Última línea de defensa 6
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Fuera de horario

Clara

La sugerencia de Alicia flota entre nosotras dentro del box como un chispazo eléctrico suspendido en el aire.

Compartir las duchas no es una simple sugerencia absurda salida de su boca; es una puerta enorme que se abre de golpe a un abismo peligroso donde mi estricto profesionalismo y mi deseo más salvaje colisionan con una violencia brutal.

Siento perfectamente cómo el calor me sube a oleadas por el cuello, cómo las mejillas se me encienden y cómo mi pulso se acelera de manera alarmante hasta convertirse en un tambor sordo que me retumba dentro de los oídos.

Llevo demasiados días acumulando una tensión con esta mujer que ya no es solo física.

Cada maldito roce durante las sesiones de rehabilitación, cada mirada cargada que nos dedicamos o cada cruce de indirectas subidas de tono ha ido tejiendo una red invisible pero indestructible alrededor de mi fuerza de voluntad.

Y ahora la tengo ahí, ofreciéndome un paraíso salvaje.

Una parte de mí, la Clara responsable, la fisioterapeuta jefe dedicada en cuerpo y alma a su trabajo en el Ravenhill FC, me grita con desesperación que dé media vuelta y salga de la sala antes de que todo mi mundo se desmorone.

La otra parte, la mujer de carne y hueso que lleva demasiado tiempo sin follar como dios manda, desea con locura hundir los dedos en su piel, agarrarla del pelo y ahogar en su cuerpo toda esta frustración que me consume las entrañas.

Alicia Puertas no es solo una futbolista excepcional de primer nivel; es el caos personificado.

Un caos cargado de un magnetismo animal que me atrapa y me impide seguir a lo mío con normalidad.

Da un paso corto, se acerca un poco más a mí y su respiración acelerada choca directamente contra mis labios.

—¿Qué pasa, doctora? —me pregunta en un susurro ronco, sin apartar ni un milímetro la mirada de mis ojos—. ¿Es que acaso no te gustan las locuras?

Sus ojos, de un marrón intenso y precioso salpicado de motas doradas, están tan sumamente cerca de los míos que puedo distinguir el leve enrojecimiento de sus párpados por el cansancio, el brillo puro de desafío y la necesidad imperiosa que los ilumina.

Mi mirada desciende sin mi permiso por la línea elegante de su garganta, donde late su corazón acelerado completamente visible a simple vista, y baja todavía más, recreándose en la curva perfecta de sus hombros marcados por el ejercicio diario.

El deseo me golpea el bajo vientre con una fuerza descomunal, contrayendo mi sexo con una desesperación que me asusta.

Me la imagino perfectamente ahora mismo, con sus manos fuertes apoyadas contra los azulejos fríos, el agua caliente deslizándose a chorros por su espalda esculpida mientras yo me como su sexo con ansia, saboreándola palmo a palmo hasta llenarme la boca entera de ella durante su orgasmo.

El pensamiento es tan sumamente vívido e intenso que un escalofrío de pura electricidad me recorre la columna vertebral de arriba abajo.

Cuento los minutos mentalmente a toda prisa, calculando al milímetro el riesgo real, el tiempo exacto que tenemos por delante antes de que alguien pueda notar nuestra ausencia en las instalaciones.

Mis defensas profesionales se resquebrajan por segundos.

La que duda ya no es la Clara profesional; es Clara a secas, la mujer que lleva días soportando las ganas locas de comerle la boca a esta mujer y arrancarle esa sonrisa pícara y juguetona de los labios de un plumazo.

—Quince minutos —le suelto al fin, plantándole cara y sin apartarme apenas un centímetro de ella.

Alicia arquea una ceja de golpe, visiblemente sorprendida por mi respuesta, y una sonrisa lenta, canalla y descarada se extiende por sus labios perfectos.

—¿Quince minutos nada más? —repite en voz alta, saboreando la cifra con un evidente deleite en los ojos—. ¿Solo eso, doctora? Vaya, pensé que me darías muchísimo más tiempo para disfrutar de ti en condiciones...

La miro fijamente y sin pestañear, permitiéndome por primera vez en meses mostrar con total libertad el fuego puro que me consume por dentro.

—¿Más tiempo? ¿Acaso la gran estrella no se ve capaz de llegar al orgasmo en quince minutos? ¿O es que esto es un reto demasiado excesivo para una jugadora de élite mundial como tú?

El desafío directo enciende algo salvaje en sus ojos.

Veo perfectamente cómo su respiración se vuelve mucho más profunda y cómo sus pupilas se dilatan en un segundo.

No me responde con palabras; no le hace falta.

Me sujeta de la mano con fuerza y tira de mí con decisión hacia el pasillo trasero que conduce directamente a las duchas privadas y restringidas del equipo médico.

