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Capítulo 38

No suele entrar en los dormitorios de sus hijos.

Aunque lo intentase, Teodoro no encontraría motivos para hacerlo en el de Guillermo. Se llevó todo cuanto demostraba que una vez vivió allí. Sería como entrar en una habitación cualquiera de cualquier otra casa.

Al de Lourdes solo acude si necesita ropa de vestir, lo que no sucede muy a menudo.

Así la llamaba Gloria: ropa de vestir. Como si el resto de las prendas no sirvieran para lo mismo.

«No seas tonto, ya me entiendes», le decía ella cada vez que Teodoro se burlaba.

Cuando Lourdes se independizó, Gloria decidió guardar toda la ropa elegante en ese cuarto.

La habitación de su hija está en penumbra.

Como buena parte de la casa, que lleva en sombras demasiado tiempo, piensa Teodoro.

Abre el armario y con la poca luz que hay tantea las prendas como lo haría un ciego.

Coge una camisa, un pantalón y una chaqueta guardada en su funda.

La corbata solo la usa en circunstancias muy especiales, pero le hace ilusión ponérsela.

Por ver la reacción de ella, más que nada.

Son unos cotillas, así que todos preguntarán por lo de la guardería, pero confía en librarse diciendo que no estaba. Después, cuando se calmen los ánimos, podrá hablar tranquilamente con Ángela.

—No sabía si vendrías —dirá ella.

Y quizá aprecie tanta elegancia, algo nada frecuente en Teodoro.

—La ocasión lo merece —responderá él.

—Entonces, ¿te apuntas al viaje?

Ese será el momento idóneo para que él pueda culminar con una frase contundente del estilo:

—No me pienso perder ese baile contigo junto al mar .

Teodoro ríe en la soledad del dormitorio de su hija. Sospecha que, llegado el momento, se habrá olvidado de estas frases, pero improvisará si…

—¡Hostias! —grita Teodoro.

Los ojos brillantes le observan desde un rincón. Las entrañas se le encogen en un puño hasta identificar de qué se trata.

—Jodida muñeca —murmura mientras se masajea el pecho.

Su hija no se despegaba de ella de pequeña, con esos grandes ojos de cristal que parecen contener vida. Lo observa, sentada sobre un taburete que usaba Lourdes cuando era niña. Coge la muñeca y la arroja al interior del armario.

Antes de salir de casa permanece un instante de pie en medio del salón. No quiere olvidar nada. El dinero lo mete en el billetero y guarda este en el interior de la chaqueta. También coge el folleto del viaje, por si acaso. Y el móvil.

Lo activa y revisa las novedades. Algún mensaje en el grupo, pero nada importante.

El periodista aún no ha debido de sacar el vídeo, o alguien del grupo ya lo habría cacareado.

Entonces se fija en la esquina superior izquierda de la pantalla.

Aparece un símbolo en pequeñito que pocas veces suele ver.

Alguien le ha llamado, pero ¿cuándo? No lo ha oído.

Tal vez cuando estaba en el servicio… Al comprobar de quién se trata, su interior vuelve a retorcerse.

¿Cuándo fue la última vez que le llamó Guillermo?

Hace tanto tiempo que quizá Teodoro se haya inventado ese recuerdo.

Lourdes le habrá contado lo de la guardería, puede que esté preocupado…

No es consciente de estar devolviendo la llamada a su hijo hasta que oye un tono en el teléfono, luego otro, y varios más después, que se suceden hasta desbaratar su esperanza de hablar con él.

Pasa rápido por el rellano. Es absurdo, su vecino no regresará hasta dentro de unos días, y el periodista ha jurado que no le dirá cómo ha conseguido su teléfono. Pero Agustín no es imbécil. En cuanto vea el vídeo atará cabos.

Lo conocía. «Agustín conocía al moro», piensa Teodoro. Y aunque no sabe exactamente la relación que había entre ellos, supone que tarde o temprano se enterará. El interés del periodista iba encaminado en esa dirección.

Pero no solo su vecino conocía al asesino, también él mismo tuvo la oportunidad de verle una vez.

Le ha llevado todo el día desbloquear ese recuerdo hasta que al fin ha emergido de su memoria.

