Última línea de defensa 2 #2
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Alba, la capitana del equipo, y Sonia, nuestra lateral izquierda, esperan a que comience la sesión de vendajes preventivos, levantan la cabeza a la vez al verla entrar.

Lucía disimula una sonrisa cómplice tapándose la boca con la carpeta.

Yo, en cambio, me quedo clavada en mi sitio, me cruzo de brazos y la observo con una frialdad que ríete tú de la Antártida.

Alicia clava sus ojos primero en mí. Luego desvía la mirada de forma deliberada hacia el reloj de pared. Después vuelve a fijar sus pupilas en las mías. Y se sonríe. Con esa media sonrisa ladeada, picarona y soberana que resulta increíblemente molesta y atrayente a partes iguales.

—Buenos días a todas —suelta con una naturalidad pasmosa, como si no acabara de descolocar la agenda de toda mi mañana—.

Ya sabéis lo que dicen por ahí: las estrellas de verdad nos hacemos de rogar y nos permitimos siempre el lujo de llegar un poquito tarde a los sitios.

El tráfico británico, chicas, una pesadilla, ya sabéis.

Alba suelta una carcajada espontánea que intenta transformar rápidamente en una tos falsa cuando le clavo la mirada, y Sonia decide de golpe que inspeccionar la pintura de la pared de la izquierda es la actividad más apasionante del mundo.

Yo no me muevo. No sonrío. Ni un milímetro.

Me levanto del taburete con parsimonia, me ajusto la bata médica y avanzo despacio hacia ella hasta quedar a un metro de distancia, manteniendo la barrera profesional justa.

—Siento desinflar tu ego, pero aquí dentro no hay privilegios ni pases VIP para absolutamente nadie —le respondo con una voz firme, perfectamente estable y cortante—.

Te recuerdo, por si se te ha olvidado con los aplausos, que hasta las estrellas más brillantes del firmamento pueden caerse de bruces contra el suelo si no hacen bien su trabajo diario.

Y en mi departamento, la puntualidad no es un capricho, es una norma sagrada.

Alicia me sostiene el pulso de la mirada sin amedrentarse lo más mínimo, dando un paso imperceptible hacia adelante que reduce nuestra distancia.

Sus ojos, que ahora descubro bajo la luz de los focos que son de un verde intenso, felino y espectacular, muestran un cansancio profundo y real que intenta ocultar desesperadamente bajo capas y capas de chulería barata.

—Vaya, vaya, doctora Valle… —murmura con una voz que es puro terciopelo, inclinando un poco la cabeza hacia un lado con aire burlón—. Entramos pisando fuerte el acelerador, ¿eh? Con esa intensidad que te gastas, casi voy a empezar a sospechar que me has echado de menos.

Escucho cómo Lucía agacha la cabeza detrás de mí para ahogar una risotada, y yo me obligo a respirar hondo por la nariz, repitiendo mentalmente mi mantra particular como si fuera un salvavidas: «Control. Disciplina. Distancia. No entres al trapo, Clara. »

—No confundas nunca la pura exigencia profesional con el interés personal, porque estás muy equivocada —le replico con total sequedad, clavándole los ojos.

Su sonrisa descarada se ensancha un poco más, volviéndose más perezosa y felina.

—Qué lástima. Con lo bonita que eres y lo bien que te sienta el uniforme. Ya empezaba a ilusionarme en el pasillo, fíjate. Pensé que al menos me darías una bienvenida al club un poco más… cálida y hospitalaria, doctora.

Madre mía del amor hermoso. He conocido a lo largo de mi carrera a jugadoras egocéntricas y agotadoras, pero lo de Alicia es de otra galaxia; parece diseñada en un laboratorio específicamente para poner a prueba mis nervios, mi paciencia y mi presión arterial.

Me obligo a mí misma a mantener la cara de póker y a no reaccionar a sus provocaciones.

No pienso ponerme en evidencia delante de las chicas del equipo.

Y muchísimo menos delante de ella, que está esperando verme perder los papeles.

—Vamos a empezar ya con tu evaluación médica y funcional —indico de manera tajante, cogiendo su expediente físico de la mesa y señalando con el bolígrafo la camilla articulada del fondo de la sala—.

Así que, si eres tan amable, haz el favor de tumbarte y déjanos hacer nuestro trabajo.

Alba, Sonia, pasaos a la sala contigua con Lucía; ella se encargará de vuestros vendajes neuromusculares ahora mismo.

Las jugadoras asienten y se retiran a toda prisa con Lucía hacia la otra zona de la clínica, aunque noto perfectamente cómo se dan codazos y se intercambian miradas cargadas de cotilleo puro. Nos quedamos solas.

Alicia deja caer su bolsa de deporte sobre una silla con un golpe sordo y camina hacia la camilla con esa zancada elegante, rítmica y felina propia de quien lleva años fingiendo ante los medios que su cuerpo es indestructible y que no le debe explicaciones a nadie.

