10 #2
Durante toda la cena, hago de tripas corazón e intento comportarme como la adulta funcional y madura que se supone que soy.
Me obligo a concentrarme al máximo en las conversaciones de mi mesa sobre los últimos fichajes del mercado, la insoportable presión que ejerce la prensa deportiva local sobre las chicas, las estrategias tácticas para la temporada que arranca y una discusión especialmente tediosa y aburrida con el director financiero sobre los presupuestos asignados al material médico de los boxes.
Intento con todas mis fuerzas no desviar los ojos hacia el otro extremo de la mesa.
Intento no escuchar su risa. Intento, básicamente, no existir a nivel afectivo.
Pero fracaso de manera estrepitosa.
Alicia está sentada a apenas unos metros de distancia, coqueteando de forma descarada y sin ningún tipo de pudor con Irina.
Le roza el antebrazo con los dedos al hablar de sus cosas, se inclina físicamente hacia ella derrochando complicidad a raudales y le sonríe con esa sonrisa lenta, canalla y peligrosa que por desgracia conozco al milímetro.
Cada maldito gesto que hace con las manos, cada risita, parece una provocación envenenada dirigida única y exclusivamente a mí.
Una declaración de guerra en toda regla.
Me repito que no tengo el menor derecho a sentir este fuego bajo las costillas.
No somos nada, no hay ningún compromiso entre nosotras.
Cruzamos una línea roja en las duchas, sí, es innegable, pero eso no convierte mis celos en algo legítimo ni maduro.
Solo los vuelve algo profundamente ridículo e incómodo de gestionar.
Y, aun así, ahí siguen, instalados entre mis pulmones, impidiéndome respirar con normalidad.
—Clara. Oye, Clara.
Parpadeo un par de veces, saliendo a la fuerza de mi burbuja de autocompasión. A mi lado está Lorreine, una de las periodistas deportivas habituales que cubren la información del Ravenhill FC.
—Perdona, es que te he llamado tres veces seguidas y estabas en el limbo —insiste ella, dedicándome una sonrisa amable pero cargada de perspicacia periodística.
—Lo siento, de verdad. Estaba un poco distraída con unos asuntos.
Su mirada no tarda ni medio segundo en seguir la trayectoria exacta de mis ojos: Alicia e Irina compartiendo un momento íntimo sobre el mantel. Todo mi ridículo despecho queda expuesto ante los ojos de la prensa. Lorraine sonríe con una elegancia que me resulta casi ofensiva.
—Ah. Entiendo. Ya veo por dónde van los tiros.
—No sé qué estás pensando, pero seguro que no aciertas en nada —le replico con excesiva rapidez y un tono demasiado defensivo.
—¿Estás completamente segura? Trabajar con Alicia Puertas, una de las futbolistas más problemáticas del panorama, no debe ser fácil.
Empiezo a odiar con todas mis fuerzas a la gente perceptiva.
—Lo complicado es convivir con gente que cree que lo sabe todo —respondo, abandonando mi asiento para ir al aseo.
Después de ese pequeño enfrentamiento, la cena transcurre entre brindis, discursos del presidente del club y esa falsa ligereza propia de los eventos sociales donde todo el mundo se sabe observado por una cámara.
Alicia sigue jugando su particular partida de ajedrez con maestría.
Yo, en cambio, sigo perdiendo terreno y los papeles con cada minuto que marca el reloj.
Hasta que, en algún momento indeterminado entre el servicio del postre y el agotamiento total de mi última reserva de paciencia, Alicia desaparece de la mesa común.
Yo aprovecho la coyuntura para levantarme y salir disparada hacia la terraza exterior con la burda excusa de que necesito respirar un poco de aire fresco.
Mentira podrida. Lo que necesito desesperadamente es distancia física.
Silencio. Un milagro divino que me saque de aquí, tal vez.
La noche se presenta húmeda, fresca y encapotada.
El murmullo lejano de la actividad del puerto se mezcla de fondo con el chapoteo suave del agua contra el muelle, y las luces de los barcos se reflejan a lo lejos sobre la superficie oscura del mar como si fueran estrellas caídas del cielo.
