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Sin uniforme

Clara

A lo largo de mi carrera, he asistido a muchas cenas oficiales como para saber con total exactitud cómo funcionan.

Siguen siempre el mismo patrón: las mismas conversaciones insulsas repetidas en bucle bajo los efectos del vino, los mismos discursos meticulosamente preparados por directivos trajeados que confunden el liderazgo real con soltar frases vacías y motivacionales, y las mismas sonrisas diplomáticas de cara a la galería entre jugadoras y técnicos que, en muchísimos casos, apenas se soportan un lunes por la mañana fuera del estricto protocolo del vestuario.

Para mí es un trámite puro y duro. Una obligación social pesada y contractual más dentro del engranaje deportivo, impecable y francamente agotador que rodea al fútbol profesional.

Normalmente, sé moverme como pez en el agua en esta clase de eventos sin dejar el menor rastro ni levantar sospechas de ningún tipo.

Sonrío lo justo y necesario ante los flashes, hablo lo imprescindible con los patrocinadores y me marcho a casa antes de empezar a sentirme atrapada por la hipocresía general.

Algo sencillo que no se escapa de mi estructura de autocontrol habitual.

Cuando llego al restaurante, el grueso del cuerpo técnico del club ya ha hecho su gran entrada.

El establecimiento es, literalmente, el prototipo de local de lujo que la directiva adora usar para lucir palmito: elegante sin llegar a resultar excesivo, decorado con una iluminación cálida que suaviza las rencillas de los despachos y dotado de una terraza exterior que pretende convencer a cualquiera de que la vida no es simplemente una sucesión de decisiones personales cuestionables.

Saludo a Lucia con un leve cabeceo de complicidad.

Acto seguido, soporto como una campeona una conversación innecesariamente larga y tediosa con un fisioterapeuta deportivo que ahora se dedica a trabajar en una de las revistas deportivas más famosas del país, y finalmente consigo escabullirme con disimulo hacia la barra de mármol para pedirle al camarero una copa de vino blanco bien fría.

Confío ciegamente en que el alcohol suave me ayude a capear el temporal y a sobrevivir a la velada sin incidentes de los que arrepentirme al día siguiente.

Sin embargo, comprendo de golpe que todo mi autocontrol sirve de muy poco cuando Alicia decide, por su cuenta y riesgo, convertir el resto de la velada en una emboscada emocional perfectamente calculada y con premeditación.

Alicia aparece en el umbral del restaurante como si el mismísimo universo hubiera decidido coordinarse para gastarme una broma privada, pesada y especialmente cruel.

Lleva un vestido negro, de corte aparentemente sencillo, pero criminalmente efectivo en la forma exacta en que se amolda a su silueta.

El pelo castaño, algo dorado ante las luces, y suelto, le cae en ondas perfectas sobre los hombros.

Camina pisando el suelo con esa seguridad arrolladora que tanto la caracteriza; esa expresión felina de quien sabe perfectamente el caos que provoca y las bajas emocionales que va dejando atrás.

Y no viene sola, por supuesto. Caminando a su lado, avanza una mujer.

Es alta, poseedora de una belleza insultante, vestida con un diseño rojo pasión que parece confeccionado a medida para dinamitar la estabilidad mental de cualquiera, rematada con una sonrisa juguetona y peligrosa en los labios.

Las veo entrar demasiado juntas para mi gusto en el salón.

Cómodas la una con la otra. Exhibiendo esa familiaridad natural y descarada que sólo surge entre dos personas que comparten en la intimidad mucho más que confidencias y tiempo libre.

Mi primer pensamiento instintivo es estrictamente profesional y frío: ¿quién demonios es esa mujer y por qué nadie me ha dicho que Alicia tenía pareja?

El segundo, por desgracia, es muchísimo menos digno y profesional.

«Ah. Claro. Faltaría más. Alicia convirtiendo una noche normal, en un cataclismo mundial.

¿En serio? ¿Tenías que hacer esto justo aquí y justo ahora delante de toda la plantilla?

¿De verdad tenías la necesidad imperiosa de traerte como trofeo a una mujer que parece directamente sacada de una portada de revista para adultos?

». El tercero es todavía peor y me hiela la sangre: un nudo ardiente, agrio y punzante de celos puros se instala con saña en la boca de mi estómago.

Intento tragar saliva y frenarlo con todas mis fuerzas, pero es imposible.

Hugo reaparece a mi lado como de la nada, sosteniendo su propia copa con los dedos y con una ceja arqueada hacia el infinito mientras sigue la dirección de mis ojos.

—No pongas esa cara de pocos amigos, Clara —me murmura al oído con un tono cargado de ironía.

Sin ser capaz de apartar la vista de la pareja de Alicia ni un solo segundo, le respondo entre dientes y en un susurro cortante:

—¿Qué cara dices que tengo?

