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Capítulo 37

Ricardo Sosa le está esperando en la esquina indicada por Julio.

No ha sido fácil conseguir que el director de Revelaciones saliera de su oficina.

Julio le ha llamado hace menos de veinte minutos, mientras se escabullía de la redacción del Liberal .

Sosa ha protestado: ni entendía la urgencia reclamada por Julio, ni tener que dejar su despacho a esas horas.

Sobre todo le intrigaba no conocer sus intenciones.

Julio ha tenido que mostrarse firme con él: «Ricardo, mañana y pasado, y muchos más días después si tú quieres, abrirás el periódico con lo que tengo para ti.

Así que mueve el culo hasta esa esquina».

Y ahí está Sosa ahora, con la chaqueta arrugada, la corbata recompuesta y un cigarrillo a medio consumir en los labios.

El humo blanco rasga el cristal oscuro de sus gafas de sol.

El taxi en el que viaja Julio se detiene delante de él. Le dice al taxista que espere, será cuestión de un minuto, y baja. El saludo con Sosa es rápido. Nada más despegar sus manos, Julio lleva la suya al bolsillo, saca una memoria USB y se la entrega a Ricardo.

—Todo el material y la investigación sobre Frisas y el caso Construtec.

—Sabía que Sosa se sorprendería, y lo confirma la ausencia de respuesta—.

Los correos filtrados con los otros implicados —sigue Julio—, movimientos bancarios, grabaciones de conversaciones, fotos de encuentros…

Ahí está todo lo que el Liberal iba a publicar.

—¿Iba?

—Una larga historia, te la cuento otro día.

Ricardo observa el insignificante dispositivo que sostiene entre sus dedos. Tal vez esté maravillado porque un asunto tan grande, y con tanto beneficio potencial para su periódico, quepa en un espacio tan minúsculo.

—¿Y qué coño quieres que haga con esto?

Julio se encoge de hombros.

—Ahora el material es tuyo, Ricardo.

—En Revelaciones la he apoyado desde que empezó.

—Quizá sea hora de retomar tu relación con el Manso. Y, si yo fuera tú, me daría prisa.

—¿Por qué lo haces?

Julio podría ofrecer una explicación más elaborada, aunque no tiene tiempo para ello.

El taxi espera y su móvil vibra en el bolsillo interior de su chaqueta.

Lo revisa, es Mariana. No puede evitar esa conversación eternamente, pero antes necesita resolver este asunto.

Por eso, la respuesta de Julio, aunque no es toda la verdad, sí es sencilla, rápida y perfectamente razonable para Sosa.

—Por dinero. —Y Julio extiende la mano.

Ricardo sonríe como quien reconoce a uno de los suyos y le hace entrega de un sobre.

—Cuando me has pedido esa cantidad por teléfono, pensaba que estabas de broma. Tanta exactitud…

—Superstición, supongo.

—Este material vale mucho más que seiscientos veinticinco euros.

—Con esto es suficiente. Adiós, Ricardo —dice al estrechar su mano de nuevo.

—Te llamaré en unos días, Parcas. Hay un par de trabucazos prometedores.

—Gracias, Ricardo —contesta Julio desde dentro del taxi—, pero no volveremos a trabajar juntos.

Y ambos han tenido la certeza, justo antes de que el coche arrancara, de que al menos eso sí era cierto.

—¿Por qué Lolo no está editando el vídeo de la guardería?

El potente ambientador del taxi ha obligado a Julio a bajar un poco la ventanilla. Aproxima la nariz a la abertura y recarga los pulmones antes de responder a Mariana.

—No se lo he entregado.

—Eso ya lo sé, genio. He quedado como una imbécil cuando Lolo me ha dicho que no te había visto desde esta mañana.

La voz de Mariana es, en realidad, la de la Quílez.

Restalla por el altavoz del móvil fustigándole el oído.

Le reprocha haberse echado atrás. Julio diría que está especialmente irritada.

