Capítulo 40
Carmela introduce la llave en la cerradura con idéntico sigilo a cuando era adolescente.
Para su enfado, aunque sin excesiva sorpresa, la gira un cuarto de vuelta y penetra en la casa de sus padres sin mayor resistencia.
No sabe cuántas veces se lo ha dicho a su madre: «Cierra siempre, al menos una vuelta, y deja la llave puesta».
A veces lo hace, otras, se olvida. Como si lo de papá no hubiera servido para nada, le reprochó una vez Carmela.
Su madre se enfadó tanto que no se lo ha repetido.
Al principio, el silencio en el piso la intranquiliza, pero le basta recorrer los pocos metros del recibidor para calmarse.
El cristal verdoso de la puerta del salón enmarca a su padre.
Está sentado en el sillón orejero, cerca de la ventana, con la mirada perdida a saber dónde.
Y solo, está solo. No pocas veces también le ha advertido a su madre acerca de eso.
Carmela no sabe si su padre gritaría en caso de necesitarlo.
Cree que poco a poco lo irá perdiendo todo, incluso la capacidad de expresar el dolor.
—Hola, papá.
Él gira con esfuerzo la cabeza. Intenta dedicarle una sonrisa de bienvenida, que no pasa de un vago alzamiento de comisuras. Otra facultad, la de expresarse mediante gestos, que también acabará por desgajarse de él.
—¿Cómo estás? —pregunta ella sin esperar respuesta.
Al besar a su padre descubre que no está bien afeitado. ¿Por qué su madre es tan terca? Carmela se haría cargo de los gastos de tener a alguien con ellos, pero su madre se resiste.
—¿Y mamá?
El padre trata de articular palabra, aunque a Carmela le sirve más su golpe de barbilla que el aire sin fuerza que sale por su boca. Por ahí dentro, indica el mentón de su padre, por la casa.
Se sienta en el sofá contiguo y coge la mano de su padre entre las suyas. Fría, como si la sangre se hubiera retirado de sus extremidades. Le pregunta si se encuentra bien, su padre cabecea para asentir.
Carmela le empieza a contar que esa misma mañana se ha reunido con personas muy importantes, «peces gordos», le dice.
Después ha recibido la visita de unos colegiales, que le han llevado unos dibujos…
En realidad, Carmela relata a su padre anécdotas de días pasados. Cualquier día mejor que el de hoy.
Entonces, bajo sus manos, siente que su padre intenta mover los dedos.
Al liberarle, observa cómo con el índice apunta hacia el mueble de madera oscura que cubre una de las paredes del salón.
Ella revisa las baldas con la mirada. Los marcos de fotos, los libros, los discos de jazz , algunos trofeos de cuando era niña…
Todo igual que siempre, salvo por el montón de papel grisáceo doblado por la mitad que hay en uno de los estantes de arriba.
Carmela no cree que su madre haya sido capaz…
No hasta que se levanta del sofá y sostiene el periódico entre sus manos. Su padre extiende la mano.
—No es nada —dice Carmela con nerviosismo.
Vuelve a doblar el periódico, lo aleja de su padre. Ella misma también lo hace cuando se marcha del salón con el diario apretado en la mano.
—¿Cómo se te ocurre? —le dice a su madre conforme entra en el dormitorio.
Ella intenta desprenderse del sueño que estaba teniendo y del que Carmela la ha obligado a regresar de forma tan abrupta.
—Hija… —Su madre bosteza—. No sabía que ibas a venir.
Carmela enciende la luz del cuarto. Despliega el ejemplar del Liberal frente a ella.
—¿Qué hace esto aquí?
Su madre se sienta en el borde de la cama, con los pies busca desorientada las zapatillas. Luego, enfoca el papel.
—Lo he comprado esta mañana.
—Son mentiras, basura para atacarme.
—Ya lo sé, hija.
—Entonces, ¿por qué lo has comprado?
—Quería enterarme de lo que dicen, tú nunca nos cuentas nada.
—Para protegeros. Es lo último que necesita papá.
—Tu padre no ha visto nada.