Y en cuanto estamos completamente alejadas de cualquier mirada indiscreta, me empuja de espaldas contra la pared y me come la boca sin contemplaciones.

El choque inicial y la urgencia del momento me arrancan un gemido ahogado que se pierde directamente en sus labios.

Enredo mi lengua con la suya con un hambre que me asusta, succiono y la saboreo con total lucidez.

Soy plenamente consciente de que esto es un error monumental, posiblemente uno del que me arrepentiré en cuestión de horas cuando recapacite.

Pero ahora mismo me da igual; solo ella tiene el poder de arrancar de raíz la tensión insoportable que llevo dentro y que me impide pensar con claridad.

El beso es un auténtico incendio forestal.

Alicia me devora la boca con esa hambre caótica, impulsiva y egoísta que tanto la define; su lengua es exigente, sus dientes rozan con fuerza mi labio inferior como si quisiera dejar su marca grabada en mí para siempre.

Mis manos suben por puro instinto hacia su nuca, enredándose con fuerza en su pelo húmedo y tirando de ella hacia mí con rabia.

El pasillo está completamente desierto a estas horas, pero el riesgo tremendo a ser descubiertas por cualquiera late en mi pecho.

Quince minutos. Solo nos quedan quince minutos para saciar todo lo que llevo días acumulando en silencio.

—Eres una auténtica irresponsable, Alicia —le susurro directamente contra sus labios carnosos cuando nos separamos apenas un milímetro para tomar una bocanada de aire.

—Y tú eres una controladora de manual que se muere de ganas por perder el control conmigo —me responde ella exhibiendo esa sonrisa torcida que consigue ponerme furiosa y completamente mojada al mismo tiempo.

La arrastro con brusquedad hacia el interior de las duchas privadas del equipo —o más bien ella se deja arrastrar con gusto—.

Cierro la puerta de un golpe y paso el pestillo; el sonido metálico del cierre despierta algo animal, primario y oscuro dentro de mí.

Alicia ni siquiera espera; ya se está quitando la camiseta oficial del entrenamiento con un movimiento ágil, revelando ante mis ojos esos abdominales esculpidos y marcados y esos pechos firmes que he imaginado demasiadas veces bajo mis propias manos.

El aire del baño se carga de vapor denso incluso antes de que abramos el grifo del agua.

—Desnúdate del todo. Ya —le ordeno con mi mejor voz de mando.

Alicia levanta una ceja con chulería, pero me obedece sin rechistar lo más mínimo.

Con una lentitud exasperante y demasiado provocativa para mi gusto, se baja los shorts negros y la ropa interior de un solo tirón, quedando completamente desnuda y expuesta frente a mí.

Su cuerpo es puro atletismo de élite: piernas largas, potentes y fibrosas, un culo redondo y alto de infarto, y esa piel dorada por el sol de los entrenamientos al aire libre que te entra por los ojos.

—¿Contenta con la vista? —me pregunta con una sorna insoportable.

No le doy el gusto de responderle con palabras.

Me quito mi propia ropa con una rapidez frenética, sintiendo la intensidad de sus ojos recorriéndome la piel desnuda de arriba abajo como si fuera el trofeo de liga que acaba de ganar en el último minuto del partido.

Cuando me quedo completamente desnuda frente a ella, la agarro por el brazo y la empujo con decisión bajo el chorro de agua caliente.

El vapor hirviendo nos envuelve al instante como una nube.

La estampo de espaldas contra los azulejos azules de la ducha y el gemido ahogado que escapa de su boca me vuelve completamente loca.

Le muerdo los labios con rabia, bajo con la boca húmeda por su cuello clavándole los dientes, le estrujo las tetas con fuerza entre las manos y, antes siquiera de dejarla respirar, mis dedos ya se deslizan con total fluidez por los pliegues ardientes de su sexo empapado.

—Diez minutos… —gime Alicia, arqueando la espalda y moviéndose con fuerza contra mi mano para aumentar la fricción—. Vas a tener que esforzarte mucho si quieres acabar conmigo.

—Cállate de una vez.

No permito que siga hablando ni una palabra más.

Hundo un par de dedos de golpe en su interior y comienzo a moverlos con un ritmo firme y salvaje, dejándome llevar por su tremenda humedad natural y por el agua de la ducha que nos baña la cara.

Siento sus tetas aplastadas contra las mías, sus pezones duros como rozándome la piel de forma eléctrica, y mi propio sexo palpitando de pura necesidad entre las piernas.

—Eres insoportable —le gruño directamente contra el oído, mordiendo con ganas justo en el punto donde le late el pulso en el cuello.

—Y a ti te encanta que lo sea —jadea ella, soltando una risa rota entre gemido y gemido.