Última línea de defensa 3 #2
12%

3 #2

—Y yo llevo un montón de años recogiendo del suelo los pedazos rotos de deportistas brillantes que se creyeron inmortales y pensaron que podían ganarle la batalla al desgaste físico por puro ego —me replica, y esta vez su tono de voz suena menos frío, más humano, cargado de una insistencia casi desesperada—.

Grábate esto en la cabeza: no me interesa lo más mínimo controlarte la vida, Alicia.

Lo único que me interesa de verdad es que no te destruyas tú sola.

Porque ya he visto lo mucho que duele tener que recoger esos pedazos cuando ya es demasiado tarde para arreglarlos.

Su tono ha cambiado. Ya no es la jefa médica inaccesible.

La preocupación, cuando se muestra de una forma tan real y descarnada, resulta infinitamente más difícil de combatir y esquivar que la pura autoridad militar.

La miro fijamente, en absoluto silencio.

Estamos demasiado cerca. A esta distancia puedo distinguir a la perfección el perfume limpio, fresco y sutil que emana de su piel, notar el leve cansancio en el fondo de sus ojos y ver la forma exacta en que contiene la respiración en su pecho cuando se enfada conmigo.

Todo en esta mujer es puro control, orden y contención.

Y yo, que soy un peligro público, tengo un talento innato y una atracción fatal por querer romper precisamente eso.

—¿Y qué pasa si resulta que no quiero que nadie venga a salvarme? —le pregunto bajando el tono de mi voz, dejándola en un susurro ronco, casi íntimo.

Clara sostiene mi mirada fija sin vacilar un ápice.

—Entonces, por lo menos, ten la decencia de no obligarme a tener que ver cómo te caes con todo el equipo pudiendo evitarlo yo ahora.

La frase me impacta de lleno en un lugar de mi pecho que no me esperaba para nada.

Porque eso que acaba de soltar no ha sonado profesional.

No del todo. Ha sonado terriblemente personal, intenso y visceral.

Y eso, viniendo de la implacable Clara Valle, me descoloca.

Trago saliva con evidente dificultad, notando la garganta seca.

Mi cerebro, en un intento profundamente irresponsable y gamberro de empeorar la situación, decide concentrarse en la increíble cercanía de su boca.

En cómo demonios se vería esa misma expresión tan severa si no estuviera enfadada conmigo.

En lo mucho que me está encendiendo por dentro que me hable de esa manera, con esa mezcla tan brutal de firmeza indomable y cuidado genuino.

—Te preocupas demasiado por mi bienestar físico teniendo en cuenta lo rematadamente mal que te caigo —murmuro, completamente hipnotizada por sus ojos.

Las pupilas de Clara descienden durante un brevísimo instante directo hacia mi boca.

Es solo un segundo, un parpadeo, pero lo capto al vuelo.

Lo veo perfectamente. Y en ese preciso instante, el aire que respiramos en el gimnasio cambia de densidad.

Es algo mínimo, casi imperceptible para cualquiera, pero está ahí.

Una tensión eléctrica, incómoda, brillante y deliciosamente sexual.

La clase de silencio espeso que no pertenece, ni de coña, a una consulta médica ordinaria.

Clara da un paso más hacia mí. Ahora ya estamos físicamente demasiado cerca como para seguir fingiendo una normalidad profesional que saltó por los aires hace rato.

—No pienso permitir bajo ningún concepto que arruines tu brillante carrera solo por un estúpido arranque de orgullo —dice muy despacio, sin desviar la vista de mis ojos—.

Tu cuerpo es tu única arma en el campo, Alicia.

Y si lo traicionas de esa manera, si lo llevas constantemente al extremo más absoluto, un día no muy lejano dirá basta de golpe.

Y yo no quiero ser la persona que tenga que recordártelo cuando estés sentada en una silla de ruedas y ya no haya marcha atrás.

Siento el pulso latiéndome con una fuerza brutal en la base de la garganta.

Sé que debería estar discutiendo con ella ahora mismo.

