Última línea de defensa 4
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Romper el bloqueo

Clara

Desde hace años sé que el silencio es mi mejor mecanismo de defensa.

No me refiero al silencio incómodo de quien no sabe qué decir en una reunión, sino a ese otro mucho más sofisticado, estratégico y selectivo; el que me sirve para mantener al resto del mundo a una distancia prudente y segura.

Ese muro invisible que impide que las preguntas indiscretas de los demás encuentren respuestas inconvenientes por mi parte.

Yo vivo divinamente así, instalada de lleno en una rutina milimétrica, y en esas cenas tranquilas en las que nadie espera de mí grandes confesiones emocionales y donde el buen vino se termina con la misma naturalidad con la que otras personas expresan su afecto.

Mi trabajo está primero. Siempre. Es una norma vital sencilla, clara, precisa y, sobre todo, segura.

Por eso mismo me irrita que Alicia, haya encontrado la rendija exacta para instalarse dentro de mi cabeza, segurísima de que terminaré adaptándome a ella por las buenas o por las malas.

Solo llevo tres días con el seguimiento diario de sus sesiones privadas de rehabilitación y ya siento que mi paciencia ha envejecido diez años de golpe.

Es bastante tarde cuando por fin llego a mi casa.

Ha estado lloviendo a mares durante toda la tarde y las aceras conservan ese brillo húmedo y oscuro tan típico de Inglaterra.

Subo los escalones de mi edificio notando el cansancio físico adherido a mi espalda y sosteniendo las llaves frías entre los dedos.

En cuanto abro la puerta de entrada, el aroma relajante del incienso de sándalo que siempre dejo encendido en el salón me envuelve los sentidos de inmediato.

Mi casa es un espacio amplio, sobrio y luminoso, con unos grandes ventanales que enmarcan la noche británica.

Un sofá de diseño gris, estanterías impecables alineadas por colores y una cocina americana abierta donde cada maldito objeto ocupa, faltaría más, el lugar exacto que le corresponde.

Orden. Necesito orden mental con urgencia. Y esta noche, después de aguantar las miradas de cierta delantera, lo necesito más que nunca en mi vida.

—Si sigues tardando tanto tiempo en volver, voy a terminar asumiendo que tienes una doble vida secreta y que en realidad trabajas como cirujana para la mafia rusa —me suelta Dani desde la cocina en cuanto escucha el clic de la cerradura.

Sonrío de inmediato, dejo la mochila del club sobre el suelo del recibidor y me quito el abrigo con lentitud, disfrutando como una enana del bendito alivio de estar por fin en mi territorio seguro.

—Siento mucho decepcionarte, pero te va a tocar asumir que mi vida real es muchísimo menos interesante y glamurosa —levanto la voz para que me oiga bien mientras me descalzo los zapatos y los coloco en su sitio exacto, alineados junto a la puerta.

—No sé yo qué decirte. Las fisioterapeutas con esa cara de mujer de hielo inaccesible soléis esconder los secretos más turbios y picantes del planeta. O al menos eso espero de corazón, porque si no, mi valiosa amistad contigo sería un auténtico desperdicio absoluto para mis cotilleos.

Me adentro en la cocina y lo encuentro sirviendo dos generosas copas de vino tinto con la absoluta familiaridad de quien no necesita pedir permiso para abrir mis armarios.

Dani es una de esas poquísimas personas que sobreviven invictas a todas mis versiones, incluso a las más insoportables.

Nos conocemos desde los caóticos años de la universidad, cuando ambos éramos mucho más jóvenes, insultantemente arrogantes y todavía creíamos con fe ciega que los problemas del amor podían resolverse con pura lógica, inteligencia y un buen plan estratégico.

Ahora él se dedica a la arquitectura con bastante éxito, lleva unas gafas de pasta negra que sospecho que no necesita realmente para suprimir su miopía y posee el don, profundamente irritante, de leerme el pensamiento mejor que nadie en este mundo.

Lo odio con todas mis fuerzas por eso. Y justo por eso mismo lo quiero tanto.

—Veo que has vuelto a invadir mi propiedad privada sin avisar, sinvergüenza.

—He cocinado un plato de pasta espectacular y te lo he traído calentito. Técnicamente, soy un benefactor social de tu salud mental. O un intruso con derecho a roce y beneficios culinarios, según se mire —añade dedicándome una sonrisa pícara y un guiño de ojo.

Yo observo la encimera de la cocina con un escepticismo monumental.

—A mí no me engañas. Ese envase me dice que esa pasta parece sospechosamente comprada en el restaurante italiano de la esquina.

—Oye, no me destruyas la fantasía de chef internacional, Clara, por favor. Déjame al menos fingir ante ti que soy un partido genial y un hombre de hogar.

Me río por primera vez en todo el santo día y me apoyo relajada contra la isla de la cocina mientras él me entrega la copa de vino tinto. El primer sorbo es un bálsamo cálido y delicioso que se extiende directo por mi pecho, aflojándome los músculos tensos.

—Gracias por estar aquí —murmuro de corazón, mirándolo.