No puede recriminárselo: había evitado hablar con ella hasta ahora.

Pero necesitaba cortar la posibilidad de arrepentirse.

Y sabe que, si la hubiera escuchado, Mariana podría haberle convencido para seguir adelante.

—No quería hacerte quedar mal, perdona.

—Pues es justo lo que has conseguido. Al Nuevo le gustaría colgarte en medio de la redacción. Y, de paso, a mí contigo.

Hay ruido en la línea que ensucia las palabras de Mariana.

—¿Dónde estás? —pregunta Julio.

—No podía hablar de esto arriba. He bajado a la calle a fumarme un cigarrillo.

—No sabía que habías vuelto.

—Ya, Julio, hay muchas cosas que ignoras. Crees que las sabes, pero de hecho no tienes ni idea.

—Creo que ya no te refieres al vídeo…

—Da igual, olvídalo. —Hace una pausa. Julio supone que para darle una calada al cigarro—. Mira, si es cuestión de dinero creo que podría conseguirte algo más. Intentaría que llegasen hasta los tres mil.

—No, Mariana. No se trata de eso.

El silencio reaparece entre ambos, pero ella no está dispuesta a aceptarlo como respuesta.

—¿Y piensas darme alguna explicación o esperas que la adivine?

Julio recuerda estar de pie, varado en medio de la redacción, a mitad de camino, sin atreverse a dar un paso más que le acercara al departamento de imagen en el que le esperaba Lolo.

A su lado estaba Chumy, que no despegaba la mirada de él, y que cada vez se mostraba más preocupado por la súbita palidez en su rostro.

—Chico, ¿estás bien?

No, no lo estaba.

Se hallaba mareado, como si le hubieran amarrado al mástil de un navío a la deriva en una tormenta. Todo a su alrededor se movía arriba y abajo. Entonces, ha sentido la mano firme de Chumy en su hombro. Como un ancla.

—Ven, anda, siéntate un momento.

Y allí, en su antiguo puesto de trabajo, poco a poco ha vuelto a respirar con normalidad. Los objetos regresaban a una posición estable mientras Julio mantenía la cabeza agachada, ocultándose tras el panel que separa unos escritorios de otros. Sabía que Mariana lo buscaría en cualquier momento.

—No sé qué te traes con Mariana y el Nuevo —le ha dicho Chumy en voz baja—, pero si provoca que te pongas así…

—Se me pasará.

—Ya, seguro que sí… ¿Te he contado alguna vez por qué dejé de cubrir sucesos?

Julio le ha mirado un tanto extrañado. Creía estar seguro de la respuesta, aunque no sabía cómo decírselo a Chumy sin ofenderle.

—Urrieta te cambió por ser… ¿Mayor?

—Por favor, nadie en este periódico conoce mejor la calle que yo, y Urrieta lo sabía… No, listillo, fui yo quien le pidió que me pusiera en otro lado, que me encargara algo más amable.

—¿Por qué?

—Familias enteras ensartadas en amasijos de hierros, mujeres asesinadas por sus maridos, adolescentes haciendo estupideces como si creyesen que van a vivir para siempre, un desgraciado tirando de navaja por diez míseros euros… Estaba harto.

—Pensaba que te gustaba.

—Sí, en parte ese era el problema: me había acostumbrado. Y te aseguro que todos los días suceden historias bonitas que merecen la pena contarse. Es solo que yo había pasado más de cuarenta años escribiendo sobre las otras.

Mientras escuchaba, Julio ha observado la pantalla de Chumy. El artículo sobre el relojero de la plaza Mayor estaba terminado. Mañana podría leerlo.

—Como tu historia del relojero loco, ¿no?

—El hombre se dedicó a su pasión hasta casi sus últimos días. Sin esperar el reconocimiento, y sin que mucha gente siquiera reparase en que ese reloj seguía funcionando con precisión…

—Un auténtico servidor público.