Sé que debería estar respondiéndole con uno de mis habituales comentarios sarcásticos, poniendo distancia de por medio y activando cualquiera de mis mecanismos habituales de defensa.

En lugar de hacer lo correcto, estoy demasiado ocupada disfrutando del calor abrasador de su presencia y preguntándome cosas que van totalmente en contra del código ético del club.

Porque esta mujer me provoca una serie de reacciones físicas que me hacen olvidar cómo se supone que debo funcionar como una adulta responsable. Y eso es un problema.

Inclino apenas la cabeza hacia adelante, reduciendo aún más los escasos milímetros que nos separan.

—¿Siempre le hablas con esta intensidad a todos tus pacientes o es que yo estoy recibiendo un trato especial de la casa? —le suelto con voz pícara.

Su ritmo respiratorio cambia. Lo noto perfectamente en la forma en que se eleva su polo del club.

—No confundas las cosas, te lo advierto —me avisa, aunque su voz suena en este momento muy poco convencida de sus propias palabras.

—¿Y qué pasa si resulta que me apetece muchísimo confundirlas? —insisto, estirando la cuerda y empujando los límites de su paciencia.

« Dios mío de mi vida... ¿Por qué demonios acabo de decir eso en voz alta?

», me recrimino por dentro. Pues porque soy una provocadora nata, qué narices.

Porque me encanta empujar las líneas rojas.

Porque necesito saber, debajo de toda esta aparente discusión médica, ella también está sintiendo el mismo incendio forestal que me quema a mí por dentro.

Clara abre la boca para responderme, con los ojos encendidos. Sin embargo, no llega a articular ni una sola palabra.

—Vaya, vaya... Espero no estar interrumpiendo ninguna consulta médica de vital importancia para el futuro del club.

La voz ronca y potente del míster, Hugo Salvatierra, cae de golpe sobre nuestras cabezas como un auténtico cubo de agua helada. Nos separamos la una de la otra con una rapidez tan sospechosa que resulta hasta ridículo.

Hugo entra de lleno en el gimnasio sosteniendo una carpeta de plástico bajo el brazo y luciendo una expresión socarrona que me dice claramente que ha visto muchísimo más de lo que debería.

Es un hombre extremadamente observador y con un colmillo muy retorcido, lo cual, en este preciso instante, me parece una auténtica desgracia divina.

—Solo estábamos realizando una revisión rutinaria de movilidad articular, míster —salta Clara demasiado rápido, ajustándose la bata con nerviosismo.

Él arquea una ceja poblada con un escepticismo que da hasta miedo.

—Por supuesto. Se os veía muy concentradas en la articulación, desde luego.

Yo decido que mirar fijamente la pared de enfrente con una intensidad digna de estudio científico es la mejor manera de intentar recuperar la compostura de estrella indomable. «Que la tierra me trague.»

Hugo abre su carpeta sin añadir más leña al fuego y empieza a revisar unos documentos impresos.

—Bien, vayamos al grano. He estado leyendo con detenimiento los informes preliminares que me enviaste anoche a última hora, Clara, y también he tenido una larga charla con el preparador físico del equipo.

Te lo digo ya: el estado real de esa rodilla izquierda de Alicia no me gusta absolutamente nada.

Por mucho que tú, en tu informe, intentes venderme tranquilidad y paños calientes para no alarmar a la directiva —comenta mirando fijamente a Clara.

Yo suelto una exhalación profunda y cruzo los brazos, harta del dramatismo.

—No dramatice tanto, entrenador, por favor. Que no es para tanto.

—Yo no dramatizo nunca, Alicia; yo simplemente trabajo a diario con delanteras estrella que se creen que son inmortales hasta que se rompen —me responde él con una media sonrisa bastante cansada—.

Una descripción que, por cierto, te viene como anillo al dedo teniendo en cuenta las circunstancias actuales, las cosas como son.

Me ignora con un desprecio profesional absoluto y continúa hablando, dirigiéndose de nuevo a la fisio: