Última línea de defensa 1
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Última línea de defensa

Última línea de defensa

Por Veronica Espinosa

© inepub.com

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Distancia de seguridad

Alicia

Llego a la ciudad deportiva del Ravenhill FC en un coche negro que es, sin duda, demasiado elegante para mi estado de ánimo.

Llueve con una insistencia dramática, como si el maldito clima británico se empeñara en advertirme de lo que está a punto de suceder.

Las gotas resbalan veloces por la ventanilla tintada mientras observo el complejo extenderse frente a mí: edificios modernos de cristal y acero que brillan bajo el agua, campos de un verde perfecto, banderines oscilando con el viento y una hilera de periodistas apostados a una distancia prudente.

Parecen aves rapaces esperando el menor de mis movimientos para sacar el titular del día.

Estamos hablando de uno de los mejores clubes del país. El lugar con el que sueño desde que tengo diecisiete años. A pesar de eso, mientras lo miro a través del cristal, no siento la emoción que debería. Solo un cansancio asqueroso que se me ha instalado en los huesos.

Apoyo la cabeza contra el respaldo del asiento y cierro los ojos un segundo, buscando aire.

Sin darme cuenta, mi mano derecha sube de forma automática hasta la rodilla izquierda y empieza a masajearla por encima del pantalón de chándal.

Es un gesto inconsciente, casi un tic que detesto porque delata mi mayor debilidad.

—No pongas esa cara de funeral —me suelta Bruno desde el asiento contiguo, revisando por tercera vez su teléfono—. Parece que vamos a un entierro en lugar de a firmar el mejor contrato de tu carrera, Alicia. Alegría, por Dios.

Abro un solo ojo y lo observo con todo el hastío del que soy capaz.

—Podría ser ambas cosas. Todo depende de cómo salgan los exámenes médicos de hoy y de cuánto me toquen las narices.

Mi mánager suelta una risa breve, de esas que nacen más de la pura resignación que del humor verdadero.

Bruno lleva seis años a mi lado y ha aprendido, a base de llevarme la contraria y salir escaldado, que es mejor no intentar corregirme cuando me pongo en plan diva.

Es alto, va vestido con un traje oscuro impecable y posee una paciencia que roza lo sobrenatural.

Es una de las pocas personas en este planeta que no me trata como si fuera una bomba de relojería a punto de estallar.

Aunque, para ser completamente justa conmigo misma, a veces lo soy.

—Hoy no te pelees con nadie, te lo imploro —me pide, guardando por fin el móvil en el bolsillo interior de su abrigo y mirándome con ojos de cordero degollado—. Te lo pido como amigo y, sobre todo, como un profesional autónomo que quiere seguir cobrando su merecido porcentaje.

—No me pidas milagros, Bruno. Sabes que el autocontrol no es mi fuerte cuando me buscan.

—Alicia… —insiste con ese tono paternal y pesado que usa cuando quiere recordarme que, detrás de la fachada de estrella indomable, también existe un ser humano.

Suspiro con fuerza, me incorporo en el asiento y me estiro un poco.

—Está bien, joder. Intentaré parecer una persona normal, sociable y encantadora. Al menos durante las primeras dos horas. ¿Te hace?

—Con eso me doy con un canto en los dientes —responde él, aunque el arqueo de sus cejas demuestra que no se fía de mí ni un pelo.

Durante unos segundos permanezco quieta, contemplando mi propio reflejo en el cristal empañado.

Veintiséis años. Delantera titular. Máxima goleadora de la temporada anterior.

Portadas de revistas, entrevistas exclusivas, rumores constantes, sanciones absurdas, expulsiones polémicas y titulares que siempre hablan más de mi fuerte carácter y de mi movida vida personal que de mis malditos goles.

«Talentosa. Conflictiva. Difícil. Indisciplinada.

La estrella indomable. La reina del caos».

Es alucinante cómo la prensa y los aficionados pueden resumirte la vida con cuatro adjetivos de mierda y que ninguno se acerque, ni por asomo, a la verdad.

Nadie habla del esfuerzo sobrehumano por superarme a mí misma cada día.

Nadie habla de lo que me ha costado llegar a ser la mejor en un mundo tan jodido como el del fútbol.

Y, por supuesto, nadie habla del pánico que me invade cuando mi rodilla izquierda empieza a gritar y pienso en el terrible día en que mi cuerpo decida decir basta.

Mientras siga encajando goles y brillando en el terreno de juego, a nadie le importa una mierda esa parte.

Y yo, desde luego, no soy de las que va a ofrecer sus debilidades en bandeja de plata.

Salgo del coche de un salto, colgándome la mochila al hombro de un solo tirón.

El aire frío y húmedo de Inglaterra me golpea la cara de lleno, espabilándome.

Huele a césped recién cortado, a tierra mojada y a ese aroma indefinible y eléctrico de los lugares de alta competencia donde la exigencia nunca descansa. Respiro hondo, llenando los pulmones.

«Bienvenida a tu nuevo imperio, guapa», me digo a mí misma.

Una pequeña comitiva nos recibe en la entrada principal del edificio central.

