Última línea de defensa 13
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Alta frecuencia

Clara

Podría clasificar el miedo en muchas categorías, pero el que siento cada vez que tengo a Alicia a menos de un palmo es ese pánico silencioso que te araña el estómago, te hace recordar al milímetro lo mal que lo pasaste en el pasado y te espabila para que no repitas jamás el mismo error.

Ese miedo se sienta conmigo en la consulta, espera su momento con paciencia, me observa actuar mientras le coloco un vendaje y, cuando por fin me confío y bajo la guardia, ataca sin piedad.

Lo nuestro ha dejado de ser una simple atracción física o un calentón monumental.

Ojalá fuera solo eso. El deseo es fácil de gestionar: es salvaje, incómodo, inoportuno a más no poder, pero simple de saciar.

Se puede justificar ante una misma como una debilidad puntual de las hormonas, como una mala decisión o como una línea roja que cruzaste en un momento de flaqueza.

El miedo, en cambio, aparece siempre para abrirte los ojos de golpe y a mí me ha hecho consciente de lo difícil que es controlar la forma en que Alicia se me ha metido en la cabeza, y lo complejo que es dar forma a esa preocupación, constante y agotadora que me nace en el pecho cada vez que la veo forzarse en el césped, ignorando el dolor como si fuera inmortal.

Alicia empieza a importarme demasiado y ahí es donde radica el verdadero peligro de esta comedia.

El riesgo real no es haberla besado con ansia o habérmela follado contra el lavabo.

El verdadero peligro es que todo ese tsunami viene acompañado de algo que me había prohibido taxativamente volver a sentir por un miembro del equipo para el que trabajo.

Algo mucho más serio. Mucho más estúpido.

Mucho más irreversible. Cariño. Necesidad. Amor.

Yo sé bien cómo terminan esas malditas historias de amor. Básicamente porque ya me tocó vivir una hace años.

Alicia sigue sentada en la camilla frente a mí, completamente callada.

Después de su entrenamiento fallido, del pinchazo brutal que le cruzó la articulación y de esa confesión sobre sus miedos, el ambiente en la sala de rehabilitación ha cambiado.

Noto que el aire pesa. Me obligué a mí misma a regresar a mi terreno seguro: el trabajo puramente técnico, la anatomía, el diagnóstico frío y el control de la situación.

Me acerco arrastrando una banqueta con ruedas, me coloco justo frente a sus piernas y aparto con sumo cuidado la venda funcional con el hielo seco que le había colocado de urgencia para examinar el alcance de la inflamación.

La piel de su rodilla está congelada y enrojecida por el frío, y la articulación presenta un edema ligero.

Alicia observa cada uno de mis movimientos con una quietud extrañísima en ella, esa que solo le sale cuando está verdaderamente cansada.

Pero no cansada de correr, sino agotada por dentro, mentalmente.

Estoy completamente segura de que soportar ese nivel de dolor a diario no es sano, y mucho menos cómodo.

—Te duele justo aquí al presionar, ¿a que sí? —murmuro, hundiendo la yema de mis pulgares con suavidad en la cara interna de la articulación, buscando el tendón.

Ella suelta una exhalación breve, contenida, y aprieta los dientes por el estímulo.

—¿Eso que acabas de soltar era una pregunta médica, doctora, o una tortura?

—No, era una afirmación empírica —le respondo dibujando una media sonrisa de lado, sin apartar la vista de su pierna—.

Voy a darte un masaje de descarga muy suave en la zona del cuádriceps y el tendón rotuliano.

Te vendrá de bien para aliviar la tensión y ayudará a rebajar el líquido de la inflamación. Así que haz el favor de portarte bien.

—Mira, no te puedo prometer absolutamente nada. Excitarme como una colegiala cada vez que me pones las manos encima forma parte indisoluble de mi encantadora personalidad —replica ella al instante, con ese tono burlón y canalla que siempre consigue descolocarme y hacerme bajar la guardia.

No puedo evitar soltar una risita tonta mientras alargo el brazo hacia la mesa auxiliar para coger el bote de aceite de masaje. Me vierto un chorro en las palmas, las froto para templarlo y me coloco de nuevo entre sus piernas.

—Tu encanto natural empieza a ser un pelín agotador para mis nervios.

—Ya, pero te encanta que sea así —responde ella, bajando el tono de voz hasta dejarlo en un susurro grave—, y las dos lo sabemos perfectamente.

Esa clase de verdades que suelta sin despeinarse son las que me hacen perder el equilibrio profesional. Porque sé que detrás de su provocación de siempre se esconde ese sentimiento dulce, profundo y peligroso que compartimos las dos.

Comienzo a masajear el músculo con movimientos lentos, firmes y circulares, notando cómo la rigidez de las fibras va cediendo poco a poco bajo la presión de mis manos.