Me apoyo en la barandilla cerrando los ojos, respirando muy despacio, intentando recomponer a contrarreloj esa versión de mí misma que cree firmemente en el autocontrol y en las fronteras éticas del trabajo.
—Huyes de una manera bastante penosa… —suelta una voz de lo más conocida e irritante a mis espaldas.
Me giro con parsimonia, dándome la vuelta. Alicia está allí de pie, sola. Sin testigos incómodos de este repentino encuentro.
—No estoy huyendo de nada ni de nadie —le respondo con mi mejor tono de indiferencia.
—Claro que no, doctora. Y yo soy una tía de lo más tranquila y nada conflictiva en el campo —me replica ella con una ironía desbordante mientras acorta las distancias conmigo.
—Tu espectacular acompañante va a terminar pensando que te has perdido por los pasillos del restaurante si tardas mucho en volver a la mesa.
—Irina sabe perfectamente cómo cuidarse, no te preocupes por ella. Es una mujer de lo más independiente y madura.
Alicia clava en mí esa intensidad que siempre, sin excepción, me pone del revés las defensas.
—Te cae mal, ¿a que sí?
—No tengo el gusto de conocerla lo suficiente como para juzgarla.
—Venga, Clara, confiesa. Te cae fatal.
—Te aseguro que no es nada personal, Alicia —miento con descaro, apretando los puños dentro de los bolsillos.
—Ah, entonces es un asunto puramente profesional. Oye, pues eso me tranquiliza muchísimo, dónde va a parar —suelta ella dibujando una media sonrisa en los labios.
La miro fijamente a los ojos, perdiendo los estribos por primera vez en la noche.
—¿Se puede saber qué demonios estás intentando hacer hoy?
Su sonrisa burlona se desvanece poco a poco de sus labios. Ese cambio radical en su lenguaje corporal me alarma más que cualquiera de sus provocaciones previas. Porque detrás de su habitual fachada de tía dura y sobrada, asoma de golpe algo infinitamente más serio, crudo y honesto.
—La verdad es que lo único que me interesa saber, es por qué te molesta tanto verme con otra persona, cuando tú misma me has dejado claro que lo que pasó entre nosotras fue un error —me confiesa en un susurro bajo y directo, buscando mi mirada.
—Es que no me molesta lo que hagas con tu vida privada.
—Clara, por favor… —pronuncia mi nombre de una manera tan suave y arrastrada que se siente como una caricia íntima y una amenaza de muerte a la vez.
—Alicia, no hagas esto aquí.
—¿Esto qué? ¿Tener las santas narices de preguntarte si te importo?
—Es que tú no tienes ningún derecho a exigirme explicaciones de nada —le respondo, aunque la voz me tiembla ligeramente traicionando mi fingida fortaleza.
—¿Ah, no? ¿Y tú sí tienes todo el derecho del mundo a decidir unilateralmente por las dos que lo que pasó no significó absolutamente nada para nadie?
Un silencio sepulcral y denso cae de golpe entre las dos, apagando el ruido que nos rodea. El aire de la terraza se vuelve irrespirable. La distancia física que nos separa se hace milimétrica. La verdad de las cosas resulta imposible de ignorar bajo la luz de la luna.
—Yo nunca dije que no significara nada…
—No te hizo falta, Clara. Tu silencio de estos días lo dijo todo por ti.
Su tono de voz ha bajado tres octavas de golpe. Ya no hay rastro de la jugadora guasona que animaba la mesa; ya no está jugando conmigo.
—Te escondes constantemente detrás de las normas de la directiva, detrás de la ética del trabajo, detrás de esa necesidad absurda y enfermiza que tienes de controlarlo todo a tu alrededor. Pero luego vas, me miras y siento que el mundo entero arde.
Respiro hondo, sintiendo el pulso desbocado en las sienes.
—Alicia…
—No, Clara. Esta vez no te vas a escapar de mí fácilmente.