11 #2
Sus dedos me encuentran al instante completamente hinchada, resbaladiza y palpitante de deseo.
Me mete dos dedos de golpe y yo suelto un gemido largo, teniendo que apoyarme de espaldas contra el borde del lavabo para no perder el equilibrio.
Clara me folla con esa fuerza física y esa precisión anatómica que tanto la caracterizan en su trabajo y, al mismo tiempo, con una desesperación casi romántica que me vuela la cabeza: va profundo, rápido, curvando los dedos con maestría en el rincón donde más lo necesito.
Su dedo pulgar frota mi clítoris en unos círculos perfectos, implacables y rítmicos que me hacen perder el sentido.
—Más fuerte, Clara… dale más fuerte —le suplico perdiendo toda la soberbia, moviendo las caderas de forma frenética contra su mano, persiguiendo el orgasmo que ya veo llegar.
Añade un tercer dedo de golpe en mi interior y yo suelto un gemido gutural, largo y desgarrador.
La busco de inmediato para besarla y silenciarme a mí misma, tragándome mis propios sonidos pecaminosos mientras ella me folla sin la menor piedad contra el mármol.
El eco húmedo y obsceno de sus dedos entrando y saliendo a toda velocidad llena las cuatro paredes del baño.
—Quiero que te corras mirándome fijamente a los ojos, Alicia —me exige Clara con un tono de sargento de lo más sexy, con la mirada clavada en la mía, oscura, posesiva y brillante—. Quiero ver con mis propios ojos cómo te deshaces por mí.
No aguanto mucho más el envite, las cosas como son.
El orgasmo me golpea de lleno y sin avisar como una ola violenta y gigante, de una manera tan intensa y brutal que resulta casi dolorosa de lo profundo que nace el espasmo.
Me corro a base de sacudidas alrededor de sus dedos, temblando como una hoja, teniendo que morder su hombro con fuerza para no gritar su nombre a los cuatro vientos.
Clara sigue moviendo la mano lentamente en mi interior, prolongando mi caída libre al absoluto vacío del placer.
Pero las cosas como son: allí no acaba todo ni muchísimo menos. La frustración y la adrenalina todavía arden con fuerza en las dos.
La bajo del lavabo de un tirón, la giro de espaldas a mí y la inclino hacia delante sobre el mármol frío.
Su culo perfecto y respingón queda totalmente expuesto y a mi merced.
Me arrodillo de nuevo en el suelo detrás de ella y le separo las piernas al máximo, lamiéndola desde atrás, trazando una línea húmeda desde su clítoris hasta su entrada, subiendo incluso más arriba con descaro.
Clara se tensa en cuanto nota la punta de mi lengua rozar la zona de su ano.
—Alicia… por dios… —jadea agarrándose con fuerza a los grifos, entre la sorpresa más absoluta y una excitación desbocada.
La como, alternando sin prisa entre su coño empapado y su retaguardia, mientras los dedos de mi mano libre juegan sin descanso dándole caña a su clítoris.
Clara empieza a gemir sin ningún tipo de control ni pudor, empujando las caderas hacia atrás contra mi cara con desesperación, buscando más profundidad en las lamidas.
Cuando la tengo completamente al borde del precipicio, me levanto del suelo, presiono mi pecho desnudo contra su espalda y meto la mano entre sus piernas desde atrás.
La penetro con tres dedos de golpe, follándola con fuerza, profundo, rítmico, mientras mi otra mano libre le pellizca con ganas un pezón.
—Más… joder, dame más, Alicia… —me suplica con la voz rota por el placer.
Saco los dedos de su interior por un segundo y cojo su propia mano derecha, guiándola directamente hacia su sexo húmedo.
—Tócate tú misma mientras yo te follo desde atrás —le ordeno al oído con un tono autoritario.
Clara obedece al instante sin rechistar, frotándose a toda velocidad con movimientos rápidos y expertos mientras yo la penetro de nuevo sin el menor descanso.
El baño se inunda con sus gemidos rotos, del sonido húmedo y obsceno de nuestras manos.
Cambio de posición en el último momento, poniéndome de rodillas otra vez en las baldosas para comerla de nuevo desde atrás mientras ella se masturba a pleno rendimiento.
Su segundo orgasmo de la noche es, si cabe, todavía mil veces más intenso que el primero.
Grita mi nombre de forma ahogada, con las piernas temblándole de tal manera que tengo que sujetarla con fuerza para que no se me caiga redonda al suelo del baño.
Me levanto por fin, la giro de cara a mí con suavidad y la beso con una ternura inédita esta vez, de manera más pausada y lenta, saboreando el momento de paz. Nuestros cuerpos empapados en sudor se pegan de arriba abajo. Clara me mira fijamente a los ojos, todavía jadeando por el esfuerzo físico.
—Esto… esto que acabamos de hacer no resuelve absolutamente nada de nuestros problemas… ¿lo sabes? —me murmura ella después de un largo y espeso silencio, con la voz cansada pero sumamente suave.
—Lo sé perfectamente, doctora —le respondo, depositando un beso con total ternura en su frente empapada—. Pero mira, por esta noche… déjame fingir que sí lo resuelve todo.
Clara, por primera vez en toda la bendita noche, dibuja una sonrisa de verdad en su rostro. Una sonrisa pequeña, limpia, vulnerable y dedicada única y exclusivamente para mí.
—Eres un desastre…
—Ya, pero soy el desastre que te vuelve loca —le contesto guiñándole un ojo, y la beso suavemente en los labios, saboreando la maravillosa calma después de la tormenta.
Nos quedamos allí abrazadas un rato largo más, recuperando el aliento poco a poco, sabiendo perfectamente que tarde o temprano tendremos que vestirnos, arreglarnos el pelo y volver al mundo real.
Pero en el interior de este baño, durante esos minutos mágicos que le hemos robado al reloj, solo existimos nosotras dos y nadie más.
La frustración acumulada y la rabia de los celos se ha transformado en un placer crudo completamente saciado. Al menos por lo que queda de noche.