—Ríete si quieres… Pero no, no creo que lo hiciera solo por los demás. Su mujer me ha contado que el hombre tenía la conciencia tranquila al saber que el reloj estaba en hora. Y con esa paz se metía en la cama al final de cada día.

«Así que ¿por qué no he entregado el vídeo?», se pregunta Julio, que trata de ordenar sus pensamientos antes de responder a Mariana.

—Conocemos la historia de Faizullah. Tenemos la oportunidad de intentar comprender cómo ha sido capaz de hacer algo así… Aunque sea una parte de la verdad. Pero en vez de contarla y explicar qué ha pasado, decidís mentir y crear un relato que favorezca a Frisas.

—La decisión no es mía, sino del Nuevo.

—Eso ya me lo has dicho antes.

—No me jodas, Julio. Hablas como si no hubieras formado parte de esto durante años. ¡Pero si trabajas en Reve laciones ! No me vengas ahora con un discurso de ética periodística… Lo hago lo mejor que puedo, ¿vale?

Recuerda a quién tiene al otro lado del teléfono, lo mucho que han compartido. «Quizá solo quede eso», piensa Julio. Una nostalgia de la que no es capaz de desprenderse, a la que no sabe decir adiós.

—Lo sé, Mariana. También yo hago lo que puedo.

—Bien, ¿entonces?

—Es lo que trato de decirte: creo que puedo hacerlo mejor.

—Un propósito magnífico…

Julio la imagina aplaudiendo de forma sarcástica en medio de la calle. Luego, oye cómo trata de encenderse un cigarrillo y no lo consigue a juzgar por las maldiciones que suelta.

—No quería perjudicarte, Mariana.

—Ya es tarde.

—Nunca he querido hacerte daño.

—También para eso es tarde… —Deja transcurrir unos segundos hasta que vuelve a hablar—: ¿Y ya has pensado cómo lo vas a hacer?

—¿El qué?

—Pues eso que te has propuesto, lo de hacerlo mejor.

La pregunta de Mariana llega justo cuando el taxi se detiene frente a su destino: la casa de sus padres.

—De momento voy a recoger a Greta. Y luego ya iré viéndolo paso a paso.

—Julio… Me alegro de haber trabajado juntos de nuevo.

—Yo también.

—Tal vez algún día fundemos el Valiente —dice Mariana con la voz débil.

—Eso sería estupendo.

Paga al taxista y sale. La ligereza que sentía hace solo un instante se vuelve pesada conforme se acerca a la verja. Llama al timbre, le abren. Ve a Greta y a Silvia al fondo del jardín. Julio llega hasta ellas. Da un beso a la pequeña, luego besa la mejilla de su exmujer.

—Gracias por venir, sé que estás ocupada.

—No pasa nada, tenía un hueco. Además, necesitaba verla. No he podido dejar de pensar en lo de la guardería.

Silvia parece a punto de llorar, aunque no lo hace. Julio no sabe de dónde brota su impulso, pero acaricia el rostro de ella, que responde poniendo su mano sobre la de él. Permanecen así unos segundos. Sienten juntos la calidez que sus cuerpos desprenden.

—Somos afortunados.

—Sí.

Greta se hace notar y ellos se separan. Silvia carraspea, consulta el reloj: pasan de las cinco y media.

—¿Por qué querías verme, Julio?

De pronto él vuelve a notar el frío en su espalda, y una debilidad que se apodera de sus piernas.

No tiene una respuesta completa para la pregunta formulada hace unos minutos por Mariana.

Sí, ha esbozado un plan, pero tampoco está seguro de que al final del día le conduzca a hacerlo mejor de como lo ha hecho hasta ahora.

Se guía por su instinto, lo que algunos en la profesión llaman olfato.

Es de lo poco con lo que cuenta y de momento le ha llevado hasta aquí, a estar frente a su exmujer.

—Hice mal algunas cosas. Quería pedirte perdón.