8
El primer regate
Clara
Existen personas que regresan a tu vida de la manera más amable y predecible posible, y luego están aquellas que irrumpen para poner a prueba cada uno de tus límites.
Lara Montes pertenece, desde el mismísimo día en que la conocí, a esa segunda categoría.
No es porque sea una mujer complicada —en realidad, Lara tiene la exasperante y envidiable capacidad de hacer que hasta lo más enrevesado parezca un juego de niños—, sino porque su sola presencia arrastra consigo demasiados fantasmas y recuerdos del pasado.
Esos que llevo años intentando archivar bajo llave en el rincón más oscuro de mi cerebro para no tener que volver a abrirlos jamás.
Cuando la vi entrar a la ciudad deportiva del Ravenhill FC esta tarde, luciendo el pelo rubio recogido en una coleta alta impecable y esa seguridad natural y arrolladora de quien ha pasado media vida mandando en un vestuario, tuve la firme y molesta convicción de que el universo se estaba divirtiendo a mi Alicia. Otra vez. Y no me equivocaba.
—Oye, no me pongas esa cara de pocos amigos, por favor —me suelta en cuanto se acerca a mi posición, sonriendo de oreja a oreja mientras me rodea con un abrazo cálido, lleno de esa confianza ciega que solo te otorgan los años de vestuario—.
Cualquiera diría que vienes de identificar un cadáver en el depósito, Clara. Reacciona, mujer.
La abrazo de vuelta al mismo tiempo, aunque he de admitir que aplico bastante menos entusiasmo del que probablemente se merece.
Su perfume de alta gama, el mismo que usaba siempre en las concentraciones, me transporta por un milisegundo a vestuarios abarrotados de jugadoras gritando, a celebraciones de títulos bañadas en champán y a noches eternas en las que mi vida era infinitamente más fácil.
—Bueno, conociendo el ritmo cardíaco que gastan algunas de nuestras delanteras esta temporada, te aseguro que esa posibilidad no me queda tan lejos —le respondo forzando una media sonrisa.
Lara se aparta lo justo para sujetarme por los hombros y observarme con detenimiento, arqueando una ceja.
Sigue igual de hermosa y radiante que la última vez que nos cruzamos.
Fue, sin duda alguna, una de las mejores centrocampistas que ha tenido este club; de esas futbolistas inteligentes que parecían llevar una brújula de precisión grabada dentro del cuerpo.
Por desgracia, se tuvo que retirar demasiado pronto de los terrenos de juego por culpa de una triada cruel en la rodilla, y ahora orbita alrededor del fútbol femenino desde una barrera mucho más cómoda: colabora en programas de televisión, hace análisis de táctica y escribe artículos en la prensa deportiva.
Tiene ese extraño y maravilloso privilegio de poder seguir perteneciendo a este mundo sin tener que sufrir el desgaste diario del césped.
Además, por si fuera poco el vínculo deportivo, está felizmente casada con Adrián.
El hermano mayor de Charlotte. Y justo ahí es donde reside el verdadero meollo del problema.
Lara no tiene la culpa de absolutamente nada —nunca la ha tenido, la pobre—, pero hay personas que te recuerdan una época entera de tu vida con el simple hecho de pronunciar tu nombre. Una época que dolió demasiado.
—¿Y qué se te ha perdido por aquí dentro? —le pregunto con curiosidad mientras empezamos a caminar juntas por el pasillo central, en dirección a la cafetería del staff—. No me digas que vienes de parte de la directiva para vigilar si sigo siendo una jefa médica insoportable.
—Qué va, qué desconfiada eres. Vengo a una reunión obligatoria con el departamento de comunicación por unos temas de derechos y, ya que estaba, quería comprobar de primera mano si por fin ha aparecido alguien en Inglaterra capaz de domesticarte —contesta soltando una risa ligera y cantarina.
—Mala suerte, Lara. Sigo siendo un caso clínico completamente perdido.
—Bueno, eso ya lo sabía yo desde los veinte años —afirma ella divirtiéndose, guiñándome un ojo con total picardía.
Pedimos dos cafés con leche en la barra y nos sentamos en una mesa alta junto a uno de los enormes ventanales acristalados que dan al campo de entrenamiento principal.
Afuera, el cielo británico amenaza con romper a llover con ganas de un momento a otro; dentro, las instalaciones del club respiran con esa tranquilidad tan típica de cuando termina la jornada oficial de trabajo.
El aroma a café recién hecho se mezcla de manera extraña con el olor a césped húmedo y cortado que se cuela por los conductos de ventilación.
Hablar con Lara siempre me resulta una experiencia extraña.
Es fácil. Demasiado fácil, a decir verdad.
Con ella no necesito hacer ningún tipo de esfuerzo ni ponerme la coraza profesional.
Saltamos de un chisme a otro con la comodidad absoluta de quienes se conocen tan bien que ya es materialmente imposible ocultar las grietas, los desperfectos o los malos días.
