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El precio de la discreción

Alicia

Después del huracán que desatamos en el baño del restaurante, fingir normalidad en las instalaciones del Ravenhill FC se convierte en el ejercicio más insoportable de toda mi carrera deportiva.

Y eso que, las cosas como son, sé un par de cosas sobre fingir a lo largo de los años.

He fingido con una sonrisa que mi rodilla derecha está perfecta cuando, en realidad, el dolor es capaz de entumecerme la pierna entera en mitad de un partido.

He fingido en las ruedas de prensa que no me importan un bledo los rumores malintencionados que circulan por los vestuarios y por las redes sociales sobre mi vida privada o mi carácter.

He fingido que soy una loba solitaria que no necesita a nadie a su lado, que me basta y me sobra con mi instinto goleador y mi cabezonería para seguir en la élite.

Pero con Clara… es radicalmente distinto.

Porque aquí no se trata de camuflar una sobrecarga muscular ni de sostener mi reputación de delantera estrella ante nadie; se trata de cruzar la puerta de la ciudad deportiva cada puñetera mañana, verla aparecer al fondo del pasillo y actuar como si mi cerebro no recordara con nitidez a qué sabe exactamente su piel, como si no siguiera sintiendo el rastro ardiente de su lengua grabada a fuego y como si no me despertara a mitad de la noche empapada en sudor, gimiendo su nombre entre las sábanas.

Solo han pasado dos días desde la cena oficial del club y desde aquella decisión desastrosamente perfecta de arrancarnos la frustración y los celos contra el mármol del lavabo.

Dos días enteros de miradas cruzadas en los pasillos que duran demasiado y que vienen cargadas de alto voltaje, de roces eléctricos al pasar por su lado, de silencios espesos que guardan bajo llave todo lo que desearíamos hacernos ahí mismo si no tuviéramos a todo el mundo mirándonos.

Es una tensión completamente nueva que ya no nace únicamente del pique profesional o del morbo sexual; es algo muchísimo más enrevesado.

Algo que, para qué nos vamos a engañar, me da un miedo que te mueres.

Porque el deseo es facilísimo de identificar y de saciar. Lo verdaderamente jodido es todo lo demás: la incertidumbre de qué somos, la vulnerabilidad de exponerte y el riesgo real de perder el control de una vida y una carrera que he blindado con tanto esfuerzo.

A estas horas de la mañana me encuentro en el santuario de Clara, el área de rehabilitación de la ciudad deportiva, tumbada boca arriba sobre una colchoneta azul que empiezo a aborrecer con todas mis fuerzas.

Estoy completando una tanda eterna de ejercicios de estabilidad para fortalecer el cuádriceps mientras ella revisa mis métricas desde su mesa de trabajo.

Lleva el pelo recogido en una coleta alta que deja al descubierto la línea limpia de su nuca, viste esa ropa deportiva negra del club que se ajusta a cada una de sus curvas.

Mantiene esa expresión de sargento severo que, por alguna razón que se me escapa, hoy me resulta mil veces más atractiva que intimidante.

Sostiene la tablet del equipo médico entre las manos mientras mantiene el ceño ligeramente fruncido.

Yo, estirada en el suelo y elevando la pierna derecha a duras penas con la resistencia de una maldita banda elástica, decido que contemplar sus labios es una actividad infinitamente más productiva y divertida que rehabilitarme.

—Si vas a seguir devorándome con la mirada de esa forma tan descarada, Alicia, voy a tener que asumir que tu único objetivo de hoy es distraerme a propósito —comenta Clara, sin molestarse en levantar la vista de la pantalla, aunque noto perfectamente cómo se le tensa la postura.

Dibujo una sonrisa lenta y cargada de picardía, aflojando un segundo la tensión de la banda.

—¿Y si te digo que es exactamente lo que pretendo? ¿Qué vas a hacer al respecto?

Entonces sí que levanta la mirada de golpe y me clava los ojos con esa calma fría y ultra controlada que solo ella domina a la perfección y que utiliza como si fuera su mejor arma de juego. Noto cómo se le escapa un suspiro contenido por la nariz.

—Si es cierto lo que dices, asumiré que te sobra muchísima energía y que estás deseando repetir toda la serie de ejercicios desde el principio —responde con una serenidad profesional que me desquicia.

—Mira que puedes llegar a ser cruel cuando te lo propones… —murmuro, quejándome de boquilla mientras vuelvo a estirar la pierna.

—Para nada. No soy cruel, simplemente soy una excelente profesional que se toma muy en serio tu salud —replica ella, dejando la tablet a un lado y cruzándose de brazos con suficiencia.

—Venga ya, eso no te lo crees ni tú —le suelto guiñándole un ojo.

Por un instante, la comisura de su boca hace el amago de curvarse en una pequeña sonrisa cómplice.

Y eso, para mi estabilidad emocional, es una catástrofe de dimensiones bíblicas.

