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Diagnóstico de una provocación
Clara
Siempre tengo la firme convicción de que el trabajo puede salvarlo absolutamente todo.
No lo digo de una forma romántica, cursi ni heroica, qué va; lo digo desde un punto de vista puramente práctico, ordenado y medible.
Mientras otras personas pierden el tiempo buscando refugio en el amor idealizado, en la familia o en esa necesidad casi infantil y desesperada de pertenecer a un grupo, yo encuentro mi santuario en la rutina diaria.
En el perfecto funcionamiento de una articulación recién recuperada.
En la certeza matemática de que el cuerpo humano, por muy complicado y puñetero que parezca, siempre termina respondiendo y mostrando todo lo que el paciente intenta callar.
Control. Disciplina. Distancia emocional.
Esos son, desde hace ya demasiados años, mis tres pilares de oro.
Mi territorio seguro. Mi manera de asegurarme de que no voy a volver a cometer el mismo error estúpido del pasado.
Porque sí, hubo un tiempo en el que yo también fui vulnerable, un tiempo en el que confundí la cercanía con la confianza y la profesionalidad con la invulnerabilidad.
Hubo una época en la que cometí la torpeza de permitir que alguien atravesara mi línea roja y convirtiera mi trabajo —mi único lugar estable en el mundo— en una auténtica casa en ruinas.
Se llamaba Charlotte y, durante casi tres maravillosos y luego infernales años, fue la entrenadora principal del equipo de fútbol en el que yo ejercía como fisio.
Era brillante, magnética, arrolladora y peligrosamente persuasiva.
La clase de mujer empoderada que entra en una sala y, sin mover un solo dedo, acapara la atención y las miradas de todos los presentes. Incluida la mía, claro.
Lo nuestro fue una cocción a fuego lento.
Primero llegaron las típicas conversaciones profesionales después de los entrenamientos intensos, luego los cafés a media tarde mientras debatíamos sobre el rendimiento de las jugadoras...
y de repente, pim, pam, apareció esa complicidad eléctrica que nace cuando dos personas comparten la misma pasión obsesiva por la excelencia.
Después vinieron los roces de manos cargados de excusas baratas, las cenas secretas que jamás deberían haber existido y, finalmente, la soberbia estupidez de creer que el amor puede convivir con las dinámicas de poder sin acabar devorándolo todo a su paso.
Alerta de spoiler : no pudo ser. Cuando todo saltó por los aires, no fue una ruptura normal y civilizada; fue una demolición en toda regla.
Ella, muy lista, movió sus hilos para proteger su puesto en el club.
Yo, en cambio, perdí el mío de la noche a la mañana, y los rumores de pasillo se encargaron de hacer el resto del trabajo sucio: favoritismos falsos, relaciones impropias, conflictos de interés inventados.
A nadie le importó nunca una mierda qué era verdad y qué no.
En el deporte profesional de alto nivel, la percepción de la gente suele pesar muchísimo más que los hechos reales.
Pero de los palos se aprende, y yo aprendí rápido.
Desde ese preciso instante, me juré a mí misma dejar de repetir patrones autodestructivos.
Nunca más he vuelto a mezclar el trabajo con el sexo, ni de broma.
No cedo un solo milímetro de mi espacio personal más allá de lo estrictamente necesario.
Y, sobre todo, he borrado de mi radar a las personas que vienen con una mochila cargada de traumas y problemas a la espalda.
Por eso mismo, en cuanto abro el expediente médico de Alicia Puertas, sé perfectamente que esa mujer me va a caer como una patada en el estómago.
Han pasado tan solo unas horas desde nuestro primer e intensito encuentro en el recibimiento oficial, y ya me encuentro refugiada en el área médica de la ciudad deportiva.
Es, de lejos, mi espacio favorito de todo el club y probablemente el único rincón del Ravenhill FC donde todo sigue funcionando exactamente como a mí me gusta.
Me relaja el olor a limpio, el orden impecable de los armarios, el zumbido suave y casi hipnótico de los equipos de electroterapia y las camillas perfectamente alineadas y vestidas. Aquí dentro todo tiene una lógica.
Apoyo mi taza de café humeante junto al ordenador y repaso, por enésima vez, su historial.
Veintiséis años. Delantera centro. Una carrera deportiva brillante, innegable, pero acompañada de una reputación mediática bastante más ruidosa y problemática: conflictos graves con sus anteriores entrenadores, discusiones subidas de tono con sus compañeras en los vestuarios, dos sanciones disciplinarias por faltas de respeto, una suspensión federativa por abandonar un entrenamiento oficial antes de tiempo y, para rematar el pastel, una lesión de rodilla sospechosamente mal detallada en los informes de transferencia de su último club.
Demasiados hilos colgando. Demasiadas lagunas médicas que me huelen a chamusquina.
