9
Anatomía del deseo
Alicia
Resulta humillante y patético descubrir que soy capaz de sortear defensas imposibles a nivel internacional, sobrevivir a ruedas de prensa hostiles llenas de buitres y torear a entrenadores con un complejo de dictador del copón…
pero soy totalmente incapaz de superar una simple conversación bajo la lluvia con Clara. Pero así son las cosas.
Después del encontronazo que hemos tenido, me encuentro oficialmente derrotada, vestida con mi chándal más viejo y tirada a lo largo en el sofá de mi nuevo apartamento como una auténtica heroína aquejada de una pésima gestión emocional.
Tengo el mando de la consola firmemente encajado entre las manos mientras intento, sin el menor éxito, concentrarme en un partido absurdo de fútbol virtual en la pantalla.
Llevo perdiendo por goleada desde hace más de veinte minutos.
Es de risa: incluso en el terreno de los videojuegos, mi capacidad para tomar buenas decisiones brilla por su ausencia el día de hoy.
El salón permanece sumido en un silencio, roto únicamente por los efectos de sonido del televisor y el repiqueteo incesante y suave de la lluvia contra los ventanales.
He dejado la chaqueta oficial de Clara —esa que huele a ella— extendida sobre el respaldo de una silla de comedor, como un trofeo o una tortura visual.
También hay una taza de café a medio terminar sobre la mesa baja y, sobre todo, arrastro esa molesta y persistente sensación de estar evitando algo que sé, con total certeza, que no va a desaparecer de mi vida por mucho que me empeñe en mirar hacia otro lado.
La he dejado con la palabra en la boca en mitad del césped y me he largado corriendo.
He rehusado acudir a la revisión médica a la que me había citado esta tarde e, incluso, la he ignorado deliberadamente como si no existiera o no me importara lo más mínimo.
Pero después de lo que ha pasado, y tras mi brillante y patético momento de celos involuntariamente confesados en su cara, no pienso reunirme con ella a solas en un espacio cerrado por nada del mundo.
Sí, me he puesto celosa de Lara Montes y todavía me entran ganas locas de abrir la ventana y lanzarme de cabeza al vacío cada vez que mi cerebro lo recuerda.
Ha sido un desastre absoluto. Y no por lo que he soltado por la boca, sino por lo que eso implica a nivel interno.
Una cosa muy fácil es aAliciarte con alguien en un arrebato de pasión en las duchas y disfrutar del momento; otra muy distinta, e infinitamente más chunga, es empezar a sentir cosas reales que no eres capaz de resolver dando vueltas al césped como una desquiciada o dándote un homenaje rápido tú sola en la cama.
Eso ya entra de lleno en territorio prohibido.
En la pantalla, mi delantera virtual vuelve a fallar un gol cantado a portería vacía.
—Perfecto… —murmuro con ironía, dejando caer la cabeza hacia atrás contra el cojín del sofá soltando un suspiro de frustración—. Todo bajo control. Excelente gestión de crisis, Alicia. Enhorabuena por tu madurez.
En ese preciso instante, mi teléfono móvil empieza a vibrar con saña sobre la mesa de madera.
Lo miro de reojo con la esperanza absurda y desesperada de que se trate de cualquier persona de este planeta menos de quien sé, positivamente, que está al otro lado.
Spoiler: hoy no tengo absolutamente nada de suerte.
Es Bruno. Mi representante. Mi Pepito Grillo particular, mi conciencia legal con trajes carísimos y una paciencia infinita para aguantar mis espantadas. Suspiro profundamente, suelto el mando de la consola y respondo al deslizar el dedo.
—Mira, Bruno, si esta llamada es para echarme un sermón sobre mis maravillosas y acertadas decisiones vitales de hoy, te aviso ya que estoy muy ocupada arruinándome la existencia en privado.
—Vaya, buenas noches a ti también, Alicia —me responde al otro lado de la línea con esa calma imperturbable de hombre curtido en mil batallas que ya ha sobrevivido a demasiadas versiones caóticas de mí misma—.
¿Se puede saber por qué demonios me acaba de escribir el entrenador del Ravenhill diciendo que no has aparecido a la evaluación física que tenías programada para esta tarde?
—Pues porque al míster le importa muchísimo que su delantera estrella se esté metiendo de cabeza en otro lío monumental del que no sabe cómo salir —le contesto, incorporándome sobre el sofá y cruzando las piernas.
—Alicia. No me hagas eso, por favor.
—¿El qué? ¿Respirar?
—Sabes perfectamente que ese tono de adolescente rebelde e incomprendida no funciona conmigo, así que ve cambiando el chip.
Se me escapa una sonrisa involuntaria a pesar de que no quiero darle el gusto. Bruno tiene la irritante e increíble habilidad de conocerme demasiado bien. Lleva un montón de años gestionando al milímetro mi carrera deportiva, mis contratos millonarios y mis incendios públicos y privados.
