1 #2
—Eso va a depender bastante de ti, de tu actitud y de lo que colabores.
Siento cómo una sonrisa descarada se me dibuja sola en los labios, una de esas sonrisas que en mi vida normalmente preceden a una pésima decisión.
Ahí está: el dichoso juicio previo. El típico «ya sé perfectamente qué clase de niñata problemática eres».
Reconozco ese jueguecito al instante. Llevo años sufriéndolo por parte de entrenadores, directivos y médicos deportivos convencidos de que pueden clasificarme en una carpeta antes siquiera de cruzar dos palabras conmigo.
Y si hay algo en este mundo que disfruto más que marcar un golazo de vaselina en el minuto noventa, es desmontar la maldita seguridad de la gente que va de sobrada. Como ella.
—No me pongas esa cara tan seria —le digo con voz suave, casi un arrullo, sin soltar todavía su mano—. Te prometo que voy a ser una chica buena y no te voy a dar ningún dolor de cabeza.
Escucho perfectamente a Bruno soltar un suspiro de pánico a mi lado. Clara, en cambio, no aparta la vista de mis ojos ni un solo milímetro. Es más, intensifica la presión de su agarre antes de soltarme.
—A mí no me preocupan los dolores de cabeza, Alicia —contesta con una serenidad pasmosa, recorriendo mi cuerpo con la mirada sin el menor disimulo—. Me preocupan las jugadoras que se creen que están por encima de las normas del club y que acaban rompiéndose por pura cabezonería y ego.
La frase cae entre nosotras con la precisión y el filo de una navaja suiza. Retiro la mano despacio, relamiéndome por dentro. Esto se pone interesante.
—Entonces puedes respirar tranquila. Yo detesto las normas mal puestas, las que no tienen lógica. Las que tienen sentido médico y deportivo, las respeto a rajatabla.
Clara arquea una ceja oscura con una sutileza exquisita.
—¿Ah, sí? ¿Y se puede saber quién decide qué normas tienen sentido aquí? ¿Tú?
—Normalmente, sí —admito con una media sonrisa fanfarrona, dejando caer de manera sutil todo mi peso sobre la rodilla derecha, la buena, para no dar pistas—. Pero oye, estoy completamente abierta a que me convenzas de lo contrario. Si puedes, claro.
Bruno carraspea con tanta fuerza que parece que se va a asfixiar. La directora de comunicación mira hacia el techo, visiblemente incómoda por la tensión que se respira en el ambiente, e interviene con un tono conciliador que da bastante risa.
—Clara… por favor. Estoy completamente segura de que Alicia y tú vais a formar un tándem estupendo. Su rodilla necesita los mejores cuidados posibles y tú eres, sin duda, la mejor especialista que tenemos en el país.
Clara no desvía sus ojos oscuros de los míos ni para pestañear.
—Eso espero. Porque en mi departamento no tolero que se ignoren mis indicaciones terapéuticas.
Aquí, lo que mi equipo médico y yo pautamos, se acata.
Sin reproches, sin malas caras y sin negociaciones de diva en el vestuario.
Si sientes un pinchazo, me lo dices. Si te duele al apoyar, me lo dices también.
Y si crees que puedes saltarte los tiempos de recuperación o los entrenamientos de carga porque un día te levantas «sintiéndote bien», te equivocas. Conmigo no funciona así.
Su tono es tan firme, tan profesional y tan absurdamente autoritario que me pone jodidamente cachonda. Me descubro a mí misma detallando la línea perfecta de su mandíbula y la forma en que sus pupilas no ceden ni un maldito centímetro ante mi presencia. Esta mujer tiene ovarios, me gusta.
—Entendido, jefa —respondo, aunque noto que mi propia voz se endurece un poco, marcando territorio—. Aunque te advierto desde ya que soy una mujer bastante terca. Te va a costar domarme.
—Lo sé perfectamente —dispara ella sin inmutarse—.
He leído de arriba abajo tu historial médico y tus informes de los últimos tres años.
Dos cirugías de menisco, tres recaídas por incorporaciones precipitadas y una tendencia bastante preocupante y estúpida a minimizar el dolor ante los entrenadores para no perder la titularidad.
Golpe bajo. Ese comentario me da justo en la línea de flotación y me escuece, pero ni muerta voy a dejar que note el impacto. Sonrío con más ganas, fingiendo demencia.
—Vaya, vaya… Veo que has hecho los deberes, doctora Valle. Me siento increíblemente halagada por tanta atención.
—Es mi trabajo. No me pagan por tener fans, sino por mantener a las jugadoras operativas.
La directora de comunicación vuelve al rescate, claramente aliviada de poder meter baza y cambiar de tema antes de que salten chispas reales.
—Bueno, creo que después de esta bienvenida tan… intensa y productiva, lo ideal sería que empezáramos con la visita guiada a las instalaciones interiores. ¿Os parece bien?
Todo el maldito grupo parece respirar al unísono, aliviado.
Todos menos yo. Porque mientras empezamos a caminar hacia los pasillos que conducen a los campos de entrenamiento cubiertos, siento la imponente presencia de Clara a solo unos pasos de distancia.
Y odio con todas mis fuerzas descubrir que mi cuerpo es extremadamente consciente de cada uno de sus movimientos, de su olor y de sus pasos detrás de mí.
···
Durante el recorrido por el interior, la tormenta parece amainar un poco fuera, pero dentro de mí hay un huracán.
Camino al lado de Bruno, que me va dando codazos de advertencia cada dos por tres, pero mi atención se desvía de forma constante e inevitable hacia la silueta de Clara.
La escucho explicar con voz profesional varios detalles técnicos sobre el nuevo centro de recuperación hidrotermal a la segunda entrenadora.
En un momento dado, se adelanta y se coloca a mi lado mientras señala con el dedo unas modernas cabinas de acero inoxidable.
—Esta zona de crioterapia va a ser la clave absoluta para ti y para la longevidad de tu rodilla —me comenta en voz baja, inclinándose un poco hacia mí para que nadie más la escuche—.
Si sigues mi plan de recuperación al pie de la letra, te garantizo que puedo ayudarte a alargar tu carrera al más alto nivel unos cuantos años.
Si decides ir por libre… bueno, las dos sabemos perfectamente cómo terminan este tipo de historias en el fútbol femenino.
Con una retirada prematura y una prótesis antes de los treinta.
Me detengo en seco en mitad del pasillo y me giro para mirarla fijamente a esos ojos que me traen loca desde hace diez minutos.
—¿Siempre eres tan sumamente directa con los nuevos fichajes o es que yo te he caído especialmente bien?
—Solo soy directa cuando considero que la jugadora en cuestión merece la pena el esfuerzo —responde ella sin titubear lo más mínimo, metiendo las manos en los bolsillos de su bata médica de forma chulesca—.
Y tú vales la pena, Alicia. Aunque seas un dolor de cabeza con patas y una rebelde sin causa.
Una risa baja, de auténtica diversión, se me escapa del pecho. Me encanta esta tía.
—Vaya, vaya. Un cumplido envuelto en un insulto. Me apasiona tu estilo.
Ella sacude la cabeza de lado a lado, como si hablara con una causa perdida, pero capto perfectamente el amago de una sonrisa preciosa en la comisura de sus labios carnosos. ¡Te pillé, morena!