Última línea de defensa 5 #2
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—Todo esto —me dice, haciendo un gesto vago con la mano para señalar el escaso espacio que queda entre nuestros cuerpos.

Hago exactamente el mismo gesto imitando su mano con guasa.

—Vas a tener que ser muchísimo más específica conmigo. Me cuesta pillar las indirectas.

Ella niega con la cabeza, cerrando los ojos un segundo como si estuviera debatiéndose internamente entre estrangularme allí mismo con una toalla o suplicarle un cargamento de paciencia al universo entero.

—Eres perfectamente consciente de que haces todo esto a propósito para desestabilizarme, ¿verdad?

—¿Lo de provocar deliberadamente a mujeres guapas, listas y peligrosas? Sí, lo reconozco, es una afición un poco cara para mi carrera, pero resulta increíblemente entretenida —admito con total ligereza, guiñándole un ojo.

Por primera vez desde que he entrado, Clara aparta la vista de mí.

Es solo un segundo, un parpadeo, pero es más que suficiente.

Y ver ese gesto me produce una satisfacción completamente Albadura y salvaje por dentro.

Porque verla perder el control de su fachada perfecta, aunque sea apenas durante un instante, me confirma algo que ya intuía desde el primer día: que yo no soy la única que está atrapada en este juego de provocaciones.

A través de los enormes ventanales del box se ve perfectamente el entrenamiento del resto del equipo en el campo exterior bajo la niebla.

Algunas de mis compañeras corren series de velocidad bajo la estricta supervisión del preparador físico.

La vida en el Ravenhill FC sigue su curso con total normalidad mientras que, dentro de esta pequeña sala médica, Clara y yo parecemos empeñadas en crear un pequeño pero glorioso desastre privado.

—Tú tampoco eres precisamente un ejemplo respondiendo a mis preguntas personales —me señala ella finalmente, retomando la iniciativa mientras me sujeta el tobillo para ajustar la posición de mi pierna.

Sonrío con una lentitud deliberada, inclinándome un poco hacia adelante.

—Eso es porque yo ya sé perfectamente que te intereso.

—Eso que me acabas de soltar no es una respuesta válida.

—No, pero es una verdad incómoda que te mueres por negar —insisto, provocándola.

Se acerca aún más a mí para hacer palanca. Demasiado cerca. Su cuerpo roza ligeramente el mío al corregir el ángulo de mi muslo.

—Lo que es verdaderamente incómodo —me dice muy despacio, bajando el tono de su voz hasta dejarlo en un susurro que me eriza la piel— es intentar trabajar con una jugadora que convierte cada maldita sesión en una provocación constante.

Esa cercanía física me desordena el pulso de una manera alarmante. Su voz grave también. Pero si algo he aprendido en mis años de carrera es que cuando una situación te desestabiliza, la mejor estrategia del mundo es sonreír con chulería y atacar.

—Pero a los hechos me remito: aquí estás, un día más, soportándome a escasos centímetros —le respondo, sosteniéndole la mirada con total descaro.

Ella toma aire con lentitud, expandiendo su pecho.

—Vamos a pasar a hacer los estiramientos en el suelo —me indica cortando por lo sano y señalando la colchoneta azul que hay extendida.

—Vaya, qué forma tan elegante y sutil de rechazarme.

—Túmbate de una vez, Alicia —me ordena, usando mi apellido con esa mezcla tan sexy de autoridad militar y resignación que tanto me pone.

Obedezco al instante, esta vez sin soltar ninguna broma.

Mi cuerpo también sabe perfectamente cuándo el juego se está volviendo demasiado serio y real.

Me acomodo boca arriba en la colchoneta mientras ella se coloca de rodillas a mi lado para corregir mecánicamente mi postura.

La luz blanca del techo cae de lleno sobre su rostro de perfil y la hace parecer todavía más atractiva si cabe.

No solo por su belleza evidente, sino por lo contenida y misteriosa que es.

Hay algo profundamente adictivo en una persona que se esfuerza tanto por no sentir nada.

Porque una parte de mí, la más gamberra, solo quiere descubrir exactamente en qué punto exacto tengo que pinchar para romperle esa armadura y verla suplicar.

—Relaja el hombro y la cadera —murmura, apoyando con firmeza su mano cálida sobre mi cadera para ajustar la alineación de mi espalda.

Lo intento con todas mis fuerzas, de verdad, pero el contacto directo de sus dedos me distrae de una forma brutal. Siento como si el mundo cometiera la grosería de detenerse durante un instante. Mi ritmo respiratorio cambia. La suya también delata que le afecta tener su mano ahí.

Levanto la vista y ella ya me está mirando fijamente desde arriba.

Ojos. Labios. Ojos otra vez. Ese recorrido lento, silencioso, cargado de deseo y tensión que no pertenece, ni de lejos, a ninguna terapia física aprobada por el club.

La distancia que queda entre nuestras bocas se vuelve ridícula.

Un error absoluto. Una invitación en toda regla.

Algo peligrosamente parecido a tomar una decisión definitiva.

Sonrío muy despacio, sin apartar los ojos de los suyos ni un milímetro.

—¿Se puede saber si tocas así a todas las jugadoras de la plantilla o es que yo tengo un trato especial?

Veo a la perfección la lucha exacta que se desata en sus ojos oscuros: la batalla interna y feroz, la necesidad imperiosa de no ceder ante la tentación, de no cruzar esa línea profesional y roja, de no permitirme el lujo de convertir todo esto en algo real.

Y, sinceramente, os prometo que nunca en mi vida había encontrado nada más sexy y atractivo que ver a una mujer intentando con todas sus fuerzas desesperadas no besarme.

Clara retira la mano de mi cadera, como si mi ropa quemara, y da un paso atrás levantándose, recuperando el control de su cuerpo a duras penas.

—Ya hemos terminado por hoy —afirma, con una voz que suena demasiado firme e impostada como para resultar natural—. Puedes irte directa a los vestuarios a darte una ducha.

Me incorporo muy despacio en la colchoneta, apoyándome sobre los antebrazos con total tranquilidad, y disfruto al máximo de su visible incomodidad.

Echo un rápido vistazo de reojo hacia los ventanales del campo exterior, calculando en silencio cuánto tiempo exacto tardarán mis compañeras del primer equipo en terminar las series y llegar en tropel a la zona de las duchas comunes.

Me pongo de pie con agilidad, clavando mis ojos en los suyos con una sonrisa de lo más canalla.

—¿Y por qué no vamos y la disfrutamos juntas? —le pregunto, refiriéndome a la ducha de una forma deliberadamente ambigua, picante y peligrosa.

El silencio absoluto se extiende entre las dos como una bofetada.

Perfecto. Brillante. La frase queda suspendida en el aire del box con toda la mala intención del mundo.

No es solo una provocación barata por mi parte.

Es curiosidad pura. Es deseo real que me quema.

Es la necesidad profundamente irresponsable de saber qué demonios haría Clara Valle si por fin dejara de esconderse como una cobarde detrás de su impecable y aburrida profesionalidad médica.

Ella no me responde absolutamente nada. Veo cómo sus dedos se cierran alrededor de la tablet con demasiada fuerza, dejando los nudillos blancos.

La línea de su mandíbula se tensa apenas un poco y el vaivén acelerado de su respiración en el pecho la delata muchísimo antes de que pueda articular una sola palabra para echarme de allí.