Última línea de defensa 2 #3
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—Eso me dices ahora mismo para ganarte mi confianza —contesta ella con una media sonrisa descarada, intentando recuperar a toda Alicia su tono provocador de siempre—. Pero es que resulta que todavía no sé si puedo confiar en ti del todo, doctora. Eres un misterio.

—Clara —la corrijo sobre la marcha y sin pensarlo dos veces, subiendo mis manos por su cuádriceps—. Aquí dentro de la clínica soy simplemente Clara. No necesito que me trates de manera formal ni con rodeos.

—Clara… —repite mi nombre en un susurro casi imperceptible, paladeando las letras de una forma que me hace recorrer un escalofrío por la espalda—. Suena demasiado suave, dulce y tierno para una mujer que va de estricta y dura por la vida.

Lucía, desde la distancia, suelta una risita disimulada que me obliga a poner cara de sargento y que decido ignorar olímpicamente para no perder la concentración.

Continúo con el examen exhaustivo, palpando con sumo cuidado los ligamentos colaterales y pidiéndole que realice pequeños movimientos de flexo-extensión pasiva.

Con cada roce directo de mis manos sobre su piel cálida y tersa, siento una tensión en el ambiente que va muchísimo más allá de una simple exploración médica.

Alicia responde sumisamente a cada una de mis indicaciones físicas, pero sus ojos verdes no se apartan de mi rostro ni un solo instante, analizándome, y eso provoca inevitablemente que mi propio cuerpo empiece a reaccionar de una forma que no me gusta un pelo. Siento calor bajo la bata.

—¿Te duele justo aquí? —le pregunto, aplicando una presión un poco más profunda en la inserción de la pata de ganso.

—Un poco… vale, joder, sí, ahí pincha bastante —admite a regañadientes, arrugando el entrecejo por el dolor—. Me molesta sobre todo cuando intento hacer un giro rápido sobre el eje o cuando tengo que frenar en seco en una carrera. Ahí noto como si se me fuera a salir.

—Eso explica perfectamente los datos incompletos que venían bailando en tus informes anteriores —le digo, retirando las manos y apuntando los datos en la tablet—.

Vamos a necesitar hacerte unas cuantas pruebas diagnósticas más completas, una resonancia de control y una ecografía de alta resolución esta misma tarde, pero a simple vista creo que podemos trabajar bien con esto.

No está tan sumamente destrozada como me temía al leer tu expediente. Hay esperanza.

Alicia dibuja de inmediato una sonrisa enorme, aliviada, y se recuesta un poco sobre los codos.

—¿Ves? Te lo dije, Clara. Eres una exagerada. Yo nunca miento con mi físico.

—Mi único trabajo aquí consiste en confirmar con datos científicos si lo que me dice tu boca es exactamente lo mismo que me está gritando tu cuerpo a través de los músculos —me limito a contestar con profesionalidad, señalando su rodilla izquierda con el bolígrafo—.

Aunque las imágenes de esta tarde serán las que nos den los datos verdaderos y detallados de lo que te pasa ahí dentro.

—Qué meticulosa, perfeccionista y controladora eres, Clara…

—susurra Alicia con un tono de voz íntimo, sin apartar esos ojazos de mí ni un segundo—.

Estoy segura de que cualquiera de tus otros compañeros médicos se habría conformado con mi palabra y me habrían dado el alta para entrenar mañana mismo.

—Pues entonces es una suerte para ti que te haya tocado conmigo, porque un jugador profesional suele silenciar y aguantar sus dolencias por puro orgullo hasta que su cuerpo dice basta y se rompe del todo —le suelto mientras tecleo con rapidez en la pantalla las órdenes para el laboratorio—.

Os creéis que sois superheroínas de cómic y que vuestros músculos, ligamentos o nervios no se resienten con la carga de partidos.

Pero a la más mínima dolencia que ignoras, la maquinaria perfecta se descompensa y entonces es cuando aparece todo lo demás: los esguinces graves, las roturas de cruzado...

lesiones críticas que te llevan directo al quirófano y a estar fuera de los terrenos de juego temporadas enteras. Y tú de eso ya sabes un rato, ¿no?

—Los mejores del mundo no nos podemos permitir el lujo de fallar en los momentos clave de la temporada, Clara. Hay mucha presión detrás —dice perdiendo la chulería por un momento.

—Tampoco os podéis permitir el lujo de hacer estupideces por puro ego. Así que necesito que colabores conmigo al cien por cien a partir de hoy. ¿De acuerdo?

Alicia me dedica una de sus sonrisas más desarmantes, una de esas que seguro tienen loquitos a todos sus seguidores en las redes sociales.

—Haré todo lo que esté en mi mano por ser una buena paciente. Te lo prometo.

El denso silencio que se forma en la sala justo después de sus palabras me ayuda a confirmar, con un nudo en el estómago, mi peor temor de la mañana: Alicia Puertas no va a traer solamente problemas, discusiones y revolución al vestuario del Ravenhill FC.

También va a traer un terremoto absoluto a mi vida personal y a mis esquemas estructurados, y lo peor de todo, lo que me da auténtico pánico, es que a una parte de mí, muy pero que muy escondida y bajo llave, no le importa en absoluto que todo salte por los aires.