Última línea de defensa 12 #2
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—Lo que tú llamas sentirte inútil, yo lo llamo proceso biológico de curación. Necesitas recuperarte a nivel de ligamentos y no forzar esa maldita rodilla derecha solo por el estúpido ego de querer demostrarle al mundo que eres de hierro.

—¡Es que necesito jugar, Clara! —insisto, elevando la voz, sintiendo cómo la desesperación me quema por dentro—. Si no estoy en el campo metiendo goles, ¿qué sentido tiene mi presencia en este club? ¿Qué sentido tiene todo lo demás?

—Si fuerzas esa articulación en un giro brusco esta tarde, podrías agravar la lesión de forma irreversible —me advierte ella, dando un paso definitivo que invade mi espacio vital hasta que casi puedo oler su perfume—.

Y entonces todo tu dichoso esfuerzo por ser la mejor no habrá servido absolutamente de nada.

—Si no juego, solo soy un bulto muy caro que genera gastos médicos al equipo —replico, y las palabras me salen de la boca con una crudeza tan amarga que deja al descubierto, sin filtros, uno de mis miedos más profundos—.

Una delantera centro que está incapacitada no le sirve para nada a nadie en esta industria.

El silencio que sucede a mi confesión es cortante. Clara se me queda mirando fijamente durante varios segundos, y noto cómo la dureza de sus ojos negros se va agrietando poco a poco, dejando ver una compasión que me desarma.

—Eso que estás diciendo no es verdad, Alicia —dice al fin, y su voz baja tanto de revoluciones que suena casi como una brisa en mitad de la tormenta.

Suelto una risa seca, desprovista de cualquier pizca de gracia.

—Claro que lo es. Llevo los suficientes años en el fútbol como para haberlo visto en compañeras que se rompieron el cruzado. Y estoy completamente segura de que tú, en tu carrera médica, has visto lo mismo que yo.

No me responde y ese silencio suyo, tan analítico y cargado de verdades mudas, me deja sin defensas.

Por eso, precisamente por no saber gestionar esa verdad, salgo al césped del campo esa misma tarde.

Por puro orgullo herido. Por pánico al fracaso.

Por esa necesidad casi enfermiza y autodestructiva de demostrarle al club, a Hugo y a mí misma que sigo siendo la misma de siempre.

El entrenamiento de la tarde empieza rodado.

O, al menos, eso es lo que me obligo a repetirme mentalmente durante los primeros veinte minutos de posesión.

El césped está rápido y húmedo por la tormenta que cayó anoche, el aire frío de Inglaterra me despeja la cabeza de fantasmas y el simple hecho de moverme en carrera corta con el resto del grupo tiene un componente casi adictivo.

El balón pegado a las botas, la sensación de velocidad recuperada en carrera, mi cuerpo respondiendo por pura memoria muscular…

Por unos instantes idílicos, vuelvo a sentir que todo es jodidamente sencillo y posible.

Hasta que mi suerte se agota de golpe.

Ocurre en una jugada ensayada cualquiera, durante un cambio de dirección brusco, seco e instintivo para zafarme de la marca de la central.

Apoyo el pie derecho con demasiada fuerza, la bota se clava en el barro, giro el tronco antes de tiempo y un dolor brutal y afilado me atraviesa la rodilla como si fuera una descarga eléctrica limpia y salvaje.

Tengo que frenar en seco de forma fulminante.

Todo el aire de los pulmones se me queda atrapado en la garganta.

No protagonizo ninguna caída dramática sobre el césped ni suelto ningún grito de dolor digno de portada de periódico.

Es solo ese segundo terrible, mudo y eterno en el que mi cabeza asimila la gravedad de lo que acaba de pasar.

Apoyo las palmas de las manos en las rodillas, inclinando el cuerpo hacia delante y respirando con una dificultad espantosa mientras el miedo más puro y viscoso me escala por el pecho.

A mi alrededor empiezo a escuchar un murmullo de voces lejanas.

Pasos que corren apresurados hacia mi posición.

El míster gritando mi nombre. Un par de compañeras que se acercan preocupadas.

Pero es Clara la que rompe filas y llega a mi lado antes que nadie, con el maletín de asistencia en la mano, como si hubiera estado anticipando este desastre desde que entramos al gimnasio por la mañana.

—Siéntate ahora mismo en el suelo, Alicia —me ordena con una firmeza implacable que no admite réplicas. Su rostro está cargado de tensión.

—Que estoy bien, joder… solo ha sido un mal apoyo —miento entre dientes, con la mandíbula tan apretada que me duelen las muelas.

—Alicia, por lo que más quieras, haz el favor de no empeorarlo —pide con un deje de súplica que me descoloca.

—He dicho que puedo seguir entrenando…

—¡Que te sientes he dicho! ¡Ahora!

Y termino sentándome porque, incluso estando rota y muerta de miedo, sigo teniendo esa absurda e inexplicable necesidad de obedecerla a ella por encima de cualquier cosa.

Me examina la articulación allí mismo, sobre el terreno de juego, con esa concentración gélida y analítica que emplea únicamente cuando está profundamente enfadada y muerta de preocupación al mismo tiempo.

La peor combinación posible para mis nervios.

No abre la boca para decir gran cosa. Con una frialdad profesional impecable, pide una bolsa de hielo de urgencia, la sujeta con fuerza con un vendaje de compresión a mi rodilla inflamada y cruza cuatro palabras escuetas con Hugo antes de agarrarme del brazo para llevarme directamente de vuelta al área médica de la ciudad deportiva.

La pesada puerta de la sala de rehabilitación se cierra con un golpe seco a nuestras espaldas e, inmediatamente, cae el telón de la compostura y arranca su discurso de sargento.

—¡Tendrías que haber tenido dos dedos de frente y haberle dicho que no a Hugo en cuanto te lo propuso! —exclama Clara de golpe, dándose la vuelta, con la cara encendida de furia y todo el cuerpo en una tensión insoportable.

Me dejo caer a plomo sobre la camilla de exploración y aprieto los puños, intentando camuflar el temblor de mi pierna.

—No necesito tu bendito permiso para decidir cuándo estoy lista para jugar, Clara. Soy una jugadora profesional, no una niña.

—No, lo que necesitas urgentemente es una dosis masiva de sentido común, madurez y prudencia —insiste, plantándose a un palmo de la camilla con los ojos echando chispas.

—Venga, va, no exageres tanto las cosas, que tampoco ha sido para tanto —le respondo, aunque soy plenamente consciente de que estoy pisando un terreno peligrosamente resbaladizo.

Se gira hacia mí con rapidez, acortando la distancia física que nos separa.

—¿¡Que no exagere!? ¿¡De verdad tienes la desfachatez de decirme que estoy exagerando!

? —Su tono de voz se eleva varios octavos, llenando la sala—.

No sé cuánto tiempo llevas así, mintiéndole descaradamente a todos los médicos que te han tratado.

Lo que tienes es grave, y como sigas así… es posible que dejes de jugar.

El silencio que se instala a continuación entre las dos se vuelve afilado e hiriente como la hoja de un bisturí. Noto cómo se me acelera el pulso.

Me incorporo despacio sobre la camilla, clavándole la mirada con el orgullo herido.

—Tú no tienes ni la más remota idea de todo lo que he tenido que pasar y aguantar para llegar hasta donde estoy hoy —murmuro con un hilo de voz bronca.