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—No te acostumbres, Alicia. Mi único trabajo aquí consiste en mantenerte útil dentro del terreno de juego, no en alimentar tu ya de por sí inflado ego.
—Qué lástima —murmuro, dándole una mirada descarada de arriba abajo—. Porque mi ego es muy tragón y le encanta que lo alimenten mujeres tan bellas como tú.
Bruno, que camina unos metros por delante de nosotras conversando con el director deportivo, se gira de golpe al escucharme y me lanza una mirada que reza claramente: «Cállate la puta boca ya o te mato» . Lo ignoro olímpicamente, faltaría más.
Seguimos avanzando por los pasillos de la clínica privada del club.
Clara me va explicando los exigentes protocolos de recuperación post-partido con todo lujo de detalles técnicos, pero yo soy incapaz de concentrarme en la medicina.
Solo puedo fijarme en cómo se mueve, en la seguridad aplastante de sus gestos, en sus manos limpias y cuidadas, y en la forma deliciosa en que su voz se suaviza un puntito cuando habla de su profesión.
Se nota que le apasiona lo que hace. En un momento de descuido, mientras esperamos a que el encargado de seguridad nos abra la puerta de acceso al gimnasio principal, se coloca pegada a mi costado.
—¿De verdad crees que vas a poder adaptarte a la disciplina de este equipo? —me pregunta en un susurro, mirándome de reojo—. Te lo digo en serio, Alicia. Este club valora la disciplina, el orden y el perfil bajo por encima de cualquier talento individual. Y tú no eres precisamente un perfil bajo.
Me giro hacia ella, quedando a escasos centímetros de su rostro. Estamos tan cerca que el espacio personal desaparece y puedo oler a la perfección su perfume: una mezcla exquisita de cítricos, lavanda y algo puramente magnético.
—He jugado en vestuarios muchísimo peores y con entrenadores que eran auténticos sargentos de hierro, Clara. La pregunta del millón aquí no es esa. La pregunta es si vosotras, y en especial tú, vais a ser capaces de adaptaros a mí.
Clara rota sobre sus talones para encararme del todo. Sostiene mis ojos con una intensidad que me hace tragar saliva.
—No soy tu enemiga, Alicia. Grábate eso en la cabeza desde hoy.
Pero que te quede muy claro que tampoco pienso ser tu cómplice ni taparte las vergüenzas cuando decidas saltarte las reglas del equipo médico.
Si quieres que esto funcione y que tu rodilla aguante el ritmo de la Premier, vas a tener que confiar en mí con los ojos cerrados.
Por un maldito instante, el ruido del grupo de fondo, las voces de los directivos y el zumbido de las luces del pasillo desaparecen. Solo existimos ella y yo, frente a frente, bajo la amenaza latente de una tensión sexual que se puede cortar con un cuchillo.
—Confiar en la gente no es precisamente mi mayor fuerte —admito en voz baja, perdiendo por un segundo la chulería.
—Lo sé —dice ella, y por primera vez noto un deje de auténtica suavidad y comprensión en su tono—. Pero estando aquí dentro, delantera, no te va a quedar otra opción más remedio que hacerlo.
Nuestras miradas se sostienen en un pulso eterno.
Algo pequeño, ardiente y absolutamente eléctrico vibra en el aire entre nosotras, pero me obligo a sacudirme el pensamiento de la cabeza.
No tengo tiempo para estas distracciones.
No he venido a Inglaterra para esto. No quiero complicaciones sentimentales.
No quiero mujeres hermosas con mirada de jueza de línea y manos frías descolocándome la existencia.
Yo solo quiero jugar al fútbol. Quiero mantenerme en pie.
Quiero seguir siendo la delantera imprescindible del país el tiempo suficiente como para que nadie note lo mucho que me estoy rompiendo por dentro.
Todo lo demás es puro ruido de fondo. Aunque tengo que admitir que el ruido de fondo, en este caso concreto, tiene unos ojos de gata y un culo que está para pararle el corazón a cualquiera.
La directora de comunicación sigue soltando su discurso memorizado sobre los valores del Ravenhill FC, pero yo apenas le presto atención.
Miro a través de los amplios ventanales internos el césped impecable del estadio principal, las gradas vacías que pronto estarán rugiendo y la perfección casi obscena de este lugar de ensueño.
«Mi nuevo club. Mi nueva gran oportunidad. O mi nuevo y más absoluto desastre, probablemente», pienso con una sonrisa irónica.
Sonrío para mis adentros porque si algo tengo claro en esta vida, es que voy a triunfar aquí, cueste lo que cueste.
Aunque tenga que pelearme con medio vestuario para imponer mi ley.
Aunque mi rodilla izquierda decida traicionarme en mitad de la temporada.
Y aunque la estricta doctora Clara Valle siga mirándome fijamente como si pudiera leer, a través de mis ojos, cada uno de los miedos que llevo años escondiendo bajo mi fachada de tía dura.
Especialmente por eso último. Porque si esa morena se cree que me tiene calada y que sabe perfectamente cómo tratarme... está a punto de descubrir lo jodidamente equivocada que está conmigo.