Última línea de defensa 11
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Líneas cruzadas

Alicia

Sigo los pasos de Clara por el pasillo interior del restaurante con el corazón golpeándome en la garganta y el pulso retumbando como un tambor en mis oídos.

El bullicio ensordecedor de las conversaciones, las risas exageradas y el tintineo constante de los cubiertos se van apagando poco a poco a nuestra espalda a medida que nos alejamos hacia la zona más apartada de los servicios.

Ninguna de las dos dice una sola palabra en el trayecto.

La tensión que cargamos sobre los hombros es tan densa, salvaje y eléctrica, que casi se puede palpar con los dedos.

Es una mezcla explosiva de rabia contenida, celos, deseo acumulado y una frustración que se nos sale por los poros.

Empujo con el hombro la puerta del baño adaptado —el más amplio, discreto y alejado— y, nada más entrar las dos, paso el pestillo con un chasquido seco que suena a gloria.

Clara se gira de golpe hacia mí, con la respiración completamente agitada, las mejillas encendidas y los ojos brillando con una intensidad animal.

Antes de que a su cerebro le dé tiempo a pensar, doy un paso al frente y la acorralo sin miramientos contra la pared.

—Alicia… —empieza a decir entornando los ojos, pero no la dejo ni terminar la frase.

La beso con un hambre atrasada y feroz, descargando en sus labios toda la frustración que vengo acumulando durante la cena.

Mi boca devora la suya, lengua contra lengua, en un beso profundo, húmedo, caliente y deliciosamente sucio.

Sabe a vino, a una ira que quema y a ese deseo reprimido que casi nos vuelve locas.

Mis manos bajan con impaciencia por sus costados, arrugando y apretando con fuerza la fina tela del vestido que lleva puesto, buscando desesperadamente notar el calor abrasador de su piel.

Clara suelta un gemido ahogado contra mis labios y ese bendito sonido es la chispa definitiva que hace arder todo.

—Te odio con todas mis fuerzas por hacerme esto…

—le susurro con voz ronca contra su boca entre beso y beso, mientras enredo los dedos de una mano en su pelo bien peinado y tiro suavemente de él hacia atrás para exponer la línea de su cuello—.

Te odio por mirarme como si quisieras devorarme entera y luego fingir que no sientes absolutamente nada por mí.

—Yo no finjo nada… —me responde ella con la voz rota, jadeando por la falta de aire, mientras sus manos suben con urgencia por mi espalda y me clava las uñas sin miramientos a través de la fina tela de mi vestido —. Es que simplemente…

La callo de inmediato con otro beso aún más intenso, profundo y posesivo, demostrándole quién manda.

Mis caderas se presionan de lleno contra las suyas, buscando una fricción directa, rozándome contra ella con un descaro que me enciende la sangre.

Siento el calor febril que irradia su cuerpo, el mismo que me ha estado torturando y desquiciando mientras coqueteaba descaradamente con Irina en la mesa solo para ver cómo se le tensaba la mandíbula de puros celos.

Bajo la cremallera de su vestido con impaciencia torpe que casi rasga la tela.

La prenda se desliza por sus curvas y cae en un montón olvidado sobre las baldosas del suelo, dejándola completamente expuesta ante mis ojos en un conjunto de ropa interior negra de encaje que es una auténtica provocación.

Mis manos recorren sus pechos con una avidez salvaje, delineando sus curvas y pellizcando los pezones, que ya están completamente endurecidos por encima del encaje del sujetador, hasta que Clara arquea la espalda hacia delante y suelta un gemido largo y agudo que reverbera de forma escandalosa en las paredes del baño.

—Shhh… —le advierto dibujando una sonrisa oscura contra su cuello, mordiéndole suavemente la piel de la clavícula—. Como sigas gritando así, nos van a oír desde el comedor principal.

—¡Pues que nos oigan si quieren! —gruñe ella entre dientes, sorprendiéndome por ese arranque de descaro que no me esperaba para nada de la doctora Valle.

Sus manos bajan con fuerza hasta mis nalgas y me aprietan contra su pubis con una energía brutal—.

Que se enteren todos de la locura que desatas cada vez que me miras y de lo jodidamente loca que me vuelves.

Esas palabras me encienden todavía más, llevándome al límite.

La impulso hacia arriba con un movimiento lento y firme de mis muslos de atleta, obligándola a sentarse sobre el amplio lavabo de mármol del servicio.

Sus piernas se abren automáticamente para hacerme sitio.

Me coloco de inmediato entre ellas, devorando y mordiendo su clavícula, bajando en línea recta por el valle tentador de sus pechos.

Le desabrocho el cierre del sujetador usando una sola mano y lo lanzo a cualquier rincón del baño.

