Última línea de defensa 13 #2
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13 #2

—Hasta que todo saltó por los aires, como era de esperar.

Cuando la relación empezó a romperse a nivel de pareja en casa, no solo se fue a la mierda lo sentimental.

Se contaminó de forma absoluta todo lo demás: el ambiente diario de trabajo, la confianza con el cuerpo técnico y la forma en que yo me movía dentro de los vestuarios.

Cada decisión médica que yo tomaba con la plantilla parecía tener una segunda lectura malintencionada por su parte.

Cada mirada en el campo. Cada silencio. Me volví una paranoica, Alicia, y ella se volvió un témpano de hielo.

Aquello afectó de tal manera a mi rendimiento profesional que la directiva terminó despidiéndome de malas formas.

La miro por fin a los ojos, directa, sin escudarme en mi rol de doctora.

—Lo que viví en aquella época me enseñó una lección que me juré cumplir pasara lo que pasara: nunca, bajo ninguna circunstancia, se debe mezclar el amor con el puesto de trabajo.

El silencio que se instala en la sala de rehabilitación tras mi confesión es largo, espeso, pero no resulta incómodo. Es un silencio honesto, de los que curan. Alicia respira despacio, asimilando mis palabras, y me sostiene la mirada con una madurez que me sorprende.

—Ahora comprendo por qué te negabas en redondo a dejarte llevar con lo nuestro —murmura con una voz sumamente dulce, desprovista del más mínimo reproche—. Y entiendo por qué me daba la sensación constante de que estabas huyendo de mí a todas horas.

—Bueno... dudo mucho que haya dejado de huir del todo, las cosas como son. El miedo es libre.

Ella suelta una pequeña carcajada, una risa cálida y sincera que llena las cuatro paredes del box y me templa el ánimo.

—Sí, la verdad es que eso ya lo había notado, doctora Valle. Eres terca y cabezota como pocas mujeres que me he cruzado en la vida. Pero mira, también te digo que empiezo a vislumbrar lo que escondes debajo de esa coraza de sargento de hierro.

La tensión flotante se afloja notablemente entre nosotras.

No es que desaparezca por arte de magia, pero sí cambia de forma: se vuelve algo mucho más íntimo, más compenetrado...

y, por ende, mil veces más peligroso para mi cordura.

Termino de recoger lo que he usado para su masaje y me incorporo de la banqueta despacio, dispuesta a poner distancia física.

Pero antes de que me dé tiempo a dar un solo paso hacia atrás, Alicia me atrapa la muñeca y tira de mí para que me incline de forma magnética hacia sus labios.

Este beso es radicalmente distinto a los arrebatos salvajes del restaurante.

Es mil veces más lento. Más consciente. Más pausado.

No hay un choque de trenes ni una batalla por ver quién domina a quién.

Solo una calma extraña, preciosa, como si las dos hubiéramos decidido de mutuo acuerdo dejar de luchar contra lo inevitable al mismo tiempo.

Siento su boca increíblemente suave presionando la mía.

Siento la mía aprendiendo, por fin, a no salir corriendo a la primera de cambio.

Mis manos encuentran de forma instintiva el contorno de su rostro, acariciándole las mejillas, mientras las suyas se anclan con firmeza en mi cintura.

Es un beso tranquilo, infinitamente dulce y amoroso.

El más íntimo y verdadero que nos hemos dado hasta el momento.

Cuando nos separamos, apenas queda aire entre nosotras. Alicia me roza el labio inferior con la yema de su dedo pulgar y me dedica una de esas sonrisas pequeñas, de medio lado, que son una auténtica declaración de intenciones.

—Te pido disculpas de antemano por ser la mujer que ha venido a este club a romperte todas y cada una de tus sagradas normas, doctora.

Lo susurra ahí mismo, pegada a mi boca, compartiendo el aliento, y a mí me entran unas ganas locas de mandarlo todo a la mierda y quedarme pegada a ella lo que me resta de vida.

Pero el miedo del pasado no se borra de un plumazo por muy bien que bese; sigue ahí agazapado en un rincón de mi cerebro, esperando su oportunidad para recordarte todo lo que puedo perder si la directiva se entera.

Me aparto de golpe, rompiendo el hechizo.

Doy un paso atrás con brusquedad. Luego otro más, pegándome a la mesa de informes.

Como si poner metros de por medio pudiera solucionar el caos que tengo en la cabeza.

