Última línea de defensa 7 #3
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Siento de golpe cómo algo sumamente desagradable, punzante y ridículo se instala con fuerza justo bajo mis costillas, impidiéndome respirar bien.

¿Celos? No, hombre, no. Ni hablar. Eso no puede ser.

Yo no tengo absolutamente ningún derecho legal a sentirme así.

Hemos cruzado una línea física muy gorda, sí, de acuerdo, pero eso no convierte a Clara en nada mío de manera oficial.

No somos una historia de amor de película.

No somos siquiera una buena decisión para nuestras respectivas carreras en el club.

Y, sinceramente, si hay alguien en este planeta con nula legitimidad para sentir celos de nadie, esa soy yo, la delantera de oro que huye del compromiso como de la peste.

Así que, por supuesto y como soy imbécil, siento unos celos espantosos igualmente. Absurdos, innecesarios, dolorosos y muy reveladores.

Me quedo completamente quieta en mitad del pasillo durante demasiado tiempo, observándolas desde la distancia.

Lo suficiente como para empezar a odiarme un poco a mí misma.

Lo suficiente como para entender de golpe que el verdadero problema aquí no es que Clara se relacione o se ría con otra mujer.

El jodido problema real es que me importa.

Me importa muchísimo que lo haga. Y eso es infinitamente peor para mi salud mental.

Giro sobre mis talones a toda prisa antes de que a cualquiera de las dos les dé por mirar hacia el pasillo y pillarme espiando, y camino a zancadas directamente hacia el campo de entrenamiento exterior. Necesito correr hasta reventar.

El césped húmedo todavía conserva todo el rocío de la niebla de la mañana y el aire frío de la campiña inglesa me golpea el rostro con una honestidad brutal que agradezco en el alma.

Dejo caer la mochila con desgana en el banquillo de los suplentes, me ajusto bien los cordones de las botas de tacos y empiezo a trotar a buen ritmo sobre la banda sin pararme a calentar ni un minuto, como si el esfuerzo del cuerpo pudiera resolver por arte de magia lo que mi cabeza se niega rotundamente a admitir.

Primera vuelta al campo. «Respira hondo, Alicia». Segunda vuelta. «No seas patética ni ridícula». Tercera vuelta. «No puedes estar celosa de Lara Montes, joder». Cuarta vuelta. «Estás completamente celosa, asúmelo».

Fantástico. Un plan sin fisuras.

Empiezo a correr muchísimo más rápido, esprintando sobre la línea blanca.

La rodilla izquierda me da un aviso serio y protesta con un pinchazo agudo, pero decido ignorar el dolor.

Siempre lo hago cuando juego. Pero esta vez no es el dolor físico de los ligamentos lo que intento silenciar con el impacto de mis pisadas contra el suelo.

Es esta incomodidad totalmente nueva para mí, esta certeza molesta y aterradora de que Clara se está convirtiendo en alguien mucho más importante en mi vida diaria; en algo muchísimo más intenso, peligroso, real y cercano de lo que estoy dispuesta a admitir en voz alta.

Y yo nunca en mi puta vida he sabido manejar bien los sentimientos.

Porque el deseo carnal es algo sencillo y plano: se habla, se consume con ganas, se disfruta y se olvida al día siguiente sin mirar atrás.

Pero esto... esto otro es una amenaza directa a mi soltería.

Me detengo en seco junto a la línea de banda, con el pecho subiendo y bajando con violencia y la respiración totalmente desordenada por el esfuerzo.

El cielo británico sigue igual de gris y plomizo, el Ravenhill FC sigue funcionando a pleno rendimiento a mi alrededor y la vida de todo el mundo sigue exactamente igual que hace una hora.

Solo que yo no. Yo ya no soy la misma. Porque algo dentro de mí ya ha cambiado de manera completamente irreversible en esa ducha.

Me paso una mano sudorosa por todo el rostro, intentando recuperar el aire en los pulmones y, de paso, un mínimo de dignidad propia.

He sobrevivido a lo largo de mi carrera a entrenadores insoportables con egos gigantes, a directivas hostiles que querían hundirme y a lesiones graves que deberían haberme roto la carrera mucho más de lo que lo hicieron.

Y ahora, aquí estoy, corriendo sola como una loca bajo la lluvia fina por culpa de una fisioterapeuta de ojos oscuros y una exjugadora de fútbol demasiado atractiva para mi gusto.

Miro de reojo hacia el edificio principal del club, hacia el gran ventanal acristalado donde probablemente Clara seguirá hablando, riendo y compartiendo confidencias con Lara como una persona perfectamente normal y madura, mientras yo estoy aquí fuera pasándolo mal y comportándome como una adolescente con las hormonas revolucionadas.

Sonrío sola para mis adentros, con una verdad sumamente incómoda y dolorosa instalada justo en el centro de mi pecho.

Quizá el verdadero problema de todo esto nunca ha sido que Clara Valle tenga el poder de arruinarme la vida.

Quizá el verdadero y jodido problema es que empieza a importarme que decida no hacerlo conmigo.

Porque por tener esas manos y esa boca de nuevo entre mis piernas, sería capaz de regalar todo lo que tengo.