Me habla de Adrián, de la preciosa casa de campo que acaban de comprar a las afueras de la ciudad, de cómo intentan encajar sus caóticas agendas profesionales para meterse de lleno en el proceso de ser padres.
También me cuenta, muerta de la risa y gesticulando con la cucharilla, una entrevista desastrosa que ha tenido que hacerle la semana pasada a un entrenador de la liga masculina que se las daba de intelectual.
—Tú imagínate el panorama, Clara —dice, removiendo la espuma de su taza—, el hombre habla que te habla con tono trascendental mientras analizaba un simple saque de esquina. Te juro que casi me duermo encima del micrófono en directo. Qué tipo tan denso.
Yo le cuento lo justo y necesario sobre cómo marchan las cosas en el día a día de la ciudad deportiva: el ritmo brutal de trabajo que llevo con la plantilla, cómo se han tenido que adaptar las nuevas jugadoras a mis estrictas normas médicas y las tensiones lógicas que se van acumulando en el vestuario a medida que se acerca el inicio de la competición.
—Vamos, que todo sigue exactamente igual a como lo dejé cuando colgué las botas —concluye ella, apoyando la barbilla sobre la palma de su mano y mirándome de reojo.
—Bueno, con un poco más de hielo en los boxes y bastante menos paciencia por mi parte, sí, no te lo voy a negar —admito dándole un sorbo a mi taza.
Lara saborea su café con parsimonia y me clava esa mirada clara, limpia y directa que siempre, absolutamente siempre, precede a una pregunta incómoda de las suyas. Con ella no hay espacio para las evasivas ni para las mentiras piadosas.
—Y ahora que ya hemos cumplido con el expediente, cuéntame algo que de verdad sea interesante, venga.
Suspiro profundamente, dejando caer los hombros.
—No hay nada interesante en mi vida, Lara. Trabajo, pacientes y camilla.
—Clara, por dios... Te conozco desde hace demasiados años y esa respuesta tan perfecta esconde algo gordo. Suéltalo ya.
Desvío la mirada hacia el gran ventanal exterior para evitar sus ojos inquisidores.
Y ahí es donde cometo el error táctico más grande de la tarde.
Porque justo en mitad del césped principal está Alicia, dando vueltas alrededor del campo con una intensidad tan brutal y desafiante que, incluso desde la distancia de la cafetería, parece una puta declaración de guerra.
Su cuerpo atlético, a pesar de esa inflamación en los ligamentos de la rodilla que se empeña en ignorar de forma suicida, transmite una fuerza y una potencia contenida que me acelera el pulso de manera inmediata.
Aunque, siendo completamente honesta conmigo misma y con mis hormonas, lo que de verdad me altera el ritmo cardíaco son las ganas locas y absurdas que tengo de volver a encerrarme con ella y enterrar mis dedos entre sus piernas.
Lara, que es más lista que el hambre, sigue la trayectoria exacta de mis ojos y despliega una sonrisa de picardía pura que no me gusta nada.
—Vaya, vaya... —dice, alargando la palabra con una lentitud que me pone de los nervios—. Ahora sí que estamos llegando al verdadero motivo de tu estrés, amiga mía.
—No empieces, Lara, te lo advierto —le corto de inmediato, poniéndome rígida en la silla.
—¿Quién es esa que corre como si quisiera arar el césped con sus botas?
—Una fuente constante y diaria de problemas para este club.
—Esa definición no es la que esperaba, pero… es interesante.
Me recuesto en el respaldo de la silla y suelto todo el aire que retengo en los pulmones, dándome por vencida.
—Se llama Alicia Puertas. Es nuestra nueva delantera estrella para esta temporada. Un talento de oro increíble en los pies, una paciencia totalmente inexistente y una relación profundamente conflictiva con cualquier persona que represente la más mínima forma de autoridad en el club.
—Mira tú por donde, ya me cae bien —comenta Lara soltando una carcajada limpia.
—A mí me quita años de vida cada mañana.
—Precisamente eso, me confirma que te interesa muchísimo más de lo que me quieres dejar ver.
La fulmino con la mirada más cortante de todo mi repertorio, pero ella ni se inmuta. Al contrario, se inclina ligeramente hacia delante sobre la mesa, apoyando los codos con interés.
—Tiene una lesión en el tendón rotuliano bastante seria —continúo hablando a toda prisa, ignorando su indirecta amorosa a propósito—.
Y está haciendo todo lo humanamente posible por convencer al resto del equipo de que está al cien por cien de sus capacidades.
Si sigue exigiéndose ese nivel de impacto, va a terminar destrozándose la articulación antes de que empiece la liga.
—Y eso a ti te preocupa de una manera que va más allá de la medicina —afirma ella con rotundidad.
No es una pregunta. Es una certeza absoluta.
—Es mi trabajo, Lara. Me pagan por cuidar de la salud de la plantilla —respondo intentando sonar profesional.
—Claro, mi amor, por supuesto —suelta ella. Y ese maldito «claro» destapa demasiadas verdades que yo no quiero mirar de frente.
Lara inclina un poco la cabeza, clavándome los ojos con intensidad.