Alicia capta mi repentina reticencia al instante y la expresión de su rostro cambia en un segundo: toda la calidez y la ternura desaparecen de su mirada, dejando paso a la frustración.

—Vaya... —suelta simplemente, dejando caer los brazos con desgana—. Ya estamos otra vez igual.

—Alicia, no empieces... No es lo que crees.

—No, mira, déjalo, está perfectamente —responde ella a la defensiva, sacando a relucir ese orgullo tan suyo.

Se baja de la camilla con cuidado, apoyando el pie sano Cada uno de sus gestos acelerados anuncia a gritos que está a punto de salir corriendo por la puerta para no volver—.

No hace falta que me des ninguna de tus explicaciones, Clara. Lo entiendo a la perfección.

—¡Que no, coño, que no entiendes absolutamente nada! —insisto, elevando el tono y dando un paso decidido hacia su posición para cortarle el paso.

—Creo que lo he entendido bastante bien. Para ti esto que nos pasa sigue siendo un error. Un desliz que controlas y calibras en tu agenda cuando te apetece.

—¡Eso no es verdad y lo sabes!

—¿Ah, no? Entonces explícamelo, porque desde donde yo estoy parada la situación parece meridianamente clara. Dime de una maldita vez qué es esto para ti, porque yo ya no sé cómo interpretar tus señales sin volverme loca.

La frustración me quema la garganta por momentos. Porque tengo una necesidad imperiosa de gritarle todo lo que me pasa por dentro cuando la veo, pero al mismo tiempo no tengo ni la menor idea de cómo hacerlo sin sentir que me estoy arrancando la piel a tiras.

—No se trata de que esto que tenemos no sea real, Alicia —confieso por fin de golpe, soltando un suspiro tembloroso que me vacía los pulmones—.

Es que es precisamente todo lo contrario: es demasiado real.

Conocerte en este club, besarte cómo te beso...

follarte como nos follamos es algo que volvería a hacer una y mil veces seguidas por mucho miedo que tenga.

Pero el pánico a que lo de Charlotte se repita... sigue ahí dentro, machacándome.

Alicia se detiene en seco a medio camino de la puerta y se da la vuelta para mirarme con una intensidad que me derrite las entrañas.

—¿Y qué es lo que propones entonces? ¿Que sigamos fingiendo que solo tenemos tensión profesional? ¿Que cada vez que nos crucemos miremos hacia el suelo y hagamos como si no pasara nada entre nosotras?

—No —respondo con total rapidez, dando el paso definitivo y sujetándola con firmeza del antebrazo para impedir que cruce esa puerta y escape—.

No te estoy proponiendo fingir, Alicia. Lo que te estoy proponiendo es que lo que sea que esté naciendo entre nosotras no se quede encerrado únicamente entre las paredes de esta maldita sala de rehabilitación.

No quiero que lo tenemos se reduzca únicamente a este mundo de cuatro paredes.

El silencio que genera mis palabras se vuelve absoluto, sepulcral. No aparto los ojos de encima ni un solo segundo. Ella tampoco.

Respiro hondo, llenándome de valor. Siento en el estómago el vértigo exacto de quien está saltando al vacío desde un helicóptero sin tener la más remota idea de si el paracaídas va a abrirse o dónde va a caer.

—Hagamos una cosa. Quédate a dormir en mi casa esta noche.

Alicia me contempla fijamente durante unos segundos eternos que a mí me parecen una vida entera y entonces, despacio, dibuja esa sonrisa canalla suya tan característica, esa que siempre parece capaz de desordenarme los esquemas y ponerme la vida del revés en un segundo.

—Ay, doctora Valle, doctora Valle... —murmura dando un paso al frente, acortando la distancia hasta que nuestras chaquetas se rozan y buscando mi mano libre con sus dedos—.

Llevas semanas enteras intentando controlar todo lo que sientes por mí y ahora, de buenas a primeras, me vienes con esta propuesta indecente...

Suelto una risa breve, completamente derrotada por sus encantos, y entrelazo mis dedos con los suyos con fuerza.

—Lo sé. Soy un auténtico desastre de mujer.

Ella se acerca un milímetro más, rompiendo cualquier barrera física.

Me roza la mejilla con los nudillos y, en ese gesto tan pequeño, absurdo e infinitamente íntimo, termino de entender que ya no me queda ninguna escapatoria posible.

Ya no puedo seguir huyendo. No de ella. No de esto tan bonito que tenemos.