—La de una psicópata que está considerando seriamente la posibilidad de cometer un crimen.

Lo miro de reojo, fulminándolo con la mirada sobre el borde de mi copa.

—No tengo ni la menor idea de qué estás hablando.

—Claro que no —se mofa él dándole un trago a su bebida—. Y yo no llevo dos semanas enteras observando cómo Alicia y tú convertís cada sesión de rehabilitación diaria en una guerra psicológica.

Casi me atraganto de mala manera con el sorbo de vino. Noto como mis mejillas se encienden.

—Hugo, por favor.

—Yo solo te digo que quizá va siendo hora de que dejes de fingir ante el espejo que no pasa absolutamente nada entre vosotras dos.

—Es que entre esa delantera y yo no hay absolutamente nada —miento descaradamente, sintiendo que la garganta se me cierra, mientras por dentro mi subconsciente me grita: «Ojalá fuera verdad, ojalá pudieras convencerte a ti misma tan jodidamente rápido como intentas convencerle a él» .

—Bueno, algo en tu tono de sargento me dice que me estás mintiendo, pero de verdad espero que no haya nada —comenta Hugo, adoptando un tono un poco más serio y profesional—.

Ya sabes cómo se las gastan los tabloides deportivos con los rumores internos.

No creo que a los miembros de la junta directiva les haga ni pizca de gracia enterarse de que el fichaje estrella del verano está sembrando el caos por las instalaciones médicas del club.

Antes de que me dé tiempo a rebatir sus palabras y mandarlo a paseo, Alicia gira la cabeza hacia la barra con una sincronización perfecta y clava sus ojos en los míos.

Me sonríe. Y no es, desde luego, una sonrisa amable o casual.

Es esa sonrisa canalla, cargada de provocación directa que conozco demasiado bien.

Sin perder un segundo, empieza a caminar decidida hacia mi posición. Acompañada, de manera natural, por la mujer de rojo.

—Doctora Valle —suelta Alicia en cuanto llega a mi altura, plantándose frente a mí con una serenidad pasmosa que resulta del todo sospechosa—.

Pero qué alegría tan inmensa me da verte fuera de los muros de tu área médica.

Empezaba a sospechar seriamente que solo existías rodeada de camillas plegables, informes de lesiones y amenazas veladas.

—Y yo, por mi parte, empezaba a albergar la ingenua esperanza de que hubieses aprendido lo que significa llegar puntual a los compromisos del club.

Se ve que las dos vivimos de puras ilusiones, Alicia —le respondo sobreponiéndome, manteniendo el tono ligero y mordaz, aunque por dentro siento que la sangre me hierve a cien grados centígrados.

La despampanante mujer que la acompaña suelta una risa breve, aterciopelada y cálida que rompe la tensión. Alicia, lejos de achantarse, disfruta de manera visible de nuestro tenso intercambio verbal.

—Clara, te presento a Irina —continúa la delantera con un deje de suficiencia, presentándonos con un gesto de la mano.

Irina me tiende la mano con una elegancia innata que me revuelve el estómago.

—Por fin tengo el placer de conocer en persona a la famosa Clara Valle. Alicia habla tantísimo de ti que ya sentía una curiosidad tremenda, de verdad.

Esa revelación inesperada me obliga a clavar mis ojos directamente en el rostro de la estrella del equipo.

—¿Famosa?

Alicia se encoge de hombros con una inocencia impostada que no se cree ni ella misma.

—A ver, hablo mucho de ti porque eres mi fisio, Clara. Es una simple fijación estrictamente profesional y de rendimiento deportivo, nada más.

Le aprieto la mano a Irina con toda la educación formal que soy capaz de reunir en mis dedos.

—Pues espero de corazón que solo haya compartido contigo mis mejores y más severas amenazas médicas.

—Bueno, principalmente han sido esas —me contesta Irina, mostrando una diversión genuina que me descoloca—. Aunque también he de decir que ha mencionado por ahí un par de detalles diferentes bastante interesantes sobre tus métodos de recuperación.

Miro fijamente a Irina. Luego desvío la mirada hacia Alicia. Me muestro seca, cortante y perfectamente incómoda.

—Encantada de conocerte, Irina. Disfrutad de la velada.

Alicia pilla mi incomodidad al vuelo y lejos de frenar el juego o dar un paso atrás, decide regodearse y disfrutar de mi escena de celos silenciosa.

Lo leo con claridad en el brillo insolente de sus ojos, en esa pequeña y sutil satisfacción de victoria que destila su mirada.

Me está poniendo a prueba delante de todo el mundo.

Y yo, para mi profunda desgracia, estoy fallando el test con una dignidad francamente mejorable.