Tocarla de esta manera se está convirtiendo en una tortura.

Hasta el silencio que reina en el box o el repiqueteo monótono de la lluvia que ha empezado a golpear contra los cristales de la ventana me parecen una provocación.

El resto de la plantilla y los técnicos ya han abandonado la ciudad deportiva hace rato, y todo el Ravenhill FC parece suspendido en una burbuja de calma íntima que me obliga a sentir mil cosas a la vez.

Alicia apoya las palmas de las manos a ambos lados del tapizado de la camilla, echa el cuello hacia atrás durante un segundo y deja escapar un suspiro largo, liberando toda la presión del día. Cuando vuelve a mirarme, noto algo radicalmente distinto en el fondo de sus ojos.

—Es curioso... —comenta en voz muy baja, rompiendo el ritmo del masaje—.

Es curioso que tú lo sepas absolutamente todo de mí y yo apenas tenga un par de datos tuyos.

Conoces mis límites físicos, mis dolores crónicos, mis rabietas...

y yo, en cambio, sigo chocando de bruces contra un muro de hormigón cada vez que intento conocerte un poco más a fondo.

Mis manos continúan con el masaje, pero noto que mi respiración se congela durante medio segundo por la encerrona.

—Eso que dices no es verdad. No hay ningún muro.

—Claro que lo hay, no me jodas —insiste con una suavidad que me cala los huesos—. Sabes perfectamente cuándo te estoy mintiendo, cuándo me duele la rodilla de verdad, cuándo estoy de un humor de perros o cuándo estoy cometiendo una estupidez como la de esta tarde.

—Bueno, es que esto último tuyo es ridículamente fácil de detectar, tampoco tiene tanto mérito —bromeo, buscando desesperadamente aligerar el peso que empieza a acumularse en mi propio pecho.

Ella sonríe apenas, una mueca diminuta, pero sus ojos siguen clavados en mis labios, implacables.

—Yo apenas sé quién eres en realidad cuando cruzas la valla de salida de la ciudad deportiva.

Quién eres cuando te quitas el uniforme, dejas la coraza de fisioterapeuta implacable en la taquilla y te encierras en tu piso.

Venga, háblame de ti. De tu familia, de tu pasado...

qué sé yo. De cualquier cosa que no tenga que ver con ligamentos cruzados, meniscos y tablas de rehabilitación.

No respondo de inmediato. Hay preguntas en esta vida que no son fáciles de contestar por su complejidad, sino por todo el fango emocional que arrastran detrás.

Durante años me he encargado de convertir ciertas parcelas de mi vida en habitaciones cerradas bajo llave y ahora tengo a Alicia plantada con el hacha frente a la puerta principal.

—A ver... tengo una familia bastante normalita y corriente, la verdad.

Viven en España —digo al fin, cediendo un poco, mientras mis pulgares trazan círculos lentos y constantes sobre su muslo—.

Mi madre adorable; vive con la firme convicción de que trabajo demasiadas horas al día y me llama religiosamente todas las semanas para recordarme que tengo que alimentarme mejor.

Mi padre que opina exactamente lo mismo que ella, pero lo expresa con ese tono gruñón e institucional que uno se reserva para dar malas noticias.

Y tengo un mejor amigo que aprendió a base de palos hace años que discutir conmigo cuando se me mete algo en la cabeza es una pérdida de tiempo y esfuerzo.

Ella me observa con atención, sin interrumpir mi relato, esperando con una paciencia inaudita en ella. Sabe de sobra que esa respuesta idílica no es realmente lo que me está rascando por dentro.

Suelto un suspiro hondo, me limpio las manos con una toalla y continúo vaciándome:

—Y... bueno, también tuve una relación amorosa en el pasado que terminó convirtiéndose en una de las peores y más destructivas decisiones que he tomado en toda mi bendita vida.

Alicia no altera lo más mínimo su expresión al escucharme. No hay gestos de sorpresa exagerada, ni se lanza a avasallarme a preguntas morbosas. Se limita a escucharme. Y precisamente esa madurez suya hace que continuar hablando me resulte todavía más difícil, pero a la vez muchísimo más necesario.

—Trabajábamos juntas en el mismo equipo.

No aquí, en Inglaterra, sino en otro club francés hace unos años.

Se llamaba Charlotte. Era brillante en lo suyo, inteligentísima y sumamente complicada de llevar.

Supongo que, en el fondo, las dos éramos un par de balas perdidas.

Durante los primeros meses la cosa funcionó a las mil maravillas.

O, al menos, eso fue lo que yo me decía para autoengañarme.

Mis dedos se mueven por inercia sobre su rodilla, pero ahora es puro automatismo. Los recuerdos de mi historia con Charlotte todavía pesan un quintal en mi espalda.