Porque ver a Clara sonreír de esa manera tan íntima, aunque sea solo un milímetro, representa la forma más peligrosa de sabotaje a mi concentración.

Estoy a punto de soltarle otra de mis réplicas ingeniosas cuando la puerta del gimnasio de recuperación se abre de par en par y aparece Hugo, el míster, derrochando esa energía incombustible que siempre arrastra consigo y que contagia a todo el staff técnico del Ravenhill.

—A ver, chicas, ¿cómo van las cosas por el departamento de milagros? —pregunta el entrenador con su habitual tono directo y campechano, avanzando hacia nosotras con paso firme.

Me incorporo de inmediato sobre los codos, tensando el abdomen y tratando de aparentar que estoy muchísimo más entera y recuperada de lo que realmente me siento en estos momentos.

—Sobreviviendo como buenamente puedo al concepto de tortura medieval que Clara llama "rehabilitación", míster —le digo con tono guasón, buscando rebajar la tensión.

Hugo suelta una carcajada enérgica y se planta frente a la colchoneta con las manos apoyadas en las caderas.

—Bueno, Alicia, viniendo de ti, esa queja suele ser la prueba irrefutable de que Clara está haciendo un trabajo impecable con tu físico.

Clara da un paso hacia adelante y apoya la tablet sobre la mesa con un golpe seco, recuperando su postura de jefa médica en un parpadeo.

—Yo siempre hago bien mi trabajo, míster —afirma con una convicción que no admite réplica.

—Vaya, y encima modesta, si es que lo tiene todo —añado por lo bajo, con una sonrisa canalla, disfrutando del juego.

Clara me fulmina con una mirada fija que me grita un clarísimo «como abras la boca para meter la pata, te hundo». Por supuesto, verla alterada de esa forma solo me da más alas para seguir tentando a la suerte.

Hugo, ajeno a la corriente eléctrica que circula entre nosotras, observa con atención milimétrica mi rodilla derecha, deteniéndose en el vendaje funcional y en los gráficos de progresión que Clara tiene apuntados en la pizarra de la pared.

—A ver, Alicia. Mírame a los ojos y sé sincera. ¿Te sientes con la confianza y la fuerza suficiente como para probarte esta misma tarde en un entrenamiento completo con el resto de tus compañeras?

Siento la oleada de tensión que emana del cuerpo de Clara antes incluso de girarme para mirarla.

Lo noto en el corte limpio de su respiración, en la forma en que se queda estática al lado de la mesa y en la rigidez instantánea que adopta la línea de sus hombros.

No me hace falta ser adivina para saber al milímetro lo que opina al respecto. Su diagnóstico interno es inamovible.

Y precisamente por eso, por puro orgullo de delantera y por la necesidad enfermiza de salir de este aislamiento, respondo disparando la respuesta antes de que a ella le dé tiempo a intervenir.

—Estoy al cien por cien y deseándolo con locura, míster. Necesito volver a la dinámica del grupo ya mismo. Me subo por las paredes en este gimnasio y me muero de ganas por tocar balón en el césped.

Hugo da una palmada al aire, visiblemente satisfecho y aliviado por recuperar a su estrella.

—¡Esa es la actitud que quería escuchar! Excelente, Alicia. Pues te quiero ver vestida de corto en el campo tres a las cuatro en punto. Y ni se te ocurra llegar tarde.

—Allí estaré la primera, entrenador, dalo por hecho —confirmo con firmeza.

En cuanto la puerta se cierra tras los pasos de Hugo, el silencio que se instala en la sala de rehabilitación se vuelve tan denso, pesado y cargado de reproches que casi me cuesta respirar.

Yo me quedo sentada en la colchoneta, fingiendo una calma total mientras me ajusto la venda elástica con una lentitud exasperante, tratando de ignorar que los ojos de Clara me están perforando la nuca.

Es ella la primera en romper el hielo, y lo hace con un tono que destila una mezcla letal de preocupación y frustración.

—No deberías haber dicho que sí. Sabes perfectamente que no tienes el alta médica para competir al máximo nivel —murmura, dando un paso hacia mí con los puños cerrados a los Aliciados.

—Pues mira por dónde, es exactamente lo que he hecho y el míster ya cuenta conmigo —le respondo, sosteniéndole la réplica con una calma ensayada.

—Alicia… te lo digo completamente en serio. No conviertas tu salud en otro de tus estúpidos juegos de provocación. No es el momento de medir las fuerzas conmigo —me recrimina, y noto cómo la voz le tiembla ligeramente de la rabia.

Me pongo en pie de un salto, ignorando el leve pinchazo de advertencia en la rodilla, y me planto a escasos centímetros de ella, mirándola directamente a los ojos.

—Esto no tiene nada que ver contigo, Clara. Necesito estar con mi equipo en el terreno de juego. No puedo seguir encerrada en estas cuatro paredes ni un solo día más, sintiéndome como un bulto inútil.

Clara se cruza de brazos con fuerza sobre el pecho, parapetándose tras su postura rígida, mientras su expresión facial se endurece.