Última línea de defensa 4 #3
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Desvío la mirada hacia el gran ventanal del salón, donde las gotas de agua van trazando caminos irregulares y caprichosos sobre el cristal.

—No se trata de miedo a que me hagan daño otra vez —admito con un hilo de voz honesto.

—Entonces, ¿de qué narices se trata?

Tardo unos segundos largos en responderle. Porque en mi cabeza hay respuestas fáciles y políticamente correctas, y luego están las respuestas desnudas e hirientes, y esas, raras veces coinciden.

—Se trata de control, Dani —confieso al final, girándome para clavar mis ojos en los suyos—. De saber exactamente en qué milímetro termina mi terreno seguro y dónde empieza el desastre absoluto.

Dani asiente despacio con la cabeza, mostrando una comprensión absoluta que me reconforta.

—Y por lo que me cuentas, esa chica es un auténtico terremoto de escala ocho.

Suelto una risa seca, carente de humor pero llena de ironía.

—Qué va... Alicia Puertas no es un terremoto; ella es un incendio forestal con una sonrisa peligrosísima.

Cada vez que entra por la puerta de la sala de rehabilitación, el aire cambia de temperatura.

Me mira con un descaro... como si supiera exactamente lo que estoy pensando de ella en ese instante, y yo…

yo tengo que hacer el papel de mi vida y fingir que solo soy una fría fisioterapeuta haciendo su trabajo.

—¿Y se puede saber qué es lo que piensas exactamente cuando la miras fijamente a los ojos? —me pincha con una sonrisa cómplice.

En ese momento pienso inevitablemente en Alicia, en la curva tentadora de su cuello cuando inclina la cabeza con chulería, en cómo sus músculos firmes se tensan de forma deliciosa bajo mis manos cuando le hago los ejercicios de resistencia en la camilla, y en ese leve y sexy jadeo que escapa de sus labios cuando el dolor es mucho más intenso de lo que su orgullo le permite admitir en voz alta.

—Pienso que es una mujer peligrosísima —respondo con total honestidad—.

Porque me obliga constantemente a salir de mi zona de confort profesional, esa en la que siempre tengo el control absoluto de la situación.

Con ella me descubro a mí misma siendo dolorosamente consciente de cosas que no tienen nada que ver con la medicina, y eso... eso es peligrosísimo para mi cordura.

—Pero no vas a cometer ninguna locura estúpida de la que arrepentirte, ¿verdad?

—Eso ya lo sé yo. Mi gran problema en la vida nunca ha sido cometer locuras estúpidas, Dani. Mi verdadero problema es sentir cosas intensas por dentro y tener que fingir de cara al exterior que no existen.

Me quedo callada durante un instante, procesando mis propias palabras en voz alta y asustándome un poco de mí misma.

La simple idea de saber que mañana por la mañana tengo que volver a verla en la clínica ya me altera el pulso a unos niveles ridículos.

Todavía sigo escuchando en bucle su voz ronca y sensual diciéndome al oído: «Entonces espero de corazón que estés muy bien preparada para todo lo que se te viene encima, doctora...

incluso para terminar enamorándote de mí» .

Y lo peor de todo este asunto no es la provocación chulesca en sí.

Lo verdaderamente preocupante es que me quedé completamente en blanco y no tuve una respuesta ingeniosa que soltarle para cerrarle la boca.

Dani levanta la mano derecha de pronto y me da un tierno golpecito con el dedo en la punta de la nariz, sacándome de mis pensamientos.

—Escúchame una cosa, Clara. Solo hazme un pequeño favor de amigo. Si de verdad vas a mandar a tomar por saco tu impecable estabilidad emocional por culpa de una delantera salvaje, sexy y problemática, al menos asegúrate de que el viaje valga la pena.

Esta vez sí que me río con ganas, soltando una carcajada limpia y sonora.

—Definitivamente eres una pésima influencia para mi vida profesional.

—Pero también soy tu influencia favorita del mundo —me replica él guiñándome un ojo con guasa.

Vaya si lo es. Sin ninguna duda.

La conversación cambia de rumbo después de eso.

Pasamos el resto de la velada hablando de su último y caótico proyecto arquitectónico, de un cliente millonario e insoportable que le está quitando la vida y de cómo el clima inglés parece no querer darnos una tregua jamás.

Pero incluso un buen rato después, cuando Dani se marcha a su casa y mi apartamento vuelve a quedar sumido en ese silencio sepulcral que tanto amo, Alicia sigue aquí metida.

Se queda flotando en el recuerdo de los últimos días.

En esa tensión eléctrica que todavía se respira en el aire del salón.

En ese problema que crece con cada hora que pasamos juntas.

Me sirvo una última y generosa copa de vino tinto y me quedo de pie junto al ventanal, observando las luces difusas de la ciudad bajo la lluvia.

Mañana tengo otra sesión privada con ella.

Otra hora entera de proximidad física peligrosa.

Otra batalla campal de orgullo, miradas descaradas y deseo contenido.

Y, dios me perdone, pero estoy deseando que llegue la hora de empezar.