Última línea de defensa 3
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Zonas de fricción

Alicia

Mentir se ha convertido en una forma de vida para mí.

Después de hacerlo prácticamente a todas horas y frente a todo el mundo, la mentira se ha instalado en mi rutina diaria hasta el punto de parecerme algo completamente normal.

Un sutil gesto de dolor contenido al bajar los escalones del autobús del equipo.

Una mueca de rabia mal disimulada al levantarme del banquillo tras un descanso.

O ese hábito tramposo, ya casi automático, de apoyar mucha más carga en la pierna derecha en cuanto noto que nadie me está observando.

He aprendido a convivir con el dolor continuo exactamente igual que se aprende a convivir con una fea cicatriz: primero te rebelas con rabia, después lo asimilas con pura resignación y, al final, terminas aceptando que forma parte indisoluble de lo que eres.

Mi rodilla izquierda lleva meses enteros mandándome señales pirotécnicas y recordándome que el cuerpo siempre, tarde o temprano, termina cobrándose las facturas de la alta exigencia.

Paso por alto los calambres nocturnos, los mordiscos agudos, los entumecimientos al enfriarme; me niego en redondo a escuchar los avisos de mi anatomía porque sé a la perfección lo que va a ocurrir si me detengo a prestarles atención.

No soy ninguna ingenua. En este circo del fútbol profesional no importa una mierda cuánto hayas dado en el pasado, ni cuántos partidos decisivos hayas salvado con un golazo a un segundo del pitido final, ni cuántas veces te hayas echado a la espalda a un equipo entero.

Aquí solo importa cuánto puedes seguir produciendo en el presente.

El rendimiento inmediato. La maldita utilidad.

Si dejas de ser útil para el marcador, dejas de existir para el club.

Así funciona este negocio. Siempre ha funcionado así.

Y yo no tengo la más mínima intención de convertirme en otra de esas delanteras brillantes que ven truncada su carrera deportiva demasiado pronto.

No después de todo lo que he sacrificado desde niña. No ahora que estoy en la cima.

Acaba prácticamente de empezar el día y me encuentro sola en el gimnasio de recuperación de la ciudad deportiva, terminando una exigente sesión de trabajo funcional.

En teoría, todo esto debe servir para adaptarme mejor al ritmo físico del equipo inglés, aunque tanto el club como yo sabemos perfectamente que no es más que una forma elegante y sutil de vigilarme de cerca.

El Ravenhill FC no invierte una millonada histórica en una delantera como yo para descubrir a las primeras de cambio que ha comprado mercancía defectuosa.

El olor penetrante a caucho de los suelos, a desinfectante industrial y a sudor propio de deportistas impregna cada rincón del ambiente.

Afuera, para no perder la costumbre, llueve con una insistencia casi depresiva; el repiqueteo constante de las gotas golpeando con fuerza contra los enormes ventanales acristalados acompaña el zumbido monótono de las máquinas de correr y el eco lejano del entrenamiento del primer equipo, que se desarrolla bajo el diluvio en el campo exterior.

Me dejo caer a plomo en un banco de musculación, pasándome una toalla húmeda por el cuello para quitarme el sudor.

Mi rodilla izquierda late ahora mismo con un dolor sordo, profundo, insistente y cabrón.

Cierro los ojos con fuerza durante unos segundos, apoyo los antebrazos sobre los muslos y respiro muy despacio por la boca, intentando controlar esa punzada ardiente que sube directa desde la articulación hasta la cadera y se me extiende por toda la pierna como una corriente eléctrica.

—Si sigues ignorándola de esa manera, te garantizo que la inflamación no va a desaparecer por arte de magia, Alicia.

Abro los ojos de golpe sin necesidad de girarme para saber de quién se trata. Clara tiene la cualidad innata e increíblemente irritante de aparecer siempre pisando fuerte y destilando una seguridad aplastante en sí misma.

—Vaya, qué decepción —murmuro con un hilo de voz, manteniendo la cabeza baja un par de segundos antes de incorporarme para mirarla—. Empezaba a hacerme ilusiones y a pensar que hoy me concedería un pequeño respiro, doctora.

Clara está apoyada con chulería en el marco de la puerta de aluminio, sosteniendo una carpeta de cuero negro entre las manos.

Va impecable, como siempre: lleva unas mallas negras que le marcan unas piernas de infarto, combinados a la perfección con el polo oficial del club, el pelo oscuro recogido en su ya clásica coleta baja y esa expresión serena, analítica y misteriosa que parece diseñada en un laboratorio para desarmar a mentirosas profesionales como yo.

Es absurdamente atractiva, salta a la vista, y eso es, probablemente, lo más ofensivo y desestabilizador de toda esta situación.

Esboza una sutil sonrisa ladeada, lo justo para dejarme bien claro que no se trata, ni de lejos, de una sonrisa de simpatía.

