Última línea de defensa 9 #2
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Es hermosa, insultantemente divertida, peligrosamente encantadora y, por encima de todo, no tiene ni idea del pequeño desastre emocional que azota mi vida en este momento.

Coincidimos hace unos meses, justo antes de mi fichaje por el Ravenhill FC.

Tuvimos un par de noches salvajes e intensas de hotel, cero promesas de futuro, una química en la cama espectacular y tomamos la sensata decisión de no convertir aquello en nada más complicado que un buen recuerdo con derecho a roce casual.

Es, sin duda alguna, exactamente el tipo de compañía que necesito para una noche como la de mañana: nada serio, nada de dramas afectivos y nada que me oblige a preguntarme por qué Clara me está arruinando la existencia con solo respirar cerca de mí.

Pulso el botón de llamada antes de que a mi cerebro le dé tiempo a reconsiderarlo y echarse atrás. El teléfono da tono y responde exactamente al tercero.

—Vaya, vaya —suelta su voz al otro lado de la línea, con ese tono cálido, arrastrado y con ese matiz divertido que recuerdo a la perfección—. Si esto no es una agradable e inesperada sorpresa de las tuyas, Alicia Puertas, que baje dios y lo vea.

Me apoyo de lado contra la encimera, sintiendo cómo una pequeña sonrisa traicionera e ingeniosa se dibuja en mis labios al escuchar su tono juguetón.

—Bueno, eso depende exclusivamente de cuánto me hayas echado de menos, preciosa.

—Lo suficiente como para saber a ciencia cierta que tú nunca llamas por pura nostalgia romántica, nena. ¿Qué necesitas de mí? Anda, sé directa y ve al grano, que ya nos conocemos las caras.

—Me encanta que seas una mujer tan práctica —admito riéndome por lo bajo—.

A ver, tengo la cena oficial del club mañana por la noche.

Ya sabes: un evento sociopolítico y futbolero de lo más aburrido, mucha gente trajeada con ínfulas de grandeza, discursos y demasiadas sonrisas falsas por metro cuadrado.

Necesito urgentemente que una persona increíblemente atractiva me acompañe y me ayude a simular ante la prensa que soy alguien emocionalmente estable.

—Ah, amiga... O sea, que lo que me estás pidiendo en realidad es que haga un trabajo social de primera necesidad —responde ella soltando una risa baja y sensual—. Una labor humanitaria, prácticamente.

Escucho su risa franca a través del altavoz y recuerdo al momento por qué nos lo pasábamos tan sumamente bien juntas.

Irina es de las mías: no te pide explicaciones que no quiere dar, no indaga en tus mierdas y sabe perfectamente cuándo hay que sentarse a disfrutar del incendio sin sacar el extintor.

—¿Y se puede saber qué gano yo exactamente con todo este despliegue de caridad? —pregunta en tono sugerente.

—Mi encantadora y cotizada compañía durante toda la velada, que no es poco.

—Insuficiente para mi caché. Trabájatelo más, anda.

—Buen vino. Probablemente excelente y muy caro.

—Bueno, eso ya empieza a sonar un poquito mejor... Sigue hablando.

—Y, sobre todo, la inmensa satisfacción personal de ayudar a esta pobre delantera a no tomar una decisión terriblemente irresponsable de la que arrepentirse mañana.

—Oye, ahora sí que estamos negociando con las cartas sobre la mesa —dice ella, y casi puedo imaginármela perfectamente arqueando una ceja perfecta al otro lado del teléfono—. Déjame adivinar. Hay alguien en ese club que te ronda la cabeza.

Me quedo helada y me detengo en seco en mitad del salón. Maldita sea la gente intuitiva en este mundo, de verdad.

—No. Para nada. Te equivocas.

—Mientes muy mal, Alicia. A ti se te nota en la respiración cuando estás acorralada.

—Te juro que no hay nadie, Irina —insisto, aunque soy plenamente consciente de que mi voz ha sonado de lo menos convincente del mundo.

—A ver, reformulo la pregunta: ¿Hay alguien en ese equipo que te molesta y te saca de tus casillas?

—Es muchísimo peor que eso, de hecho —admito en un arranque de honestidad brutal.

Me dejo caer otra vez de golpe sobre el sofá, estirando las piernas sobre la mesa baja sin miramientos.

—Irina, mira…

—¿Tan sumamente complicado es el asunto?

—Demasiado —confieso al fin, mirando al techo—. Está la cosa muy enredada. Pero no me apetece hablar de ello ahora mismo.

—Perfecto, trato hecho. Te acompaño a esa cena aburrida. Además, no te lo voy a negar: tengo unas ganas locas de verle la cara en directo a la persona que es capaz de poner a la mismísima Alicia Puertas en semejante estado de nervios. Tiene que ser un espectáculo digno de ver.

Cierro los ojos con fuerza y niego con la cabeza llena de diversión, aunque la sonrisa no se me quita de la boca.

—Mira, voy a colgarte ahora mismo antes de que me arrepienta de haberte marcado.

—Venga, déjate de dramas. Paso a recogerte en coche mañana a las nueve en punto.

Mándame la ubicación. Y hazme un favor, Alicia: ponte un vestido de esos tuyos de infarto, algo que haga sufrir de verdad a esa persona misteriosa en cuanto entres por la puerta.

Que note perfectamente todo lo que se está perdiendo por no ser valiente.

—Hasta luego, bruja.

Cuelgo la llamada.

Me quedo mirando fijamente las molduras del techo, luego desvío los ojos hacia la consola virtual abandonada y finalmente compruebo la hora en el reloj de pared.

Tengo tiempo de sobra para arrepentirme de esta locura, para llamar a Irina, cancelar la cita y acudir mañana a la cena como una persona madura y razonable.

Pero sé perfectamente que no lo voy a hacer.

Porque la verdad de toda esta historia es muchísimo más simple y menos elegante de lo que aparenta: quiero ver, con mis propios ojos, la cara que pondrá Clara en cuanto me vea aparecer en el restaurante colgada del brazo de un pibón como Irina.

Quiero comprobar en directo si le da exactamente igual con quién me relaciono.

Quiero demostrarme a mí misma, por puro orgullo, que a mí también me da exactamente igual lo que ella haga con su vida.

Aunque las dos sepamos, en el fondo de nuestra alma, que eso es una soberana mentira.

Me incorporo lentamente del sofá, estirando los músculos.

Si voy a cometer un error garrafal que complique las cosas en el club, tengo que hacerlo espectacularmente bien vestida.

Encamino mis pasos hacia el ropero mientras una parte de mí, la sabia, me repite en bucle que nada de lo que haga va a solucionar lo que pasó en las duchas.

Y tiene razón. Pero esto no va de buscar soluciones.

Va de orgullo herido. De deseo salvaje. De esa necesidad absurda y egoísta de no ser la única atrapada en mitad de la tensión sexual que crepita y se dispara cada vez que nos miramos a los ojos y el mundo se reduce.