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Ella respira hondo, llenando el pecho de aire frío antes de continuar con voz firme.
—Ya has visto esta mañana en el vestuario que los rumores en este club corren demasiado deprisa como para ir jugando. Y Lara Montes resulta que pasa mucho tiempo por aquí. No soy idiota, Clara. Sé reconocer perfectamente a la legua cuando dos personas comparten una historia íntima del pasado.
Tardo exactamente dos segundos de reloj en procesar el sentido de su comentario. Y cuando lo hago, siento cómo algo sumamente extraño, cálido y delicioso se remueve con fuerza dentro de mi estómago. Alicia Puertas está muerta de celos.
Esa revelación debería haberme hecho reír o soltar una pulla ingeniosa.
En cambio, me deja completamente sin palabras y con la garganta seca.
Porque debajo de toda su capa de ironía, debajo de su provocación constante, existe una preocupación real y un sentimiento latente que me resulta más desestabilizador que cualquiera de sus burlas.
—Lara es una de mis mejores amigas —le explico con calma, dando un paso imperceptible hacia ella para que no se moje—.
Estuvimos juntas en las categorías inferiores del club, compartimos vestuario, triunfos y derrotas muy duras de asimilar.
Ahora está felizmente casada con Adrián, el hermano de...
bueno, da igual, esa es otra historia. No hay absolutamente nada romántico entre nosotras, Alicia.
Solo esa confianza ciega que dan los años.
Alicia asiente una sola vez con la cabeza, manteniendo el rostro serio, como si mi aclaración no cambiara absolutamente nada el dolor de su orgullo.
—Da igual, no importa. No tienes que darme explicaciones de tu vida privada.
—Sí que importa, Alicia —insisto, dando otro paso decisivo hacia delante, atrapándola bajo el refugio de mi paraguas—.
Importa porque no quiero que bajo ningún concepto malinterpretes lo que ves por los pasillos del club.
Y porque, aunque me cueste un mundo admitirlo... me importa mucho lo que pienses de mí.
Retrocede un paso hacia atrás al instante, saliendo apenas del radio de protección del paraguas. Las gotas de lluvia fina empiezan a mojarle de nuevo el flequillo y le resbalan veloces por las mejillas encendidas.
—No hagas eso, Clara... —me pide en un susurro, con la voz un punto rota.
—¿El qué? ¿Qué estoy haciendo?
Su sonrisa de respuesta es pequeña. Cansada. Peligrosamente real y desarmada de toda chulería.
—Mirarme con esos ojos cuando las dos sabemos perfectamente que esto debería terminar de raíz justo donde empezó.
Lo que pasó el otro día en las duchas fue un error tremendo por ambas partes, ¿no?
Un simple momento de debilidad física. Tú eres la fisioterapeuta del club, yo soy la jugadora estrella a tu cargo.
Hay reglas estrictas en el Ravenhill, líneas profesionales que nunca se deben cruzar bajo ningún concepto si queremos mantener nuestras carreras a flote.
Un silencio denso y pesado se instala de golpe entre las dos, solo roto por el repiqueteo constante de la lluvia sobre la tela, y me quedo sin herramientas para romperlo.
Porque sé que Alicia tiene toda la maldita razón del mundo.
Porque precisamente eso que acaba de verbalizar es lo más sensato y maduro que deberíamos hacer.
Porque seguir avanzando por este camino prohibido solo puede terminar en un desastre absoluto para las dos.
Pero mi corazón, rebelde e incorregible, late con fuerza, pidiéndome a gritos todo lo contrario.
—Alicia... —empiezo a decir, dando un paso hacia ella con la mano libre extendida.
Ella niega firmemente con la cabeza y levanta una mano en el aire, frenando mi avance en seco.
—Déjalo así, Clara. De verdad. No necesito que me des un mitin ni que me expliques con argumentos por qué no podemos estar juntas. Lo sé de sobra. Lo sé muchísimo mejor que nadie.
Da un paso atrás en el césped. Luego otro más, alejándose de mi paraguas.
—Nos vemos mañana.
—¿¡Y qué pasa con tu revisión!? —le reclamo con desesperación.
No responde. Se da la vuelta del todo y cruza el campo a paso rápido con mi chaqueta puesta sobre sus hombros, alejándose bajo la cortina de lluvia mientras yo me quedo allí plantada en mitad del césped, completamente inmóvil, sosteniendo un paraguas abierto que ya no me sirve absolutamente de nada.
Sé perfectamente que ha sido lo correcto. Que debo zanjar este asunto aquí mismo y no volver a tentar a la suerte. Debo hacerlo por su bien, por el mío y por todo lo que mi experiencia previa me dicta. Lo de las duchas ha sido un error de calentón y no debe repetirse jamás en la vida.
Pero allí mismo, completamente sola bajo la lluvia, con el campo principal desierto y el día apagándose despacio sobre nosotras, una parte de mi interior ya sabe que el problema no se va a solucionar tan rápido.
Porque, por mucho que me haya equivocado de cabo a rabo con Alicia Puertas, tengo la absoluta certeza de que, si se volviera a dar la oportunidad, volvería a cometer el mismo error una y mil veces más.