Se levanta de la cama y se recoloca la ropa arrugada. A continuación dobla la manta con la que se cubría y estira la colcha. Se mueve por delante de Carmela como si ella no estuviera, como cuando era pequeña y la observaba hacer las faenas de la casa. Ella siempre estaba en medio, igual que ahora.
—¿Estás segura de que no sabe nada?
La madre la mira un instante, pero no responde. Sube la persiana, abre un poco la ventana para renovar el aire cargado de la habitación.
—Mamá, responde.
—No me trates como si fuera una más del ayuntamiento. No estoy a tu servicio.
Intenta salir de la habitación, pero Carmela se interpone.
—¿Crees que daría un disgusto así a tu padre? Dejarle ver cómo insultan a su hija.
—Todo lo que aparece publicado es falso.
—Claro, Carmeli, si ya lo sé. Pero nos preocupamos por ti, ¿entiendes? Sabes que puedes contarme cualquier cosa.
Y tal vez, hace tiempo, sí habría compartido algo de todo eso con ellos. Sus ilusiones, sus miedos. Quién sabe si no habría reconocido incluso alguno de sus pecados. Ahora, sin embargo, ya no se siente capaz. Han pasado muchas cosas. Y ella ha hecho muchas de las que prefiere no hablar.
«Tampoco lo entenderían…». Trata de desalojar eso de su mente. Pronto, piensa Carmela para animarse, regresará a esta casa, se sentará con ellos y les dará la noticia.
—Todo saldrá bien, mamá —es cuanto dice antes de darle un beso.
Cuando visita a sus padres no le gusta que el coche oficial se quede esperando en la puerta.
Pese a los cambios sufridos en el barrio, todavía viven allí muchos de sus antiguos vecinos.
Por eso, el conductor estaciona el vehículo tres calles más abajo y allí espera paciente a que la vicealcaldesa termine.
El otro escolta sí aguarda en el portal hasta que Carmela abandona el edificio de sus padres.
Recorre a pie esas tres calles, con el guardaespaldas unos pasos por detrás. No soporta que la agobie. Y menos cuando algún vecino curioso se acerca a saludar.
—¿Cuándo vendrás a comer por aquí? —dice un hombre desde la puerta de un bar.
—¡Hola, Antonio! A ver cuándo me dejan un hueco. —No se detiene a hablar con él y sigue avanzando—. ¿Qué tal tu mujer?
—Mejor, gracias.
—Dale un beso de mi parte. Otro día me paso.
—Aquí te esperamos —le dice él desde atrás—. ¡Y dales bien a esos rojos!
Carmela levanta la mano y sigue su camino.
La tarde aún es agradable, pero empieza a refrescar.
Tal vez deba coger algo de abrigo para esta noche.
Piensa en la ducha en cuanto llegue a su casa, en estirar sus músculos bajo el agua caliente.
Revisa el móvil y entre las llamadas perdidas ve una de su abogado.
Está en contacto con él desde ayer. Le ha indicado qué pasos seguir y le ha dicho que no se preocupe.
«Es difícil que la causa prospere —le ha tranquilizado—, pero debemos estar preparados para todo».
Carmela solo piensa en que el día acabe, que comience otro y luego algunos más hasta que llegue su momento de ser alcaldesa…
No reacciona cuando la figura aparece por sorpresa tras una esquina.
Se planta justo delante de ella, que queda paralizada.
Es su guardaespaldas quien se adelanta en dos zancadas, aparta a Carmela con un brazo, y se interpone ante el otro hombre, que dos segundos más tarde tiene el rostro pegado a la fachada de una casa.
Grita, forcejea para tratar de liberarse, pero el escolta es más fuerte y lo retiene volcando su peso sobre él.
—¡Joder, que soy yo! —protesta el tipo.
—Suéltalo, lo conozco.
El escolta la mira para cerciorarse y tras la confirmación de Carmela libera al otro, que trata como puede de sacudirse la vergüenza del cuerpo.
—Si me vuelves a tocar, te mato, hijo de puta.
—Cállate, Fer —dice Carmela.
Le hace un gesto al guardaespaldas para que les dé algo de espacio. Ella y Fer se alejan unos metros.