Hay gente del staff , parte del cuerpo técnico, los responsables de comunicación paseando de un lado a otro, dos directivos con trajes caros y sonrisas perfectamente entrenadas, y varias jugadoras del primer equipo que me observan con esa mezcla exacta de curiosidad, admiración y cautela que suele acompañar a los fichajes considerados "complicados".

Yo conozco de sobra esa mirada de reojo.

Es la de: «a ver cuánto tarda la nueva en armar el primer escándalo».

Una mujer rubia, vestida de punta en blanco y visiblemente entusiasta, es la primera en dar un paso al frente para interceptarme.

—¡Alicia! Bienvenida al Ravenhill FC. No te imaginas las ganas que teníamos de tenerte por fin entre nosotras —exclama con voz chillona mientras me estrecha la mano con fuerza entre las suyas, como si estuviera sellando un tratado de paz internacional.

Sonrío desplegando esa hipocresía profesional que he ido perfeccionando con los años de carrera.

—Gracias. El placer es mío. Espero no decepcionaros demasiado pronto —suelto con un guiño pícaro.

Ella suelta una carcajada algo nerviosa, y noto de inmediato que no está muy segura de si lo que acabo de decir es una broma o una amenaza. Probablemente ni yo misma lo sé.

Las presentaciones se suceden una tras otra en un torbellino de caras y cargos.

El director deportivo, la segunda entrenadora, el preparador físico, la jefa de prensa...

Incluso dos compañeras de vestuario cuyos nombres intento memorizar en el acto sin demasiado éxito.

Todo el mundo suena exactamente igual que en mis anteriores clubes: están encantados, exultantes de alegría, mi incorporación es vital para el nuevo proyecto, la ambición, el maldito futuro del equipo.

Yo asiento con la cabeza, respondo lo justo para resultar educada y mantengo la sonrisa.

He aprendido hace muchísimo tiempo que a esta gente no le interesa conocer a la Alicia real; solo quieren la versión útil de mí.

La máquina de meter goles. La inversión millonaria. El rendimiento puro y duro.

Pero entonces, justo cuando empiezo a aburrirme soberanamente, la veo.

Está unos pasos más atrás, ligeramente apartada del grupo principal, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión en el rostro que no intenta disfrazar absolutamente nada.

Tiene el pelo oscuro, casi negro, recogido en una coleta baja que deja al descubierto unas facciones serenas, angulosas y arrebatadoras.

Su piel es clara y tiene unos ojos profundos, oscuros, de esos que no te miran, sino que te escanean de arriba abajo evaluando cada uno de tus malditos secretos.

No sonríe. Ni un milímetro. Y quizá por eso mismo me cuesta un mundo apartar los ojos de ella.

No sé todavía cómo se llama, pero sé de forma inmediata y con un sexto sentido que tengo para estas cosas, que esa mujer va a ser un problema muy gordo en mi vida.

Y no es una conclusión racional, qué va.

Es una reacción física, directa, como un balonazo inesperado en pleno esternón que te deja sin aire.

Es atractiva de una forma rabiosa e irritante, y eso, estando en mi situación, es sumamente peligroso.

Bruno se da cuenta de hacia dónde apunto con los ojos y se inclina apenas hacia mi oído, hablando entre dientes sin perder la sonrisa de cara a los fotógrafos.

—Cuidado —me susurra con tono de advertencia.

—¿Cuidado con qué? —pregunto yo, sin desviar la mirada de la morena ni una milésima de segundo.

—Con esa cara de loba hambrienta que pones cuando algo te interesa demasiado, Alicia. Que nos están mirando.

—No seas tan dramático, Bruno. Solo estoy analizando el panorama.

—Te conozco como si te hubiera parido —insiste él, dándome un sutil codazo.

«Demasiado», pienso para mis adentros.

En ese momento, la mujer rubia de comunicación se gira hacia la morena misteriosa y le hace una señal para que se acerque.

—Y, por supuesto, quiero presentarte a Clara Valle, nuestra fisioterapeuta principal y la jefa indiscutible del equipo médico del club. Ella y sus ayudantes se van a encargar de que sigas entera y de que no destruyas nuestras esperanzas de ganar la liga este año.

Clara se mueve sin ninguna prisa, dando unos pasos hacia adelante con una elegancia tan natural que me resulta casi insultante.

Extiende la mano derecha hacia mí y sostiene mi mirada con una calma apabullante que roza la provocación más pura.

Su voz, cuando habla, es grave, limpia, aterciopelada y ridículamente sexy.

—Estaba deseando conocerte en persona, Alicia.

A ver, no lo dice como un halago. Para nada. Su tono suena a advertencia pura y dura, de esas que te ponen los pelos de punta.

Le estrecho la mano, apretándola con firmeza. Su piel está fría, pero el contacto me pega un chispazo en el estómago que me descoloca.

—Vaya —le respondo, inclinando ligeramente la cabeza hacia un lado, sosteniéndole el pulso visual—. Espero no decepcionarte, Clara.

Su expresión no cambia ni un ápice. Sigue seria como un gendarme.