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Contacto de riesgo

Alicia

Es muy irónico descubrir que una de las personas que más consigue alterarme el pulso y ponerme de los nervios en este bendito país no es una rival agresiva en el terreno de juego, ni una entrenadora obsesionada con controlar lo que como, ni siquiera algún periodista pesado empeñado en convertir mi vida nocturna en un titular de la prensa rosa.

No, señor. Es una maldita fisioterapeuta.

Una mujer de ojos oscuros e infinitos, paciencia bastante limitada conmigo y una peligrosa y excitante tendencia a mirarme de arriba abajo como si fuera un puzle complejo que pudiera desmontar pieza por pieza con solo chasquear los dedos.

Sinceramente, todo esto me parece una falta de respeto gravísima por parte del destino y una burla directa a mi soltería.

Esta mañana he llegado a la ciudad deportiva del Ravenhill FC muchísimo más temprano de lo que es habitual en mí.

Mi cuerpo todavía arrastra el cansancio de los ejercicios de rehabilitación del día anterior y mi rodilla izquierda protesta sin descanso a cada paso que doy.

El cielo está completamente cubierto por un manto de nubes, de un gris limpio y silencioso que amenaza con romper a llover con fuerza en cuestión de pocos minutos.

La ciudad deportiva del club despierta a estas horas con esa energía tan particular de los lugares de élite donde la exigencia no duerme jamás: el personal de mantenimiento cruza los pasillos a toda prisa, se escucha el sonido lejano y amortiguado de los balones golpeando contra el césped húmedo, los gritos del cuerpo técnico organizando los horarios de los campos y esa electricidad constante en el ambiente, como si todos los presentes respirásemos al ritmo frenético de la alta competición.

Entro de lleno en el área médica del club sosteniendo una botella de agua fría en la mano derecha y con la bolsa deportiva colgada con desgana sobre el hombro.

Para mi sorpresa, el míster sale en ese preciso instante del box principal de rehabilitación y se me queda mirando fijamente, estupefacto:

—¿Pero bueno, esto qué es? ¿Estamos ante un milagro divino? —me suelta con sorna, consultando su reloj de pulsera con evidente curiosidad—. Has llegado clavada a tu hora, Alicia.

—No te vayas a acostumbrar, Hugo. He llegado antes porque me he levantado con un humor excelente —le respondo dedicándole una media sonrisa pícara mientras dejo caer la mochila al suelo con un golpe seco.

Él niega con la cabeza con resignación, aunque sé que le caigo bien porque no puede evitar esbozar una sonrisa cómplice.

—Clara está esperándote ahí dentro. Y antes de que me sueltes alguna de tus réplicas, sí, he venido en persona a revisar cómo van las cosas con tu tratamiento porque, a diferencia de ti, yo sí me preocupo de que estés disponible y al cien por cien para la primera jornada de liga.

—Vaya, qué absoluta suerte la mía. Tanto amor y tanta preocupación, pero qué mal repartidos están en este vestuario.

El entrenador me da una palmada afectuosa en el hombro, da un paso hacia mí y me habla entornando los ojos, adoptando un gesto muchísimo más serio de lo normal.

—Hazle caso en todo lo que te pida, Alicia. Te lo digo muy en serio. No la cabrees más de lo estrictamente necesario, que esa mujer cuando se enfada tiene un peligro terrible.

Miro disimuladamente por encima de su hombro hacia el interior de la sala.

Ahí está Clara, revisando concentrada unos datos en la tablet táctil, de pie junto a la camilla de masajes.

Incluso desde la distancia, tiene esa forma tan insoportable y elegante de imponer orden y perfección a su alrededor sin mover un dedo.

Lleva puesto el uniforme negro del club que le sienta de miedo, el pelo oscuro recogido hoy en un moño desenfadado en la nuca y esa expresión seria de no estar teniendo precisamente el mejor de sus días.

—Oye, míster, eso que me dices suena a amenaza —comento cruzándome de brazos con chulería.

—Lo es, delantera, lo es —me afirma él dedicándome una última sonrisa antes de dar la vuelta y desaparecer a buen ritmo por el pasillo.

Inspiro hondo, me coloco bien la camiseta y entro en el box pisando fuerte. Clara levanta la vista de la pantalla apenas un segundo al escuchar mis pasos, aunque sus ojos oscuros se anclan directamente a los míos en una mirada que me parece de lo más deliciosa.

—Vaya, qué sorpresa. Pensé que a estas horas quizá estarías huyendo del país en un avión privado para escaquearte —me suelta con un tono de voz totalmente neutro.

Dejo la botella de agua sobre la mesa auxiliar de aluminio, me encojo de hombros con desparpajo y me acerco a ella con paso lento.

—No te voy a mentir, lo consideré seriamente durante la noche. Pero en el aeropuerto me dijeron que las órdenes de alejamiento por acoso médico tardaban demasiado tiempo en tramitarse.

La comisura de su boca se mueve apenas un milímetro hacia arriba. No llega a ser una sonrisa completa, pero ya conozco lo suficiente sus reacciones como para reconocer una grieta evidente en su estricto autocontrol.

