10 #3
Da otro paso al frente, acorralándome contra la barandilla. Ahora mismo está jodidamente cerca de mí. Puedo oler a la perfección su perfume, sentir el calor directo de su respiración sobre mis labios y notar el fuego que nos quema por dentro.
—Me trajiste tu propia chaqueta bajo la lluvia en mitad del campo —continúa Alicia en un murmullo roto, dándome un toque suave con el dedo en el pecho—.
Me miraste como si de verdad te importara que me lesionara.
Así que no vengas ahora a decirme que esto que nos pasa no existe solo porque tienes un miedo espantoso a admitirlo en voz alta.
Apenas soy capaz de defenderme y es por esa misma falta de recursos que reacciono de la peor manera posible. Porque algunas verdades, cuando te las lanzan a la cara, duelen igual que una herida abierta en carne viva.
—¿¡Se puede saber qué es lo que quieres oír de mí!
? —le espeto, levantando la voz mucho más de lo que pretendo en un inicio, perdiendo los papeles—.
¿¡Qué es lo que buscas!? ¿¡Que admita abiertamente que me importas!
? ¿Que confiese de una puta vez que esto que tenemos es una locura, pero que soy incapaz de dejar de pensar en ti ni un solo segundo del día?
¿Que cada vez que apareces conviertes mi vida en un caos perfecto y evitable, y que, aun así, no consigo sacarte de mi cabeza por mucho que lo intente?
¿Quieres que te diga que sueño contigo por las noches y que luego me despierto de un humor de perros por no ser capaz de controlar mis propios impulsos afectivos? ¿¡Eso es lo que quieres!?
Sus ojos no se apartan de los míos ni una milésima de segundo, brillando con una intensidad que me quema las pestañas.
—Sí, Clara. Eso es exactamente lo que quiero escuchar.
La honestidad brutal tiene a veces una crueldad preciosa y adictiva.
Nos quedamos allí plantadas, estáticas, respirando la una de la boca de la otra, demasiado cerca.
Con toda la frustración acumulada estos días.
Con todo el deseo salvaje contenido. Con toda nuestra resistencia mental desmoronándose como un castillo de naipes.
Hasta que, simplemente, deja de haber espacio físico y aire para seguir fingiendo una cordura que no tenemos.
La beso yo en un arrebato, o me besa ella estrellando sus labios contra los míos; sinceramente, a estas alturas no sabría decirlo con certeza.
Solo sé que ocurre. De golpe. Brusco. Desesperado.
Necesario. Como si las dos lleváramos semanas enteras conteniendo la respiración a la espera exacta de este bendito momento.
Su espalda choca con un impacto sordo contra la pared de ladrillo de la terraza y mis manos encuentran su cintura con una desesperación que sé que me va a avergonzar muchísimo mañana por la mañana, pero que ahora mismo me importa un bledo.
En este preciso instante en el universo solo existe su boca, su sabor cálido, familiar y embriagador, nuestra rabia contenida y la forma tan salvaje en que me devuelve cada embestida de mis besos, como si ella también estuviera exhausta de resistirse a lo evidente.
Es pura frustración acumulada. Es hambre física. Es todo lo que no sabemos cómo controlar bajo los parámetros de la lógica.
Alicia me sostiene el rostro entre sus manos, hundiéndome más en ella, y yo siento esa caída libre y vertiginosa de quien comprende, demasiado tarde, que ha perdido las riendas del juego.
Me separo de sus labios en primer lugar por puro y duro instinto de supervivencia, jadeando por la falta de aire.
—Esto sigue siendo una idea terriblemente mala para las dos… —consigo articular, aunque mi voz no suena convincente ni para mis propios oídos.
Ella apoya su frente sudorosa contra la mía, manteniendo los ojos cerrados mientras intenta normalizar sus pulsaciones.
—Sí, lo sé. Es un desastre.
—Deberíamos parar aquí mismo y volver con los demás antes de que sospechen.
—Deberíamos...
Pero ninguna hace el amago de moverse un centímetro del sitio.
La miro de verdad, sin excusas, sin defensas y comprendo que ya no quiero provocarla para ganarle a su orgullo, ni pretendo controlarla, ni quiero seguir resistiéndome a lo inevitable.
Lo que quiero, con cada célula de mi cuerpo, es perderme de lleno ahí.
En esa boca. En este desastre con piernas. En ella.
Alicia me roza la palma de la mano con las yemas de sus dedos, un gesto sumamente suave, electrizante y cargado de una clara intención de futuro inmediato.
—Si de verdad quieres parar… entonces vete, Clara. Date la vuelta y regresa a la cena.
Y yo, actuando como cualquier persona sensata y racional que se encuentra al borde del un precipicio emocional inminente, me doy la vuelta y me voy de la terraza.
Pero me voy con ella hacia las sombras del interior del restaurante.
Hacia el pasillo oscuro del fondo. Hacia el baño.
Hacia todas y cada una de las decisiones que mi cerebro sabe perfectamente que no debe tomar bajo ningún concepto y que, aun así, mi corazón ya ha tomado por las dos hace muchísimo tiempo.