7
Una tregua inesperada
Alicia
Dicen que hay errores que una comete solo una vez en la vida, esos donde aprendes la lección a base de palos y que luego evitas a toda Alicia.
Y después, en una liga completamente superior, está Clara Valle.
Ella no solo no entra en la categoría de error evitable, sino que además parece empeñada en convertirse en una adicción diaria con credencial médico, uniforme oscuro y una capacidad verdaderamente alarmante para desordenarme la cabeza con solo mirarme.
Han pasado apenas unos días desde aquellos brutales e inolvidables quince minutos en las duchas, y todavía siento la intensidad de sus dedos dentro de mí a la menor oportunidad, como si el agua helada de todas las duchas que me he dado desde entonces no hubiera terminado de borrar su rastro.
Y no son solo las caricias salvajes que llevo grabadas a fuego en el cuerpo —aunque mentiría descaradamente si dijera que no pienso en eso más de lo que dictaría cualquier lógica—, es todo lo demás: el tono ronco de su voz justo después del sexo, su mirada y esa separación forzosa que nos autoimpusimos, regalándome la clara sensación de haber cruzado una línea que ninguna de las dos va a saber muy bien cómo volver a dibujar.
Por supuesto, mi reacción natural y madura ante semejante caos no puede ser otra que provocar todavía más.
Porque si la doctora Valle va a seguir adelante haciendo como que aquí no ha pasado absolutamente nada entre las dos, yo voy a disfrutar cada maldito segundo empujándola de cabeza hasta el límite de su cordura.
Es una mala idea. Una pésima idea, de hecho.
Pero siempre he tenido una debilidad incorregible por las mujeres como ella.
Esta mañana el vestuario del primer equipo está muchísimo más ruidoso de lo habitual.
Acabábamos de terminar una sesión intensa y agotadora de entrenamiento sobre el césped —una sesión que, por culpa de mi maldita articulación, yo no he podido llevar a cabo de manera completa—, y el ambiente vibra preso del cansancio físico, la euforia residual de la pretemporada y algunos comentarios de lo más absurdos que surgen inevitablemente cuando un grupo de veinte futbolistas comparte demasiadas horas juntas.
Hay toallas húmedas tiradas sobre los bancos de madera, botellas de isotónico vacías rodando por el suelo, reguetón a todo trapo saliendo de un altavoz inalámbrico olvidado en alguna esquina y Alba, nuestra queridísima capitana, narrando una historia tremenda sobre una discusión interna entre jugadoras de otro equipo como si estuviera relatando la mismísima Tercera Guerra Mundial en directo.
Yo estoy sentada junto a mi taquilla personal, secándome el sudor del cuello con una toalla blanca, deseando en secreto que se larguen todas a las duchas de una santa vez para quedarme sola.
Pero el resto del universo ha decidido por unanimidad que su misión principal del día de hoy es no dejarme en paz ni un segundo.
—Te lo digo yo, de verdad —insiste Alba, gesticulando de manera exagerada con una camiseta de entrenamiento en la mano izquierda—, si las del Northbridge siguen con ese ambiente de mierda en el vestuario, este año terminarán implosionando antes de que llegue abril.
Se les ven venir las grietas desde la otra punta de Inglaterra.
—Bueno, oye, eso mismo dijiste exactamente el año pasado —le responde Sonia sin levantar la vista ni un milímetro de la lima con la que repasa sus uñas— y acabaron segundas en la clasificación de la liga.
Tu talento predictivo brilla por su ausencia, capi.
Menos mal que como capitana en el campo eres mucho mejor que como visionaria, porque si no…
—Qué le vamos a hacer, algunas hemos nacido con el don de mandar y liderar, no de adivinar el futuro.
Me río por lo bajo, negando con la cabeza.
Es verdaderamente extraño lo rápido que este vestuario empieza a sentirse menos ajeno para mí.
No lo llamaría familia, porque no creo demasiado en ese concepto idílico aplicado al fútbol profesional de élite, pero sí un territorio bastante habitable.
Un lugar donde, por primera vez en mucho tiempo, mis compañeras no me observan únicamente esperando a ver cuando voy a protagonizar el próximo desastre.
Aunque, bueno, hay personas en este club que sí lo hacen.
Y una de ellas está cruzando la puerta en este preciso momento.
Clara aparece en el vestuario sosteniendo una carpeta de plástico bajo el brazo y luciendo esa calma impecable y fría que me resulta cada vez más peligrosa y excitante.
No necesita hacer nada extraordinario para llamar la atención; le basta con su sola presencia física para alterar la temperatura de toda la habitación de golpe.
Lleva el uniforme oficial negro del club bien entallado, el pelo oscuro recogido hoy en una coleta baja y esa expresión estrictamente profesional que, si no la conociera tan bien en la intimidad, podría haber confundido perfectamente con indiferencia.
Pero yo ya sé leer a la perfección entre sus líneas.