Mi boca se cierra de golpe alrededor de uno de sus pezones erectos, succionando con fuerza mientras mi lengua lo atormenta y lo moldea sin piedad.

Clara enreda los dedos en mi pelo de mala manera y tira con urgencia de él, jadeando mi nombre como si le fuera la vida en ello.

—Alicia… por lo que más quieras… por favor…

—¿Por favor qué, Clara? —le pregunto levantando la mirada hacia ella con los ojos encendidos, mientras le muerdo con suavidad el otro pezón—. Dímelo. Quiero oírte suplicar.

—Quiero que me folles de una vez, Alicia. Ahora mismo. Fuerte.

La crudeza tan directa de su petición se traduce en un ardor húmedo y eléctrico justo entre mis piernas.

Sonrío con malicia contra su piel y bajo mi boca aún más por su anatomía, besando su vientre plano y acariciando el borde de sus bragas.

Se las quito con una lentitud exasperante y calculada, deslizándolas por sus piernas.

Clara está completamente húmeda, resbaladiza y brillante. Hinchada. Absolutamente lista para mí.

Me arrodillo en el suelo frente al lavabo, separándole aún más los muslos con las manos para tener un acceso total.

Su olor corporal e íntimo me vuelve completamente loca.

Me inclino hacia delante y paso la punta de la lengua muy despacio, de abajo arriba, por toda su hendidura, saboreándola con una parsimonia y unas ganas que me hacen temblar.

Clara se estremece de forma violenta al notar el contacto y suelta un gemido largo, bajo y gutural que me eriza la piel del cuerpo.

—Joder, Alicia…

La devoró a partir de ese momento sin contemplaciones.

Mi lengua entra en ella con decisión, lamiendo a conciencia, succionando su clítoris hinchado y alternando ritmos rápidos y lentos para terminar de desquiciarla.

Introduzco dos dedos en su interior, curvándolos hacia arriba en busca de ese punto exacto que sé perfectamente que la vuelve loca.

Clara se tapa la boca con la palma de la mano para intentar ahogar sus propios gritos de placer, pero sus caderas no dejan de moverse y empujar contra mi rostro con una desesperación salvaje, buscando más profundidad, más velocidad y más presión por mi parte.

—Llevo toda la maldita noche queriendo hacerte esto —le murmuro sin despegar la boca de su sexo, dejando aposta que las vibraciones graves de mi voz la atraviesen por dentro—. Viéndote sufrir en la mesa mientras fingías que la presencia de Irina no te importaba una mierda.

—Qué mala eres… —jadea ella con la respiración entrecortada y la voz cargada de un puro placer que me fascina.

Aumento el ritmo sin dudarlo, follándola con los dedos cada vez más rápido y profundo, succionando su clítoris con una fuerza implacable.

Sus muslos tiemblan sin control alrededor de mi cabeza, perdiendo toda la firmeza.

Siento a la perfección cómo se va tensando por momentos, cómo sus paredes internas se contraen con fuerza espasmódica alrededor de mis dedos, succionándolos hacia dentro en una invitación clara.

—Alicia… joder, me voy a correr ya… no pares, por favor, sigue…

—Córrete en mi boca, Clara —le ordeno con mi voz más ronca y autoritaria, aplicando una succión todavía más intensa en su punto más sensible.

Clara se corre por fin soltando un grito ahogado contra su propia mano, con todo el cuerpo convulsionando violentamente en una serie de espasmos deliciosos.

Yo no me detengo en absoluto. Sigo lamiendo la zona con suavidad, saboreando sus jugos y prolongando su orgasmo al máximo hasta que ella se retuerce entera, completamente sensible y temblorosa, tirándome del pelo para que pare de una vez.

Me levanto del suelo despacio, limpiándome la comisura de la boca con el dorso de la mano y la beso con fuerza, obligándola a saborearse a sí misma en mi propia lengua.

Clara me devuelve el beso con una ferocidad renovada, mordiéndome el labio inferior.

Sus manos ansiosas no tardan en buscar la cremallera de mi vestido y me lo quita de encima con una impaciencia febril y unos movimientos torpes, hasta dejarme en ropa interior, solo en tanga y sujetador frente a ella.

—Ahora te toca sufrir a ti —me susurra al oído con la respiración caliente, bajando la mano derecha a base de caricias hasta meterla sin rodeos por dentro de mi ropa interior—. Madre mía, pero si estás completamente empapada, Alicia.

—Llevo así desde ayer…, fíjate si soy masoquista —le confieso en un arranque de honestidad, mordiéndole el cuello con la fuerza justa como para dejarle una marca bien visible para los próximos días.