Última línea de defensa 3 #3
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—A partir de hoy mismo, Alicia se va a someter a un programa de sesiones de rehabilitación obligatoria y de carácter diario bajo tu supervisión directa, Clara. En camilla y en gimnasio.

Giro la cabeza de golpe, abriendo los ojos como platos.

—¿Perdón? ¿Cómo que obligatorio y diario?

—Has oído perfectamente, Alicia. No tengo problemas de dicción.

—¡Que estoy perfectamente para entrenar con el grupo! —insisto, subiendo el tono de voz.

Clara suelta una exhalación breve a mi lado, un sonido que denota que su paciencia divinal se está agotando por momentos con mis niñerías.

Hugo continúa hablando con Clara como si yo fuera un fantasma o un mueble del gimnasio:

—Control estricto de cargas de trabajo, seguimiento médico diario e inmediato, y una reducción parcial de la intensidad en los entrenamientos de campo hasta nuevo aviso. Y no quiero escuchar ni una sola discusión al respecto por tu parte, Alicia.

—¡Pero si eso es completamente ridículo y una exageración! —protesto enérgicamente, plantando el pie en el suelo como una niña pequeña en mitad de una pataleta monumental.

—De eso nada —interviene Clara de golpe, dándose la vuelta para mirarme de frente con una autoridad aplastante—.

Lo único ridículo aquí sería cruzarnos de brazos y esperar a que esa rodilla reviente en mitad de un partido oficial para empezar a actuar.

No pienso permitir que hagas esa locura, Alicia.

Ni como responsable del equipo médico de este club ni…

—se detiene un milisegundo, como si hubiera estado a punto de verbalizar algo prohibido— ni como la profesional que soy.

La fulmino directamente con la mirada, intentando transmitirle todo mi rencor. Ella ni parpadea.

—No necesito que me pongas una niñera las veinticuatro horas del día.

—Excelente —irrumpe Hugo con sorna—, porque te aseguro que Clara no tiene absolutamente ninguna vocación maternal y yo todavía menos.

Esto no es una sugerencia ni es negociable, Alicia.

Colaboras activamente con el servicio médico o te vas a quedar sentada en el banquillo de la grada viendo los partidos de la Premier durante muchísimo más tiempo del que te va a gustar. Tú verás lo que haces.

Incluso yo misma tengo que morderme la lengua para contener una sonrisa ante el comentario tan directo del viejo.

—Está bien, joder, acepto —refunfuño finalmente, cruzándome de brazos con desgana—. Sesiones diarias obligatorias. Rehabilitación intensiva. Todo suena muy pero que muy emocionante, de verdad.

Hugo asiente con la cabeza, visiblemente satisfecho por haber ganado el asalto.

—Me alegra enormemente ver este maravilloso espíritu colaborativo en nuestro fichaje estrella. Así da gusto.

—No abuse de su desbordante fantasía, míster —murmuro entre dientes.

En cuanto el entrenador sale del gimnasio cerrando la puerta tras de sí, el silencio absoluto regresa a la sala, volviéndose muchísimo más denso, espeso y cargado que antes.

Clara y yo nos quedamos solas otra vez. Demasiado solas, para ser exactas.

La miro de reojo. Ella sostiene la carpeta de cuero apretada contra el pecho, adoptando una expresión bastante más seria y distante de lo habitual en ella.

Hay tensión en el ambiente, una tensión palpable, sí...

pero también hay algo más flotando en el aire. Algo adictivo.

Dibujo una sonrisa muy despacio en mis labios. Porque si voy a estar obligada por contrato a verle esa cara tan bonita todos los benditos días de la semana, al menos pienso encontrar formas increíblemente interesantes y divertidas de sobrevivir a la tortura.

—Vaya, vaya... Sesiones diarias y privadas contigo —le digo, agachándome para recoger mi bolsa de deporte del suelo con sumo cuidado—. Con tanta insistencia, voy a empezar a sospechar que estás un poquito obsesionada conmigo y con mi físico.

Por primera vez desde que la conozco, veo cómo una verdadera sonrisa, de esas auténticas y gamberras, amenaza con romper su férreo control profesional. Es una sonrisa pequeña, peligrosa, pícara y absolutamente hermosa.

—Y yo empiezo a sospechar muy seriamente —me responde, dando un paso lento hacia donde estoy— que conseguir rehabilitar esa rodilla tuya va a requerir de mí muchísima más paciencia de la que tengo disponible en mi contrato.

Pero mira, resulta que me apasionan los retos difíciles, y estoy totalmente dispuesta a intentarlo contigo.

Me cuelgo la mochila al hombro, camino decidida hacia la puerta de salida y me giro solo una última vez para mirarla, sintiendo el corazón latiéndome desbocado en el pecho como un caballo desbocado.

—Entonces espero de corazón que estés muy bien preparada para todo lo que se te viene encima, doctora... incluso para terminar enamorándote de mí.

Salgo disparada al pasillo antes de darle tiempo a articular cualquier respuesta cortante.

Pero mientras camino a zancadas por los pasillos del club, con la rodilla izquierda protestando a cada paso y el corazón comportándose como un absoluto y soberano idiota, sé perfectamente que esto acaba de dejar de ser una simple discusión médica por una lesión para convertirse en algo muchísimo más personal, divertido y peligroso.