Sé exactamente dónde mirar: la ligera tensión rígida en su mandíbula, la forma tan descarada en que evita sostener mi mirada más de dos segundos delante de las demás, o ese mínimo segundo de retraso cuando pasa caminando cerca de mí.
Es tensión sexual elegantemente disimulada.
Y a mí, que soy masoquista por naturaleza, me vuelve loca.
—Alicia —me dice en voz alta, plantándose frente a mí —. Necesito revisar con calma cómo ha afectado a tu rodilla izquierda la carga de trabajo físico de esta mañana. Te espero en la sala de fisioterapia a primera hora de la tarde, sin falta.
—Vaya, doctora... Qué forma tan poco romántica y sutil de invitarme a pasar un rato a solas contigo —le contesto al instante, arqueando una ceja y dedicándole mi mejor sonrisa ladeada y canalla.
Varias de mis compañeras que están cerca sueltan una carcajada inmediata al escucharme.
Clara me mira fijo. Solo eso. Me clava esa mirada oscura, firme y cargada de una promesa de amenaza silenciosa que, en lugar de intimidarme lo más mínimo, consigue exactamente el efecto contrario en mi cuerpo. Me enciende.
—Bueno, ante tu silencio, lo tomaré como un sí rotundo —añado divirtiéndome de lo lindo, guiñándole un ojo sin ningún tipo de pudor.
Alba, que vive literalmente por y para los chismes del corazón en este equipo, se cruza de brazos al momento ostentando una sonrisa sospechosamente amplia y maliciosa.
—Oye, no sé qué demonios está pasando aquí, pero yo estoy empezando a sospechar que Alicia está disfrutando demasiado de sus dichosas sesiones de rehabilitación obligatorias.
Sonia levanta la vista de sus uñas por fin y arquea una ceja con malicia pura hacia la fisio.
—¿Acaso la doctora Valle te está dando un trato especial de primera clase que las demás no conocemos, Alicia?
Yo me echo a reír con ganas, echando la cabeza hacia atrás y apoyando la espalda contra el metal frío de mi taquilla.
—Por supuesto, chicas. Pasar tiempo con Clara es una experiencia idílica, llena de ternura, mimos y afecto —ironizo con guasa.
—Y de amenazas médicas de dejarte en el banquillo —añade Alba guiñándome un ojo con complicidad.
—Sobre todo amenazas médicas —corroboro encantada con el juego—. Aunque he de deciros que sus manos logran muchísimo más en mis músculos que todas sus órdenes estrictas juntas.
Las risas colectivas crecen en intensidad en el vestuario.
Clara permanece de pie en mitad de la sala, con la postura completamente recta, los hombros rígidos como estacas y la carpeta apretada contra el pecho, probablemente valorando la opción de pedir asilo político o abandonar el país en este mismo instante.
—Me alegra enormemente comprobar que mi autoridad profesional y mis masajes terapéuticos generan tanta controversia y debate entre la plantilla —comenta haciendo gala de una serenidad impecable, aunque yo, que no le quito el ojo de encima, detecto un sutil y precioso rubor carmín subiéndole por las mejillas.
—Oye, que no son tus masajes lo que genera controversia aquí, Clara —le responde Alba con una inocencia totalmente fingida, mientras se sujeta el pelo con una goma—. Es la química tan brutal que tenéis vosotras dos. Si es que se nota la tensión desde el otro lado del pasillo del club, por dios.
Se hace un silencio breve pero densísimo en el vestuario.
Sonia deja escapar un “¡uy, uy, uy!” en voz baja que no ayuda absolutamente nada a calmar las aguas.
Yo me río todavía más fuerte, inclinándome hacia delante en el banco con esa naturalidad exagerada que una usa siempre cuando quiere ocultar un secreto a voces.
—Por favor, qué películas os montáis —digo agitando la mano en el aire como si restara importancia—. Si Clara apenas tolera mi existencia en este club. Me soporta y me toca la rodilla porque le pagan un sueldo por ello a final de mes, no os flipeis.
—Sí, ya... Eso mismo dicen todos los orgullosos justo antes de acabar casados —murmura Alba lo suficientemente alto como para que la oigan hasta las de la última fila.
—Cállate la boca de una vez o te juro que te mato aquí mismo —le advierto entre risas flojas, agarrando mi toalla usada y lanzándosela directa a la cara.
Pero la realidad es que los nervios ya se han instalado dentro de mi estómago.
Y aunque intento sostener mi fachada chulesca, noto el cambio inmediato en el ambiente.
Ese instante preciso e incómodo en que una broma tonta deja de ser solo una broma entre compañeras.
Porque los rumores en un equipo de fútbol empiezan exactamente así: con miradas cómplices, con comentarios picantes en alto y con pequeñas observaciones que, si se repiten lo suficiente en los corrillos, terminan convirtiéndose en verdades públicas y oficiales. Clara lo sabe de sobra. Y yo también.