Yo la observo caminar en absoluto silencio, analizando clínicamente cada fase de su marcha: cada pisada, cada pequeña compensación inconsciente del peso que hace hacia la derecha, cada gesto automático de protección.

La levísima rigidez que muestra al rotar la cadera no me pasa desapercibida para nada.

No me hace falta ver una resonancia magnética de última generación para saber perfectamente que los tendones de su rodilla izquierda están sufriendo lo indecible.

Se sienta en el borde de la camilla alta y empieza a desatarse los cordones de las zapatillas deportivas con parsimonia.

En un breve instante de descuido, mientras mira fijamente sus manos, veo asomar por sus ojos un destello de miedo genuino, de pura vulnerabilidad.

Y durante ese maldito segundo, desprovista de las cámaras, no veo a la estrella mediática e indomable de la Premier; veo a una mujer que probablemente lleva demasiado tiempo cargando sola con el peso y el terror de una lesión que puede acabar con su vida profesional.

Abro el archivo médico confidencial que nos ha enviado su club de origen y lo dejo sobre la mesa auxiliar, justo al lado de mi tablet de trabajo. Me coloco frente a ella.

—Quiero honestidad absoluta y brutal a partir de este momento, Alicia.

Si intentas ocultarme que te duele algo, si me mientes o si minimizas los síntomas para que te dé el alta médica antes de tiempo, no te vas a ayudar a ti misma y vas a perjudicar gravemente los intereses de todo el equipo, ¿estamos de acuerdo?

—le pregunto con tono serio, cruzándome de brazos—.

Esto no es un juego de niños ni una rueda de prensa para quedar bien.

Ella detiene el movimiento de sus manos, levanta esos ojos verdes tan expresivos hacia mí y me clava una mirada desafiante, apoyando las palmas en el borde acolchado de la camilla.

—¿Y si decido contarte la verdad? —me pregunta con ese tono retador y chulesco con el que parece estar acostumbrada a conseguir todo lo que se propone en esta vida—.

¿Me vais a mandar directita al banquillo de forma indefinida antes de debutar con el equipo?

¿Vais a filtrar a los periódicos que soy la nueva jugadora estrella que ha venido rota y que ya nadie quiere en el mercado?

La pregunta se queda flotando en el aire de la sala con un peso denso y asfixiante. Lucía, captando la seriedad del momento, se mueve discretamente hacia la sala contigua y cierra las puertas para darnos una total intimidad.

—Si me dices la verdad —le respondo suavizando un punto la voz, sosteniéndole el pulso de la mirada con total calma—, al menos tendremos la oportunidad real de ponerle freno a lo que sea que tengas ahí dentro y de diseñar un plan específico para que sigas jugando al máximo nivel muchos años.

Que te entre en la cabeza: no soy tu enemiga en este club, aunque mi insistencia te parezca lo contrario.

Mi único trabajo aquí es reparar lo que está roto y proteger tu salud, no castigarte ni dejarte sin jugar por capricho.

Alicia desvía por fin la mirada, afectada por mis palabras, y se muerde el labio inferior con fuerza, un gesto que me resulta peligrosamente atrayente. Sus dedos largos empiezan a juguetear con nerviosismo con el tejido de la sábana de papel que cubre la camilla.

—Pues adelante, ya puede empezar con la magia, doctora.

Aunque ya le advierto desde ya que no va a encontrar absolutamente nada defectuoso en mí —suelta de golpe, recuperando su coraza de arrogancia como un escudo—.

Llevo años jugando al máximo nivel competitivo y este cuerpo de atleta no me ha dado problemas de ningún tipo. Estoy perfecta.

Me dan ganas de reír por no llorar. Alicia ha decidido, por las buenas, convertir mis diez años de experiencia y mis másteres en fisioterapia deportiva en un auténtico chiste.

Está completamente convencida de que me va a resultar imposible averiguar qué zona exacta le provoca dolor cuando camina o qué articulación le impide rendir al cien por cien. Qué ingenua es.

—El club te ha contratado como el fichaje bomba de la temporada y ha pagado una millonada por ti, así que todos esperamos de corazón que sea verdad lo que dices y estés al cien por cien.

—Ellos buscaban una máquina infalible de meter goles para ganar la Champions y eso es exactamente lo que van a tener en el campo. Ni más ni menos.

—Ya, bueno... Déjame ver esa rodilla, anda —le pido, dando un paso hacia la camilla.

Alicia levanta ligeramente el mentón de forma altiva, sosteniéndome la mirada una vez más con un claro desafío brillando en sus ojos verdes.

Me coloco los guantes de nitrilo con un chasquido seco y comienzo la palpación manual.

Sus músculos de la pierna están increíblemente tensos, duros como piedras bajo la presión de mis dedos.

—Intenta relajarte un poco, por favor —le murmuro con voz suave, presionando con delicadeza la zona del tendón rotuliano—. Tranquila, no voy a hacerte daño. Sé lo que hago.