciudad es ridículamente corto, aunque cada maldita frenada en los semáforos se me hace eterna.
Me paso el viaje pegada a la ventanilla, viendo llover, notando el peso de su mirada de reojo clavada en mi perfil, mientras el corazón me va a mil por hora en una mezcla de nervios, ganas y un deseo salvaje que ya no me cabe en el pecho.
El edificio donde se encuentra el apartamento de Clara es discreto, elegante y de fachada clásica; de esos bloques de pisos que valen un ojo de la cara y que pasan desapercibidos para la prensa.
Subimos las escaleras casi sin hablarnos, pero ella no deja de rozarme el dorso de la mano con una intencionalidad que me enciende.
Cuando por fin mete la llave y abre la puerta, me da la sensación de estar profanando un santuario privado.
Su fortaleza flotante. Un lugar que hasta hoy ha mantenido celosamente oculto del resto del mundo y, sobre todo, de las garras de cualquier mujer.
El piso es enorme, diáfano y con unos ventanales de suelo a techo que dejan pasar la luz grisácea de la tarde de Inglaterra.
Y huele que alimenta: un toque cítrico muy sutil que me envuelve e impregna las fosas nasales.
Lo primero que me salta a la vista y me hace frenar en seco es la pared del fondo del salón.
Hay un mueble gigantesco de madera oscura con vitrinas de cristal que es una auténtica locura.
Exhibe una colección impecable de trofeos de fútbol: copas relucientes de los distintos clubes por los que ha pasado como jefa médica, medallas que brillan bajo los focos y placas de agradecimiento que hablan de victorias históricas.
Justo al lado, varias fotografías enmarcadas muestran a una Clara más joven celebrando títulos oficiales rodeada de jugadoras empapadas en champán, o dando ponencias en congresos de fisioterapia deportiva.
También hay estanterías hasta los topes de libros densos de medicina deportiva, tomos gigantescos de anatomía humana y, para mi sorpresa, una balda entera dedicada a novelas románticas y de misterio.
El contraste es brutal, e incluso divertido: el rigor científico de la doctora Valle convive con la pasión por el fútbol y esos pequeños vicios literarios que revelan a una Clara mucho más humana, de carne y hueso.
Este es su verdadero mundo, muy lejos de los pasillos impersonales y fríos del Ravenhill FC.
—Bienvenida a mi caos —murmura ella a mi espalda, cerrando la puerta de entrada con el cerrojo.
Su tono de voz ha cambiado un abismo en cinco minutos.
Ya no es la jefa médica seria, distante y controladora que nos echa broncas por no estirar; ahora es una mujer que por fin se da permiso para soltar el aire y mostrarse tal cual es.
Deja las llaves del coche sobre una mesa baja y, sin darme tiempo a reaccionar ni a asimilar el tamaño de su salón, se me acerca por detrás como una exhalación.
Sus dedos me rozan el hombro con una delicadeza que contrasta una barbaridad con la firmeza con la que me quita la mochila del hombro; nada que ver con los masajes que me mete en la rodilla.
El peso de la mochila desaparece, pero el nudo de anticipación en mi estómago se me queda bien sujeto por debajo del esternón.
Después va a por mi chaqueta del club; sus manos deslizan la cremallera hacia abajo con una lentitud exasperante, deliberada, como si estuviera deshojando una flor.
Siento su aliento caliente y rápido golpeándome la nuca en cuanto la prenda cede.
Me acerco un palmo más al mueble de los trofeos, fingiendo que me interesan muchísimo sus medallas para ganar algo de tiempo y aplacar el torbellino de hormonas que me tiene tiritando. Pero ella no me da tregua y me persigue, pegando su pecho a mi espalda.
—Vaya, vaya... —comento con la voz un poco tomada, casi en un susurro—. Así que al final va a resultar que es verdad lo que dice la prensa de que eres la mejor fisio del país...
—¿Es que acaso tenías alguna duda de mi valía?
Sus labios se posan de golpe en la curva de mi cuello, haciéndome dar un respingo.
Primero me regala un beso suave, de esos que te templan, pero de inmediato sus dientes me rozan la piel sensible justo debajo de la oreja, regalándome un mordisco posesivo de los suyos.
De esos que, desde la escena de las duchas de la ciudad deportiva o desde lo vivido en el aseo del restaurante, necesito tanto como el puto aire para respirar.