—De nada, guapa. Ahora, haz el favor de sentarte a la mesa y contarme de una vez por qué tienes esa cara de persona estresada que acaba de estar discutiendo a puñetazos con su propia conciencia durante las últimas horas.

Con los platos de pasta listos, nos acomodamos en la mesa del salón.

Vuelve a repiquetear la lluvia contra el cristal, y la ciudad parece mucho más lejana, casi etérea, desde nuestra altura.

La luz cálida de la lámpara que cuelga suspendida sobre nosotros crea un ambiente que invita a la confidencia.

Normalmente, hablar de cualquier cosa con Dani me resulta facilísimo.

Esta noche siento que las palabras se me atascan en la garganta y se resisten a salir.

Y es que el problema principal de mi insomnio tiene nombre propio, unas piernas de infarto y una sonrisa chulesca que me resulta del todo insoportable.

Intento concentrarme con todas mis fuerzas en la cena, en el sabor de la salsa, en el retrogusto del vino.

En cualquier detalle que no implique evocar la imagen mental de Alicia apoyada con descaro en la camilla de rehabilitación, mirándome fijamente como si cada maldita conversación entre nosotras fuera una provocación privada y un juego perverso del que solo ella conoce las reglas del juego.

Pero no hay manera. No me funciona el autoengaño.

—A ver, ¿se puede saber en qué planeta estás ahora mismo? —me pregunta Dani de pronto, deteniendo el tenedor y haciéndolo girar entre los dedos con lentitud—. Porque físicamente estás sentada cenando conmigo, sí, pero mentalmente pareces estar orbitando en una galaxia muy lejana.

Levanto la vista del plato, me topo con su mirada inquisitiva y suelto un suspiro tremendo.

—No me pasa nada, en serio. Solo estoy dándole vueltas a un asunto complicado del trabajo en el club.

Él le da un sorbo a su copa sin apartar sus ojos analíticos de mí ni un solo milímetro.

—¿Le estás dando vueltas a un asunto complicado del trabajo o le estás dando vueltas a alguien muy complicado del trabajo? A mí no me intentes colar una de tus mentiras piadosas, Clara Valle, que te tengo demasiado calada.

Suspiro todavía más profundamente esta vez, rindiéndome a la evidencia, y dejo el tenedor sobre el plato con un tintineo seco.

—No empieces con tus teorías, Dani, te lo pido por favor.

—Uy, si no me lo niegas de inmediato y con indignación, puedo tomarme eso como una confesión de culpabilidad en toda regla.

Me recuesto en el respaldo de la silla, me cruzo de brazos sobre el pecho y adopto mi mejor pose de indiferencia.

—De verdad, que no es nada del otro mundo.

Dani sonríe de oreja a oreja con esa calma exasperante del que sabe a la perfección que acaba de ganar la partida y me ha acorralado.

—Esa maldita frase de «no es nada» debería estar terminantemente prohibida por la ley del tribunal del cotilleo. Nadie la usa cuando realmente no pasa nada. Venga, suéltalo ya, pesada. ¿Qué ha pasado en esa ciudad deportiva?

Niego con la cabeza con resignación, aunque una parte de mí ya sabe de sobra que tenía esta conversación perdida desde el mismísimo momento en que metí la llave por la puerta.

—A ver... Hace unos días que llegó una nueva jugadora estrella al equipo, un fichaje millonario —empiezo a relatarle, intentando elegir cada palabra con sumo cuidado para no delatarme.

—Ah... —responde él al instante, cargando esa simple sílaba de mil intenciones ocultas.

—No hagas ese ruidito con la boca, que te conozco.

—¿Qué ruidito? —pregunta poniendo una cara de inocencia que no se cree ni él.

—Ese. Ese tono de persona insoportablemente interesada en ver cómo se desmorona mi perfecta estabilidad emocional.

—Continúa con el informe, por favor, que me dejas en ascuas. ¿Cómo es la criatura? ¿Es guapa? ¿Es de las que dan problemas en el vestuario? Dame detalles jugosos, mujer.

Lo miro con cara de auténtico agotamiento psicológico y me bebo otro buen trago de vino antes de continuar con mi confesión.

—Es la nueva delantera centro del equipo.

Es buenísima, una auténtica fuera de serie en el campo, probablemente una de las mejores de toda Europa ahora mismo.

Pero también te digo que es la tía más arrogante, indisciplinada y desafiante que he conocido nunca.

Tiene una habilidad sobrenatural para poner a prueba mi paciencia profesional y llevarla hasta unos límites salvajes que yo ni siquiera sabía que existían en mi cuerpo.

Dani deja el tenedor sobre la mesa de golpe y se inclina emocionado hacia adelante, apoyando los antebrazos, claramente entretenido con mi drama.

—Me parece perfecto todo lo que me cuentas. Oficialmente ya estoy perdidamente enamorado de ella sin conocerla. ¿Cómo se llama el pibón?

—No bromees con esto, que es serio —le advierto, fulminándolo con la mirada.

—Yo no bromeo en absoluto, eres tú la que está intentando desviar el foco para no entrar en materia. Sigue contando.