—¿Qué coño haces aquí?
—Una sorpresa… —responde él con alegría, pero al instante deja de sonreír cuando ve que Carmela no le acompaña—. Me apetecía verte, ya te lo he dicho.
Tiene metidas las manos en la cazadora negra, como cuando hace años la esperaba a la salida de clase para dar un paseo por el parque.
—Y yo te he dicho que no tenía tiempo. ¿Qué parte no has entendido?
Fer ya no agacha la cabeza, sino que, de pronto, la observa desafiante.
—Antes me has dejado tirado.
Ella suspira. No sabe cómo puede encontrarse en semejante situación.
—No seas crío. Ya lo hemos hablado: no podía aparecer por ahí y que me relacionaran con vosotros.
—Ah, ¿no? ¿Por qué no?
—Porque la situación se os ha ido de las manos. No sois más que unos descerebrados.
—No me hables así.
—¿Ahora te vas a poner sensible? ¿En qué estabas pensando?
—No me gusta cuando me tratas así.
—¿No? ¿Y por qué estás aquí si no te gusta?
—Solo he hecho lo que me has pedido.
Ella mira a uno y otro lado de la calle hasta asegurarse de que no hay nadie cerca. Baja la voz:
—Yo no te he pedido mandar a esos moros a Urgencias, ni quemar contenedores y enfrentaros a la Policía…
—Son unos perros, empezaron ellos.
—Basta, Fer, soy vicealcaldesa y no puedo dejarme ver con salvajes como vosotros.
—¡Ahora los salvajes somos nosotros!
—No grites y no me avergüences. De verdad: no es tan difícil de comprender. Aunque te cueste, piénsalo un poco.
Él ha sacado los puños. Los aprieta y vuelve a encerrarlos en los bolsillos de la cazadora, que parecen a punto de reventar. Sus maxilares están tirantes. Carmela sabe que nunca ha soportado que apelara a su inteligencia.
—No eres más que una traidora.
—¿Cómo has dicho?
—Una rajada, una puta blanda. Como el maricón de tu jefe.
—Yo no tengo jefe.
En ese momento Fer saca de la cazadora su móvil. Lo enciende y le acerca la pantalla a Carmela.
—Y una ladrona. Solo eres una ladrona de mierda.
Una fotografía suya ocupa la primera noticia de Revelaciones .
Debajo, un gran titular la acusa de haber cometido múltiples delitos de corrupción durante los años que lleva en el ayuntamiento.
UNA INFORMACIÓN EXCLUSIVA DE ESTE MEDIO , llega a leer en letras rojas.
No entiende nada. ¿En qué momento ha sucedido aquello? ¿Por qué nadie le ha dicho nada?
Quizá sea rabia, o tal vez sea vergüenza lo que experimenta ante Fer, pero Carmela, en cambio, lo ve como una nueva oportunidad que acaba de abrirse frente a ella para romper con su pasado y con él. Y no duda en aprovecharla.
—Soy pragmática, Fer. Busca la palabra en el diccionario, yo no puedo perder más tiempo contigo. Hemos acabado.
Pasa por su lado para seguir en dirección al coche.
—Carmeli… —dice Fer a su espalda.
Y es la última vez que oye su voz.
«Habría sido peor no girarse».
Es extraño cómo y por qué surgen ciertos pensamientos, pero eso es lo primero que piensa Carmela tras recibir la puñalada en el pecho.
Se ha quedado sin aire, siente cómo la fuerza vital abandona su cuerpo por todos los poros al tiempo que un frío metálico la envuelve.
Ella, sin embargo, en lo primero, en lo único que piensa es en que, después de todo, tal vez haya sido afortunada.
En la espalda está la columna, habría podido seccionarle un nervio, quedarse paralítica, o casi… Piensa en su padre, en su madre…
No le da tiempo a más. Cae en la acera. De lejos aún escucha el forcejeo del guardaespaldas, que derriba a Fer. Cada vez más lejos oye a la gente gritando, alguien pide auxilio. Antes de perder el conocimiento alcanza a ver cómo los baldosines de la acera han comenzado a teñirse con su sangre.