Última línea de defensa 4 #2
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Apreto los labios con fuerza, arrepintiéndome de haber abierto esta caja de truenos, pero el vino y la confianza ciega que le tengo a este hombre me terminan soltando la lengua.

—Tiene una lesión fastidiosa en la rodilla izquierda que oculta y minimiza constantemente frente al entrenador.

Se niega en redondo a tratársela como dios manda porque se cree que admitir cualquier tipo de debilidad física equivale a desaparecer del mapa profesional.

Y a mí... bueno, el míster me ha encasquetado la papeleta de tener que trabajar con ella a solas en sesiones privadas y obligatorias todos los días.

—Y tú, como buena controladora emocional con título universitario, complejo de salvadora y años de experiencia esquivando flechazos, has decidido que vas a ser la heroína que la salve de sí misma —afirma Dani con una ceja arqueada a niveles imposibles.

—¡Yo no intento salvar a nadie! —protesto de inmediato, enderezándome en la silla y notando cómo me entran los calores.

—Claro que no, se me olvidaba —dice él destilando un sarcasmo divertidísimo—. Solo pretendes evitar por todos los medios que una futbolista cañón destruya su prometedora carrera por puro orgullo patrio. Todo muy profesional e imparcial por tu parte, sí, señora.

Dani apoya los dos codos sobre la mesa de madera y entrelaza las manos justo bajo su barbilla, observándome con una atención que me pone nerviosa.

—A ver, Clara... ¿Y la chica en cuestión está muy buena o qué?

Le clavo una mirada asesina que podría fulminar a un ejército entero, pero él se limita a sonreír ampliamente.

—Muy bien, ese silencio sepulcral tuyo también responde a mi pregunta, querida amiga.

—Dani, te estás pasando de la raya...

—Clara... —me imita él calcando a la perfección mi tono de advertencia.

Respiro hondo, haciendo girar el tallo de la copa entre mis dedos de forma nerviosa.

De manera inevitable, la imagen nítida de Alicia se me aparece sola en la mente: la recuerdo con el pelo todavía húmedo tras la ducha del gimnasio, vistiendo esa camiseta de entrenamiento que se le pega a la piel marcando cada músculo y con esa forma tan absurda y magnética de invadir todo mi espacio vital; con la insolencia dibujada en sus facciones perfectas y esa mirada fija, oscura y descarada que parece desnudarme sin necesidad de tocarme.

«Maldita mujer de armas tomar», pienso para mis adentros.

—Es una tía insoportable, de verdad —sentencio finalmente en voz alta.

—Eso que me estás diciendo sigue sin responder a mi pregunta de si te atrae.

—Es tremendamente insoportable, altiva y descarada —insisto, intentando autoconvencerme a mí misma.

Dani suelta una carcajada breve, cálida y cargada de picardía que resuena en todo el salón.

—A mí no me puedes vender la moto, Clara.

Lo que te frustra y te saca de tus casillas no es que la chica sea insoportable.

Lo que te revienta por dentro es que tienes la obligación de mantener la bendita profesionalidad médica en lugar de arrancarle lo insoportable a base de besos bien dados y mordiscos salvajes.

Me quedo tan impactada que estoy a un milímetro de atragantarme de mala manera con el sorbo de vino. Toso de inmediato.

—¡Por favor, dime que no acabas de soltar semejante barbaridad en mi propia casa!

—Lo acabo de decir en voz alta y, además, sé perfectamente que tengo toda la razón del mundo. Se te nota en la expresión de la cara, Clara. Entre vosotras dos seguro que hay una química brutal, una tensión sexual que se corta con un cuchillo… y a ti te aterra como nada en este mundo.

Me levanto de la silla de golpe, más por la necesidad física de moverme y huir de sus verdades que por otra cosa. Noto perfectamente cómo el corazón me está latiendo a mil por hora contra las costillas.

—No tienes ni la más mínima razón —murmuro dándole la espalda y encaminándome a la cocina.

—Vaya si la tengo —afirma él levantándose también de la mesa para seguirme de cerca hasta la encimera—. Esa respuesta tuya sería muchísimo más convincente si no estuvieras agarrando ese cuchillo y cortando el pan como si te hubiera ofendido personalmente el panadero.

Miro fijamente el cuchillo que tengo empuñado en la mano derecha, me doy cuenta de la fuerza con la que lo sujeto y lo dejo a un lado sobre la tabla con sumo cuidado, como si quemara.

—No va a pasar absolutamente nada entre esa jugadora y yo, te lo aseguro —sentencio con voz firme.

—Pero si yo no he dicho en ningún momento que tenga que pasar algo. Solo es una simple observación de un espectador externo.

—Lo estás insinuando con esa sonrisita tuya.

—No, no insinúo nada. Lo que te estoy diciendo claramente es que llevas un montón de años escondiéndote detrás de tus horarios del trabajo como si el simple hecho de sentir algo por una mujer fuera una negligencia profesional imperdonable.

Y esa delantera parece haber encontrado la primera gran grieta en tu armadura de hielo.

La cocina se queda sumida en un silencio espeso durante unos instantes. Apenas se escucha el rumor constante de la lluvia azotando los ventanales de fuera y el sonido acompasado de nuestras respiraciones.

—No necesito este tipo de terapia psicológica exprés un martes por la noche, Dani.

Él suaviza su gesto burlón, da un paso hacia mí y me pone una mano cariñosa sobre el hombro.

—Lo sé, Clara. Pero también sé de sobra que desde que pasó lo tuyo con Charlotte no permites que nadie, absolutamente nadie, se te acerque de verdad.

Ni siquiera un poquito. Y entiendo los motivos, de verdad que los entiendo porque estuve ahí para recoger tus pedazos.

Aquella relación te dejó una marca muy fea.

Pero lo que no puedes hacer es convertir una mala historia del pasado en una condena perpetua para tu corazón. No es justo para ti.