—Yo también tenía unas expectativas muchísimo más altas para nuestra sesión de esta mañana, no te vayas a creer —responde con una calma que me saca de quicio.

—Pues qué pena, de verdad. Me temo que vas a tener que aprender a convivir día a día con la frustración, Clara.

Se adentra en el gimnasio sin dignarse a contestarme, caminando con esa pausa elegante que es fruto de su control absoluto sobre las situaciones.

Se detiene justo frente a mi banco, a escasos centímetros de mis rodillas, y me clava una mirada tan intensa que siento como si me estuviera haciendo una radiografía directamente debajo de la piel.

No me gusta un pelo. Bueno, en realidad no es que no me guste...

es que me acojona. Porque Clara no es como el resto de los médicos que he conocido en mi carrera.

Ella no se queda deslumbrada mirando a la estrella de las portadas; ella ve perfectamente mis grietas internas.

Y eso me resulta terriblemente incómodo.

—Tenemos que volver a repetir la evaluación física y de movilidad ahora mismo —dice al fin, dejando caer la carpeta de golpe sobre la camilla más cercana con un chasquido seco.

Levanto una ceja con ironía, mirándola desafiante de abajo arriba mientras me coloco las manos en las caderas.

—¿Ah, sí? ¿Qué pasa? ¿Es que la gran jefa médica del Ravenhill no confía plenamente en sus conclusiones preliminares de ayer?

La frase me sale con la precisión de un directo de izquierda bien entrenado. Ataque preventivo para marcar terreno: mi gran especialidad. Veo perfectamente cómo la línea de su mandíbula se tensa apenas un milímetro. Bien. Apúntame una pequeña victoria psicológica, morena.

—Confío plenamente y al cien por cien en cada una de mis conclusiones clínicas —me responde ella, cruzándose de brazos sobre el pecho e intensificando su postura rígida—. La única pieza de este puzle que no me inspira la más mínima confianza eres tú, Alicia.

Me pongo de pie muy despacio, apretando los dientes para ignorar el pinchazo inmediato y rabioso que me recorre la rodilla al estirar la articulación. El movimiento físico me acerca tanto a ella que casi puedo notar el calor que despide su cuerpo.

—Oye, pues dicho así, con esa voz tan sugerente, suena hasta romántico —ironizo, dándole una mirada descarada a sus labios.

—No todo en este maldito mundo gira en torno a tu ombligo, Alicia —me replica en voz baja pero con una firmeza que me hace tragar saliva.

—No, qué va, claro que no. Solo giran en torno a mí las sesiones médicas de urgencia, los informes confidenciales hiperdetallados y tus maravillosos discursos diarios sobre la disciplina, el orden y la responsabilidad profesional.

Clara descruza los brazos de golpe y da un paso decidido hacia adelante, rompiendo cualquier distancia de seguridad. El espacio que queda entre nosotras dos se reduce de una forma peligrosamente idílica.

—Giran alrededor de que eres la inversión económica más importante que ha hecho este club en toda su historia y estás actuando de manera suicida, como si tu cuerpo fuera de titanio e indestructible.

¿Quieres saber cuántas jugadoras con tu mismo talento he visto echar a perder sus carreras profesionales por hacer exactamente la misma estupidez?

Por negar lo que es evidente a los ojos de un ciego.

Suelto una risa seca, carente de gracia, aunque por dentro el corazón me empieza a latir con muchísima más fuerza y velocidad de la que estoy dispuesta a admitir en voz alta.

—Mi cuerpo es un asunto única y exclusivamente mío, doctora Valle. Yo decido hasta dónde lo exprimo.

—No cuando ese capricho compromete directamente a tu rendimiento en el campo y el trabajo de toda una plantilla que depende de tus goles —insiste ella, clavándome esos ojos oscuros sin apartar la mirada ni para pestañear—.

Y muchísimo menos cuando está en mi mano evitar que termines en una mesa de quirófano antes de que empiece la temporada por pura cabezonería.

Doy un paso más hacia ella, casi rozando su pecho con el mío en un plano puramente desafiante. Que note que no me achanto.

—Te voy a decir una cosa muy clarita, Clara.

Llevo muchos años escuchando a un montón de gente explicarme al milímetro lo que necesita de mí.

Entrenadores ambiciosos, directivos trajeados, patrocinadores que solo ven números…

todos ellos convencidos de saber perfectamente cómo debo correr, cómo debo respirar y cómo tengo que existir.

Así que vas a tener que perdonarme si no me emociona lo más mínimo sumar otra voz autoritaria a mi colección de sargentos.

Ella no retrocede. Ni un solo centímetro. Sostiene el impacto de mi cercanía con una entereza que, por algún oscuro motivo que mi cerebro prefiere no analizar, me gusta muchísimo más de lo que debería.