Última hora Capítulo 39
96%

Capítulo 39

—Mamá ha llorado.

La vocecita afirma. O quizá pregunta. Julio mira hacia abajo. Sentada a su lado, en los escalones del jardín de sus padres, se encuentra Greta. Los ojos de la pequeña son mucho más grandes de lo que recordaba.

—Sí, ha llorado.

Silvia se ha marchado hace unos minutos, pero casi resuena todavía en el aire el ruido de la verja al cerrarse.

—¿Por qué?

El perro merodea por las jardineras, olisquea las flores. Ojalá se acercara y quisiera jugar con Greta. Eso libraría a Julio de tener que responder a su hija. Pero Ástor prefiere disfrutar de su libertad antes de que lo encierren en la jaula.

—Hice algo malo a mamá. Fue hace un tiempo… —Greta sigue con toda atención la voz de su padre, como quien observa el avance de un trapecista—. Se ha puesto triste porque le mentí.

—¿Por qué?

Él resopla, encoge el cuello. Le gustaría doblarse varias veces sobre sí mismo hasta desaparecer. Tose para desprenderse de las palabras adheridas a su garganta.

—No lo sé… Creo que tuve miedo. —Coge una brizna de hierba y juguetea con ella antes de tirarla—. A veces, al asustarnos, podemos hacer daño a otras personas. Aunque las queramos. ¿Lo entiendes?

—Hum, no.

—Ya… —Julio mezcla una risa nerviosa con la humedad que siente crecer dentro de él—. Hice algo mal, Greta, y creía que debía decírselo a mamá. Pedirle perdón.

Greta intercepta con su dedo una lágrima de Julio a punto de precipitarse sobre el césped.

Él la rodea con su brazo y la atrae hacia sí. La besa en la coronilla, se llena con el olor de su pelo. Le dice muy bajito lo mucho que la quiere. Y hace una promesa que no dice en voz alta.

A su espalda se abre la puerta de la casa, oye unos pasos en el umbral, la voz de su padre desde arriba:

—Tu madre pregunta si os quedaréis esta noche.

Julio se restriega los ojos antes de ponerse en pie y darse la vuelta.

—No, gracias, nos vamos dentro de poco.

Como había previsto, la niña protesta, pero Julio corta rápido las aspiraciones de su hija de pasar la noche allí. Le indica que vaya a jugar con Ástor o a ver qué hace la abuela. Ella remolonea, pero acaba por obedecer y entra en casa correteando.

—Ya le he dicho que no creía que os quedarais.

—Tengo que hacer una cosa… Luego, nos iremos.

—¿Por qué no dejas a Greta aquí? Tú vete y trabaja en tus cosas. Somos sus abuelos, con nosotros estará bien.

No lo duda. Y sería tan fácil decir que sí. ¿Y después? Podría acudir a alguna de las entrevistas de trabajo que su padre le pondría encima de la mesa para entrar en la empresa de alguno de sus amigos…

—No te preocupes, papá. Estaremos bien.

Julio no está dispuesto a que la conversación derive en una discusión como la de esa mañana. Saca el sobre que le ha dado Sosa hace un rato y se lo entrega a su padre, que ojea su interior.

—Os los debía.

Se atisba el comienzo de una sonrisa en su padre. Da unos golpecitos con el sobre en su otra mano e inicia el viaje de vuelta a su hijo.

—A ti te hace más falta. Ya nos lo devolverás.

Pero Julio lo frena, exhibe sus palmas como una barrera.

En ese instante salen al jardín Greta y su abuela. La niña lleva en sus manos un libro de cuentos. Muy viejo, el lomo remendado con celo.

Uno de los primeros que Julio leyó siendo un niño.

—El que ella ha querido —dice su madre.

—Si te apetece, te lo leeré esta noche —dice Julio.

—No —responde Greta con orgullo—. Lo leo yo.

—Mejor todavía, hija.

Julio coge su mochila, que había dejado en el suelo, y se vuelve hacia su padre.

—¿Puedo usar tu despacho? Tengo que escribir una cosa y enviarla antes del cierre.