8 #2
—Vamos a ver, Clara. Cuando a ti se te mete una futbolista entre ceja y ceja por motivos de salud, no la dejas en paz hasta que cumple el tratamiento a rajatabla.
Lo he vivido en mis propias carnes y lo hemos visto todos en este club —suelta, desvelando una verdad como un templo—.
Pero sé que, con este caso, no es solo algo técnico.
Te conozco demasiado bien. Y esa mirada que le estabas echando hace un segundo...
no era la de una jefa médica observando como una jugadora está pasando de sus recomendaciones.
Aprieto la taza de café entre mis manos con fuerza, sintiendo cómo el calor de la cerámica se me filtra por la piel de los dedos.
—Estás exagerando las cosas.
—No lo hago. Solo te estoy analizando. Yo no tengo la culpa de que seas tan transparente cuando algo te gusta, Clara.
Guardo un silencio sepulcral, mirando el fondo de mi taza. El gran inconveniente de tener cerca a personas que te conocen de verdad es que, por más que te empeñes en estructurar una mentira perfecta, nunca se van a creer una sola de tus palabras.
Porque sí, Alicia Puertas me preocupa hasta quitarme el sueño.
Sí, he cruzado una línea roja gigantesca con ella que pone en peligro mi puesto de trabajo.
Y sí, lo que ocurrió el otro día en las duchas privadas del primer equipo fue un error monumental de manual.
Uno de los gordos. Uno del que racionalmente debería arrepentirme a diario y con el que, al mismo tiempo, no dejo de soñar despierta cada vez que entro en esa zona del vestuario, deseando volver a repetirlo con más fuerza.
Lara deja su taza vacía sobre la mesa con una suavidad extrema y me dedica una sonrisa cargada de una ternura y una comprensión que me ablandan por dentro.
—Mira, no te voy a preguntar absolutamente nada que no me quieras contestar voluntariamente. Pero déjame decirte una cosa como amiga: las emociones que más nos empeñamos en controlar con mano de hierro suelen ser, precisamente, las que terminan rompiéndonos el equilibrio.
Sonrío con amargura, sin pizca de humor real.
—Vaya, qué discurso tan inspirador. De verdad, deberías dejar los medios de comunicación y dedicarte a vender frases motivacionales para calendarios de pared.
—Y tú deberías dejar de actuar de una puta vez como si sentir algo por alguien fuera como ocasionar una falta con tarjeta roja directa en el área —me replica ella con una dulzura inmensa—.
Has construido una muralla impresionante a tu alrededor desde lo de Charlotte y por si no lo sabes, las murallas más altas terminan viniéndose abajo si se golpea en el lugar adecuado.
Y por lo que estoy viendo desde esta ventana, esa delantera terca, guapa y talentosa ya ha empezado a hacerlo.
Sus palabras se me quedan grabadas a fuego en la mente incluso mucho después de que Lara se marche de las instalaciones.
Cuando la ciudad deportiva empieza a vaciarse y la tarde cae de golpe, subo a la planta superior para esperar a Alicia en uno de los boxes de electroestimulación y recuperación.
Pero me doy cuenta enseguida, al mirar por el ventanal del pasillo, que no voy a recibir su visita de buena gana.
Sigue abajo, dando vueltas desquiciadas alrededor del campo principal.
Corre como si quisiera castigar al césped, o como si pretendiera castigarse a sí misma de paso por alguna rabieta que no alcanzo a comprender.
Y, para colmo, ahora lo hace bajo una lluvia fina e incómoda que empieza a arreciar.
Me quedo completamente quieta junto al cristal, con la carpeta médica apretada en la mano. Por un segundo me quedo en blanco. Al siguiente, lo que siento es unas ganas inmensas de bajar y asesinarla con mis propias manos.
—Es insoportable, de verdad… —murmuro para la nada del pasillo.
Mi primer impulso visceral es bajar a zancadas, plantarme en mitad del campo y obligarla a detenerse.