—Siéntate de una vez —me indica apuntando con el dedo hacia la camilla alta.

—Madre mía... Siempre tan dulce, tan atenta y tan romántica conmigo.

—Y tú tan sumamente agotadora a todas horas —me replica al instante, sin perder ni un solo segundo en el intercambio de dardos.

Me subo y me siento en el borde de la camilla sin chistar lo más mínimo, y ese comportamiento tan dócil le parece de inmediato demasiado sospechoso. Clara es una lince y lo nota absolutamente todo.

—No me gusta un pelo cuando me obedeces a la primera y sin oponerte a lo que te pido —murmura entre dientes mientras desliza el dedo por la pantalla de la tableta revisando mis gráficas—. Me hace pensar que esa cabecita tuya está planeando alguna jugarreta.

—Oye, eso que dices me duele en el alma, Clara. Si yo soy un libro abierto, puramente transparente.

Ella suelta una exhalación breve por la nariz que suena demasiado parecida a una risa contenida, y ver ese amago de diversión me resulta insoportablemente atractivo.

Porque me encanta sacarla de su papel. Me gusta demasiado hacerla sonreír.

Y yo, que suelo ser un alma libre, no acostumbro a permitirme este tipo de tonterías con cualquiera.

A mí no me van los juegos lentos de seducción, ni esa clase de intimidad incómoda que te remueve por dentro, ni las personas que te empujan a cambiar las piezas defectuosas de tu personalidad.

Yo siempre resuelvo las cosas por la vía rápida, con impacto, sexo divertido y huyendo si la situación se pone demasiado seria.

Pero Clara Valle no me permite aplicar ninguna de las cuatro opciones.

Se coloca físicamente justo frente a mí, entre mis piernas abiertas mientras permanezco sentada en el borde, y comienza a revisar con cuidado la movilidad y el juego de mi rodilla izquierda con la misma precisión milimétrica de siempre.

Sus manos son firmes, seguras, calientes y absolutamente profesionales sobre mi piel desnuda.

Sin embargo, incluso siendo tan rematadamente profesional, cada roce suyo me parece una provocación en toda regla.

Su palma sostiene con fuerza mi pierna por debajo.

Sus dedos presionan con una exactitud pasmosa los puntos exactos de la articulación.

La cercanía es total. Me llega directo el perfume limpio, fresco y sutil que desprende su piel.

Observo la concentración absoluta dibujada en su rostro perfecto, a escasos centímetros del mío.

—Flexiona un poco más el ángulo —me ordena con suavidad, ejerciendo una ligera presión.

Obedezco al instante. Me da un pinchazo tremendo que me hace ver las estrellas, pero aprieto los dientes y disimulo el dolor lo mejor que puedo ensanchando mi sonrisa.

Ella lo percibe al vuelo, por supuesto. A mí no me la cuela.

—Hazlo otra vez. Sin fingir.

—Qué mujer más insistente, de verdad —le susurro, mirándola fijamente a los labios.

—Y tú eres una mentirosa bastante mala y predecible —me repone al vuelo, sin apartar ni un segundo la mirada de mi rodilla.

La observo con una atención descarada, recorriendo con la vista su cuello.

—Oye, pues ese insulto te ha quedado hasta cariñoso, doctora.

—No confundas jamás un diagnóstico clínico con palabras de afecto, Alicia —me responde con una rapidez mental envidiable, aunque detecto un leve matiz tembloroso y diferente en su tono de voz.

—Demasiado tarde para advertirme, ya me he hecho ilusiones —murmuro bajando la voz.

Sus ojos oscuros se alzan de golpe hacia los míos.

Y ahí está otra vez. Ese bendito momento suspendido en el espacio.

Esa tensión absurda, densa y deliciosamente sexual que flota entre nosotras dos en este box, como si cada conversación que mantenemos caminara siempre por el borde afilado de un precipicio al que nos morimos por saltar.

Ella sigue trabajando en silencio durante unos segundos, intentando concentrarse en los ligamentos. Yo decido que es el momento perfecto para empeorar la situación, naturalmente. Es lo mío.

—Oye, Clara... ¿tienes pareja? —le pregunto a bocajarro.

El silencio que se apodera de la sala es inmediato y sepulcral. Clara no deja de moverme la rodilla, pero noto perfectamente cómo se instala una rigidez total en sus hombros.

—Ese detalle no es relevante para tu rehabilitación física —me contesta al fin, con una voz excesivamente controlada que no se cree ni ella.

—Bueno, eso que me acabas de decir no es un no.

—Tampoco es un sí.

—Entonces me queda claro que hay esperanzas para mí —insisto dedicándole una sonrisa pícara, juguetona y cargada de intenciones.

Ahora sí que se detiene, deja de tocarme la pierna y me mira directamente a los ojos. Lo hace con esa mezcla exacta de seria advertencia y cansancio que, dios me perdone, me parece indecentemente atractiva y provocativa.

—Alicia.

—Dime, Clara.

—No.

—¿No qué? Desarrolla la respuesta, por favor.