Un escalofrío de arriba abajo me recorre la columna.
Cierro los ojos con fuerza y dejo escapar un suspiro entrecortado.
Las manos de Clara se anclan en mis caderas, tirando de mí hacia atrás con una determinación absoluta para pegarme del todo a sus curvas.
Puedo sentir el calor brutal de su cuerpo, el latido desbocado de su corazón sincronizándose con el mío a ritmo de tambor de guerra.
—Clara... —susurro, viendo nuestro reflejo borroso en el cristal de la vitrina de trofeos—. ¿Podemos dejar de hablar?
Me gira del revés entre sus brazos con un movimiento rápido, buscando mi boca con una urgencia que ya ni puedo ni quiero frenar.
El beso es profundo desde el segundo uno, cargado con todos los vatios de tensión que llevamos acumulando desde que empezó todo esto.
Nuestras lenguas se encuentran con un hambre atroz, devorándose con una intensidad que hace que el Ravenhill FC, la liga inglesa y el mundo entero desaparezcan.
Mis manos se enredan en su pelo, tirando con ganas para pegarla aún más a mí, si es que eso es físicamente posible.
Clara suelta un gemido sordo contra mis labios, un sonido ronco, de pura necesidad, que me enciende un fuego líquido entre las piernas.
—¿Estás completamente segura de esto? —me pregunta con la respiración entrecortada, pegada a mis labios, aunque mi cuerpo ya ha tomado la maldita decisión por las dos.
A ver, no es que sea la primera vez que nos aAliciamos, las cosas como son. Pero follarte a la jefa médica en las duchas de vestuarios o contra la pared del baño es una película muy diferente a hacerlo en el sofá de su propia casa. Esto se siente mil veces más íntimo, más personal y más peligroso.
—No he estado más segura de nada en toda mi puta vida —le respondo, con los ojos completamente oscuros y brillando de puro deseo. Y no miento.
Caminamos a trompicones como dos borrachas hacia el sofá que domina el salón.
Tropezamos de mala manera con el fleco de la alfombra y caemos de golpe sobre los cojines en un enredo de piernas, brazos y respiraciones aceleradas.
Clara reacciona rápido, se me coloca encima a horcajadas y me mira con una intensidad que me desnuda hasta el alma.
Sus dedos enganchan el dobladillo de la camiseta y la deslizan hacia arriba hasta sacármela por la cabeza.
—A ver, delantera estrella... ¿qué es lo que deseas de mí esta noche? —me pregunta mientras sus labios descienden hasta morder mi clavícula—. Y ojo, ni se te ocurra pedirme que le mienta a Hugo y le diga que tu rodilla está para jugar los noventa minutos, porque por ahí no paso.
Suelto una carcajada limpia. El aire acondicionado del piso contrasta de golpe con el calor sofocante de su piel cuando se inclina del todo para besarme los pechos.
Cada roce de sus labios, cada pequeño mordisco con rabia deja escrito su nombre en mi piel de forma posesiva.
Le quito la camiseta con un ansia que casi la rompe, revelando unos hombros y unos músculos definidos.
Mis palmas le recorren la espalda a ras de piel, memorizando cada vértebra.
—Quiero sentirte a ti, sin más —confieso con la voz rota por el esfuerzo, mientras mis dedos bajan directos a sus pantalones—. Sin barreras, Clara. Y sin el puto miedo de siempre.
Nos deshacemos de la ropa restante a base de tirones y urgencia, ansiosas por sentir el cuerpo de la otra.
Le beso el cuello con desesperación y me muevo bajo su peso hasta llevarme a la boca uno de sus pechos, saboreando el gusto ligeramente salado de su piel y escuchando cómo su respiración se vuelve un caos absoluto.
—Dios, Alicia... joder —jadea ella, arqueando la columna hacia arriba en cuanto mis labios se cierran con fuerza alrededor de uno de sus pezones, jugueteando con la lengua.
En mitad del sofá, nuestros cuerpos se entrelazan con una pasión que roza lo salvaje.
Clara me separa las piernas con una de sus rodillas con total autoridad y presiona su muslo con fuerza justo contra mi centro húmedo.
Ese roce brutal me arranca un gemido largo y profundo que retumba en todo el salón.
Sus dedos empiezan a explorar mi intimidad con la misma pericia que las veces anteriores, localizando a la primera el punto exacto que provoca que me deshaga contra ella.