El segundo, mucho más frío y racional, es recordarme a mí misma que no puedo seguir funcionando así con ella.
Que esto ya ha cruzado demasiadas fronteras.
Que tener sexo salvaje con una jugadora bajo mi supervisión ha sido una decisión estúpida, impulsiva y exactamente el tipo de error garrafal que me prometí no volver a cometer jamás en la vida después del desastre de Charlotte.
Aunque está más que claro que no he aprendido la lección en absoluto; sigo mezclando lo profesional con lo personal y confundiéndolo todo hasta perder el control de mi propia vida.
A pesar de todas mis advertencias mentales, me quedo ahí atrapada, mirándola correr.
Es justo en ese instante cuando Alicia se detiene en seco junto a la zona de los banquillos.
Se inclina ligeramente hacia delante con el rostro totalmente contraído por un gesto de dolor, y se frota la rodilla izquierda con una mano, intentando aliviar ese pinchazo que solo aparece cuando la carga de trabajo ya deja de ser físicamente soportable.
Algo en mi estómago se descompone y me dejo arrastrar por la preocupación más pura.
Dejo la carpeta sobre la mesa del despacho, agarro un paraguas grande del paragüero, una de mis chaquetas de abrigo del club del perchero y bajo las escaleras a toda prisa, sin permitirme pensar ni un solo segundo en las consecuencias de lo que voy a hacer.
Cruzo el terreno de juego con el paraguas abierto, sintiendo el césped empapado hundirse bajo mis zapatillas de deporte, mientras Alicia permanece allí quieta, de espaldas a mí, respirando con una dificultad evidente por el esfuerzo físico.
No hago ruido al acercarme. Simplemente me coloco justo a su lado, la cubro con el paraguas para resguardarla de las gotas y le extiendo la chaqueta.
—Lo único que nos faltaba ya esta semana es que nuestra jugadora estrella cogiera una pulmonía por pura cabezonería.
Alicia gira la cabeza, sobresaltada por mi presencia.
Conseguir pillar desprevenida a Alicia Puertas es, de por sí, un auténtico milagro de la naturaleza.
Durante un segundo entero no dice nada, me mira con los ojos muy abiertos.
Luego, recupera la compostura y despliega esa sonrisa cargada de ironía punzante bajo la que se esconde siempre que se siente acorralada o más vulnerable de lo que está dispuesta a admitir ante nadie.
—Vaya, doctora... Qué detalle tan tierno por tu parte. Te juro que por un momento pensé que venías a traerme una orden de arresto domiciliario —responde, aunque noto perfectamente que su voz suena ronca y cansada.
Le tiendo la chaqueta de abrigo con insistencia, dándole un toque en el brazo.
—Póntela ahora mismo. No me hagas repetirlo.
Lo hace. Despacio, deslizando los brazos por las mangas sin dejar de clavarme esos ojos oscuros ni un solo instante.
La escena se vuelve de golpe ridículamente íntima, sensual y densa en mitad de la nada.
La lluvia golpea con fuerza la tela del paraguas, el campo de entrenamiento está completamente desierto a estas horas y nosotras estamos problemáticamente cerca, respirando el mismo aire.
—No deberías estar corriendo de esa manera —le recuerdo, suavizando el tono—. Tu rodilla no está para estos excesos físicos, Alicia. Cada vez que te exiges más de lo que marca el protocolo de readaptación, arriesgas de golpe todo por lo que has trabajado para llegar hasta aquí.
Alicia se ajusta bien los bordes de la chaqueta sobre los hombros. Es mía, me pertenece, lleva mi nombre impreso en la etiqueta interna, y ese sutil detalle consigue que verla vestida con mi ropa parezca una provocación estética insoportable para mis sentidos.
—Y tú no deberías sonreírle a nadie de esa manera tan especial por los pasillos —murmura de repente, desviando la mirada con fastidio hacia el edificio de las oficinas principales.
Parpadeo un par de veces, completamente descolocada por el ataque directo.
—¿Perdón? ¿De qué demonios estás hablando?