Por eso le sonaba la cara del tipo esta mañana: lo vio una vez en el bar en el que suelen jugar la partida.

El hombre estuvo hablando con Agustín unos minutos en la barra.

Parecía preocupado, pero Teodoro no le dio importancia.

Supuso que se trataría de uno de esos vendedores ambulantes…

Podría contarle esto al periodista. A lo mejor le da algo más de dinero.

También camina todo lo rápido que puede al pasar por delante de la guardería. Se impone no mirar siquiera en esa dirección. Solo piensa en dejar todo eso atrás. Se fuerza a pensar en el viaje, la playa, Ángela…

Sin embargo, lo que ahora no consigue quitarse de la mente es la llamada de su hijo.

Camina y observa de nuevo el móvil. Nada.

Lo guarda y aguza el oído, por si volviera a llamar de nuevo.

¿Estará trabajando? Las pocas veces que Lourdes le habla de él, es para decirle que se pasa el día metido en temas de ordenadores…

Por la calle ancha pasan a toda velocidad varios furgones de policía con las sirenas y toda la parafernalia.

«Deben de estar empleándose a fondo con los moros de la mezquita», piensa.

Vuelve a revisar el móvil. Nada. Y sin pensarlo demasiado lo intenta de nuevo.

Los tonos se agotan y una voz robótica indica que la comunicación ha sido imposible. Camina unos cuantos metros más calle abajo. Ni siquiera ha guardado el teléfono, así que al llegar a otro semáforo, un par de minutos más tarde, vuelve a llamar. Mismo resultado.

El corazón se le acelera y está fatigado.

¿Por qué no lo coge? Ha tenido que ver sus llamadas, por muy ocupado que esté.

Piensa en llamar una última vez cuando el teléfono se le adelanta.

Teodoro no pierde tiempo: sujeta firme el móvil con una mano mientras con la otra pulsa el botón verde. Lo lleva a la oreja.

—¡Guillermo! ¿Cómo…?

—¿Qué sucede? —le corta su hijo—. ¿Le ha pasado algo a Lourdes?

—No.

—¿Por qué no dejas de llamar entonces?

Al principio, Teodoro duda incluso de haber entendido bien. Le desconcierta la brusquedad de Guillermo. Teodoro hace un esfuerzo por explicarse. Comienza frases que no remata:

—Habrás visto lo de la guardería… Yo estoy bien, aunque hay lío aquí cerca… Ahora estoy en la calle, voy a…

—No quería llamarte —le interrumpe su hijo.

—¿Qué?

—Antes, cuando te llamé, me equivoqué. Pulsé tu nombre por error, pero no quería llamarte. No quería nada de ti.

—Hijo…

—No me llames más.

—Pero Guillermo… ¿Qué he hecho para que me odies así?

Repite esa y otras preguntas en medio de la acera sin darse cuenta de que su hijo ya ha colgado. Cuando lo hace, cuando Teodoro es consciente de que la conversación ha terminado mira su móvil. Lo sostiene en la mano y la pantalla está vacía, en blanco.

Lo estrella contra el suelo con todas sus fuerzas. Las personas que hay a su alrededor lo miran un tanto asustadas. Se alejan un paso de él, pero al poco siguen caminando.

Teodoro va a agacharse a recoger el teléfono cuando un chico joven lo hace por él.

—No se preocupe, señor.

Es latino, moreno de piel, casi negro, con unos dientes blancos que relucen en su rostro, igual que los pendientes de brillante que luce en sus orejas.

—Tenga. —Le devuelve el móvil a Teodoro—. Se hizo mierda, pero parece que aún funciona.

—Gracias.

Rajas en todas direcciones atraviesan el cristal de la pantalla. En la esquinita Teodoro sí alcanza a ver la hora. Llega tarde a la merienda con el resto. Lo guarda en el bolsillo.

El chico ha vuelto mientras tanto a su puesto. Es el portero de un local de apuestas deportivas. Teodoro ve un cartel con los partidos que hay en juego en ese momento. Lo estudia y encamina sus pasos hacia el local. Sabe que llegará tarde. El chico le sonríe al abrirle la puerta.