—Siento no haber ido, de verdad —miento descaradamente mientras me levanto por fin del sofá y camino descalza hacia la cocina americana en busca de algo de beber—. No me encontraba bien. Es más, se lo dije a Clara. Así que…
—Mira, escúchame con atención. No te llamo para fiscalizar tu rebeldía, pero hazme el favor de ser un poquito más sensata con las decisiones que tomas. Solo quería recordarte que mañana es la cena oficial del inicio de temporada del club.
Cierro los ojos con fuerza, dándome un golpe suave en la frente con la palma de la mano.
—No pienso ir de fiesta a ninguna parte, Bruno. No me apetece lo más mínimo aguantar corrillos.
—Es que no es una fiesta de discoteca, Alicia. Es una cena institucional y obligatoria por contrato.
—Pues eso lo hace todavía mil veces peor —replico con guasa, abriendo la puerta de la nevera para cerrarla de un portazo al instante.
—Eres el fichaje estrella del verano, Alicia, por dios. Todo el mundo en la directiva y los patrocinadores esperan que estés allí presidiendo la mesa. Van a querer que subas al escenario, que cojas el micrófono y que digas unas palabras de cara a la prensa...
—Pues mira, que las diga otra que tenga más ganas de lucirse. Yo no soy el payaso de feria de nadie para ir animando las veladas sociopolíticas del club.
Se hace un silencio sepulcral al otro lado de la línea. Ese silencio tan concreto y peligroso que significa que Bruno está contando mentalmente hasta diez para no mandarme a la mierda de forma elegante y profesional.
—Menudo humor de perros que te traes hoy, ¿no? —suelta finalmente con un suspiro pesado—. ¿Se puede saber qué demonios te pasa?
Me apoyo de espaldas contra la encimera de granito y me pellizco el puente de la nariz con los ojos cerrados, sintiendo el dolor de cabeza asomar.
—Estrés de la pretemporada, nada más.
—Mira, haz lo que quieras con tu humor, pero no te lo voy a volver a repetir más.
Eres lo suficientemente madura y cobras lo suficiente como para saber qué decisión es la correcta para tu imagen pública.
La cena es a las nueve y media en el restaurante Bravío.
El código es informal pero elegante. Todo el mundo va a estar esperándote, incluidos los medios de comunicación.
Los medios. Fantástico. Peor todavía. Todo un escaparate.
Tengo la firme intención de negarme en redondo por segunda vez.
Ya tengo la frase cortante completamente estructurada en la punta de la lengua: «No voy, Bruno.
No me interesa. Sobrevivirán perfectamente a la cena sin mi presencia» .
Pero entonces, en un destello de pura malicia, pienso en Lara Montes.
Pienso en Clara. Pienso en la complicidad de la conversación que han mantenido.
Y, lo que es muchísimo peor para mi orgullo, pienso en la posibilidad real de que ambas coincidan allí esta noche, riéndose a mi salud, mientras yo me pudro sola en este apartamento jugando a perder partidos como una auténtica idiota emocionalmente comprometida.
No. De ninguna de las maneras. No puedo permitir bajo ningún concepto que Clara se crea que la estoy evitando por culpa de unos celos tontos.
Ni puedo permitir que yo parezca la parte afectada y débil de las dos.
Ni, desde luego y por encima de mi cadáver, voy a permitir que Lara Montes se le acerque más de la cuenta.
Así que, demostrando una vez más que soy una persona sensata con un instinto de autodestrucción fascinante, tomo una decisión objetivamente terrible y maravillosa.
—Oye, ¿puedo llevar a una acompañante conmigo a la cena? —pregunto, dibujando una sonrisa lenta y canalla que Bruno afortunadamente no puede ver a través del teléfono.
Él tarda un par de segundos enteros en responder a mi pregunta. Un par de segundos que huelen a sospecha máxima y a pánico profesional.
—A ver... Mientras te presentes allí vestida y dejes bien al club, me da exactamente igual a quién te lleves para que te sujete la copa.
Mi sonrisa se ensancha todavía más, llenándome de una adrenalina deliciosa.
—Perfecto. Cuenta conmigo.
—Alicia… tiemblo cada vez que te pones tan dócil de golpe.
—Confía en mí, hombre de poca fe.
—Por favor, te lo pido por lo que más quieras: intenta no montar uno de tus espectáculos habituales con la prensa. Al menos no antes de que sirvan el postre.
Cuelgo la llamada con un toque rápido antes de que le dé tiempo a seguir sermoneándome.
Me quedo unos segundos completamente quieta en mitad de la cocina, observando mi reflejo borroso y desgreñado en el cristal oscuro de la ventana.
Fuera, la lluvia cae con una insistencia de lo más deprimente.
Soy una persona impulsiva con unos mecanismos de defensa pésimos y peligrosos.
Respiro hondo, me froto las manos y abro la agenda de contactos de mi teléfono.
Deslizo el dedo de arriba abajo por la pantalla, repasando nombres de mujeres que pertenecen a distintas versiones de mí misma.
Algunas mejores, otras claramente para olvidar.
Hasta que mi dedo se detiene justo en el nombre correcto.
Irina.