12 #3
Ella da un paso definitivo hacia adelante, invadiendo mi espacio personal hasta el punto de que puedo sentir el calor que desprende su cuerpo en tensión.
—Sé muchísimo más de lo que te imaginas.
Sé perfectamente cómo modificas la zancada cuando entras por el túnel de vestuarios para disimular la cojera frente a todos.
Sé cómo repartes el peso sobre la pierna izquierda en cuanto crees que nadie te está observando.
Sé de sobra que esa rodilla tuya no está bien desde mucho antes de que firmaras el contrato para llegar aquí, y sé que estás tan aterrada por dejar de ser la estrella imprescindible del equipo que prefieres romperte en mil pedazos antes que tener los ovarios de admitir que eres humana y necesitas parar.
Cada una de sus palabras impacta con precisión justo donde más me duele. Tiene toda la razón del mundo y odio con todas mis fuerzas que sea precisamente ella quien me conozca tan bien.
—No tienes ni la más puñetera idea de lo que estás diciendo… —le contesto, pero la soberbia se me desmonta por el camino y mi voz ya no suena enfadada; suena rota y profundamente cansada.
Clara suelta un largo suspiro, relaja los hombros y la dureza de su expresión facial se suaviza de golpe, dejando ver una ternura que me desarma.
—Entonces, si estoy tan equivocada, cuéntamelo tú. Háblame con sinceridad por una sola vez en tu vida.
Tengo la oportunidad de soltar una de mis mentiras, ponerme la máscara de la estrella intocable del fútbol femenino y mantener la fachada de tipa dura que nada puede tumbar. Pero la realidad es que estoy agotada y cansada de fingir a todas horas.
Así que agacho la cabeza y clavo la mirada fijamente en las baldosas del suelo del box.
—A nadie le importa una mierda si yo, como persona, estoy bien o me duele el alma —confieso con la voz baja, pastosa y al borde de quebrarse —.
A todo el mundo en el Ravenhill FC solo le intereso porque saben perfectamente lo que puedo llegar a darles cuando estoy inspirada en el terreno de juego…
Pero si no puedo saltar al césped a jugar, si dejo de ser una máquina productiva de meter balones a la red…
Dudo muchísimo que me quieran tener cerca.
Serían perfectamente capaces de rescindir mi contrato por lesión sin pensárselo dos veces.
Me quedo quieta, esperando la típica respuesta barata, el consuelo fácil o la mentira reconfortante que me soltaría Bruno.
Pero no llega nada de eso. Clara no intenta salvar los papeles con palabras vacías.
No me suelta el típico «venga, no digas esas tonterías» ni me promete milagros imposibles.
Simplemente se queda ahí plantada, inmóvil a mi lado, escuchando cada una de mis palabras con una atención absoluta.
Como si el simple hecho de compartir ese peso conmigo fuera más que suficiente.
Se acerca con una parsimonia infinita hasta quedar pegada a mis piernas suspendidas en la camilla y hace algo muchísimo más potente y devastador que cualquier discurso de aliento que me hayan dado jamás: levanta la mano despacio y me acaricia la mejilla derecha con una ternura infinita.
Su mano, cálida, firme y asombrosamente suave al tacto, se desliza por mi piel regalándome un contacto mínimo, pero absolutamente demoledor para mis barreras.
Levanto la vista del suelo poco a poco. Sus ojos me sostienen la mirada, cargados de una sinceridad tan transparente que asusta.
—Si no haces a un lado ese orgullo tuyo y te limitas a seguir mis indicaciones, te garantizo que vas a perderte la temporada entera —me susurra con un tono sumamente dulce pero firme—.
Y te juro que lo que menos deseo en este maldito mundo es ver cómo dejas de hacer algo para lo que has nacido por culpa de una imprudencia absurda.
Mi respiración se vuelve torpe, atropellada e irregular en un segundo.
Porque mi cerebro acaba de procesar el trasfondo real de lo que me está diciendo.
Ya no me está hablando únicamente como la jefa del equipo médico del Ravenhill FC.
Es ella preocupándose de verdad por mí, no por la deportista, sino por mi de verdad.
Sin poder evitarlo, acorto la distancia, me inclino hacia delante y apoyo mi frente contra su pecho.
—Esto que me está pasando me tiene aterrada… —admito en un hilo de voz apenas audible.
Su mano acaricia mi espalda con una delicadeza infinita, calmándome las pulsaciones.
—Lo sé perfectamente, Alicia… —murmura ella sin romper nuestro contacto—. Pero métete esto en la cabeza: no estás sola en este bache. Ya no más.
En este preciso instante, sentada sobre la camilla, con la rodilla derecha ardiendo bajo el hielo y todo mi futuro profesional tambaleándose como un castillo de naipes delante de mis ojos, entiendo que perderme la temporada me aterra.
Que perder mi estatus en la plantilla, mi carrera deportiva de éxito, mi imagen…
Todo eso tiene un peso enorme en mi vida.
Pero perder lo que está empezando a nacer entre Clara y yo…
Eso sí que me aterra mil veces más que colgar las botas para siempre.