—Madre mía, Clara, por la cara que pones parece que estás leyendo la biografía detallada de una criminal en serie —comenta Lucía, asomando la cabeza por la puerta con una sonrisa de oreja a oreja.
Lucía forma parte de mi equipo médico desde hace dos temporadas y es una de las poquísimas personas en este complejo capaces de burlarse de mi rigidez sin sufrir las consecuencias de mi mal genio.
Su tono siempre destila esa ligereza española que yo nunca me permito disfrutar y que, en el fondo de mi alma cuadriculada, tanto le envidio.
Levanto la vista de la pantalla del ordenador y arqueo una ceja con mi mejor cara de pocos amigos.
—Depende de cuánto valoremos la puntualidad, la obediencia y el respeto a los contratos, Lucía. Para mí, esto se le parece bastante.
Ella se ríe con picardía mientras se acerca a mi mesa de despacho con una carpeta azul bajo el brazo, contoneándose con gracia.
—Ah, vale, que ya es oficial. Ya me parecía a mí que te pasaba algo raro desde primera hora. Tienes esa típica cara tuya de «esta tía va a ser un dolor de cabeza de campeonato».
—A mí me gusta la gente profesional, la que viene a hacer su trabajo y no convierte su vida en un espectáculo de telerrealidad para las redes sociales —le respondo, cerrando el expediente digital de Alicia con un golpe seco de ratón.
Lucía deja la carpeta sobre la mesa y se apoya en el borde con total familiaridad, cruzándose de brazos.
—Bueno, pero hay que admitir que es increíble en el campo, Clara. De las mejores delanteras que ha pisado esta liga en años. Tiene una puntería que asusta y marca la diferencia en el primer toque. El club ha tirado la casa por la ventana con ella.
—También dicen muchas otras cosas de ella que no tienen que ver con el fútbol —murmuro, imitando su gesto y cruzando mis propios brazos sobre la bata.
—Y también dicen las malas lenguas... que está absurdamente buena, las cosas como son —añade Lucía, soltando una risita traviesa que me saca de quicio.
Le lanzo una mirada tan sumamente fría y cortante que habría sido capaz de congelar el mismísimo estrecho de Gibraltar en pleno agosto. Ella, acostumbrada a mis números, levanta de inmediato ambas manos en señal de rendición, aunque sus ojos siguen chispeando de pura diversión.
—¡Oye, que no lo digo yo! Lo dice medio vestuario.
Anoche en el grupo de WhatsApp de las chicas no se hablaba de otra cosa.
Que si «¿has visto cómo se mueve en el campo?
», que si «parece que lleve el balón pegado a las botas como si fuera magia».
Y luego, claro, estaban los comentarios subidos de tono sobre su físico, su espalda...
bueno, ya te lo puedes imaginar. Las chicas están revolucionadas.
Suspiro con fuerza y pongo los ojos en blanco, fingiendo un desinterés que está muy lejos de ser real.
Porque el verdadero problema, el que me está reconcomiendo por dentro, es precisamente ese.
Que yo también lo he pensado. Ayer, en cuanto cruzamos las miradas, hubo algo en Alicia Puertas que me resultó absolutamente imposible de ignorar.
No hablo solo de su indudable belleza física, porque sería de idiotas negar que la tía es un pibón de revista.
Hablo de su maldito ego, de esa seguridad aplastante con la que camina, sabiéndose el centro del universo y deseada por todos, y haciendo uso de ese magnetismo salvaje para controlar cada puta cosa que gira a su alrededor.
Caótica, atractiva, insolente y peligrosa.
Exactamente el prototipo de mujer destructiva que llevo años evitando para mantener mi salud mental a salvo.
—Su cita para la revisión médica oficial es a las nueve en punto —digo con tono severo, desviando a propósito la conversación hacia el terreno profesional y señalando el gran reloj analógico de la pared—.
Son las nueve y doce minutos. No me parece una forma muy profesional de empezar su andadura en este club, desde luego.
Lucía se asoma un momento al pasillo acristalado y niega con la cabeza, divertida con la situación.
—Pues de momento no se ve ni rastro de la estrella por el pasillo. Quizá se ha perdido entre tanto pabellón de lujo... o tal vez, solo tal vez, esté probando deliberadamente hasta dónde puede tensar la cuerda contigo el primer día.
—Qué enorme sorpresa, no me lo esperaba para nada —ironizo, aunque por dentro noto perfectamente cómo el tic de la irritación empieza a treparme por el pecho. A mí nadie me vacila en mi propia clínica.
Justo en ese instante, la puerta de doble hoja se abre de golpe y Alicia entra en el ala médica como si fuera la dueña del lugar.
Trae una bolsa deportiva de marca colgada al hombro con total descuido, unas gafas de sol oscuras balanceándose en su mano derecha y esa calma insolente y descarada de quien llega tarde a los sitios convencida de que el resto del planeta tiene la obligación de adaptarse a sus horarios.